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Buenas noticias para los cetáceos
Hay un ecologista radical español, no muy famoso -no obstante, diré el pecado, pero no el pecador-, que afirma que él imagina un planeta ideal enteramente cubierto por enormes masas de agua sin rastro de tierra firme y donde no hubiera nada de vida, o únicamente vida microscópica, hasta bien pasado un kilómetro de la gruesa capa de hielo que constituiría la corteza gélida de ese mundo. En la superficie, un desierto blanco, pero en el interior, como en un testículo divino bullente de espermatozoides salados, navegarían lenta, majestuosamente, las ballenas, ballenas de todo tipo, belugas, corcovadas, azules, jorobadas, seres que se relacionan cantando, que se alimentan dejando entrar plácidamente toneladas de krill y de plancton en su interior y que generalmente no conocen más conflictos que los derivados de los mosqueillos en época de celo. Nuestro ecologista no va más lejos, le basta con que sobren los hombres, con que de ellos no haya ni noticia ni recuerdo, pero vamos a imaginárnoslo bien, como un sueño profundo con música chill out no muy alta pero “sensurround”, y cuya duración, la de ese sueño sin durmiente, fuera la eternidad. Los cetáceos, como especie superior de ese Solaris/pecera, tendrían espacio de sobra, tendrían todo el espacio del mundo, y su existencia consistiría en volar sin esfuerzo a través de él. Hacia arriba, donde gracias a algunos boquetes grandes en el hielo entraría algo de luz, los animales podrían respirar y las criaturas grandes y pequeñas tendrían la oportunidad de propulsar orgullosamente un chorro de agua vaporizada hacia la oscuridad estelar… Hacia abajo, hacia las honduras abisales, donde los ejemplares más viejos se dirigirían a morir sin saber muy bien lo que van a encontrarse, pero a sabiendas de que sus huesos pertenecerán al mismo mundo, al mismo elemento, en el que continuaran nadando por siempre sus hijos, y los hijos de sus hijos… El Universo mismo como una vastedad pacífica e ilimitada, en el sentido relativista, poblada por inmensidades flotantes, muchas viajando en grupo, cruzándose entre sí sin jamás colisionar, oyéndose venir unas a otras a un horizonte de distancia, emitiendo frecuencias melodiosas y graves (hablando en balleno, en fin, como Dory) en todas direcciones, una red de comunicación sin interferencias ni trolls, un Internet de corrientes, ondulaciones y vibraciones, “una sobreabundancia de medios de comunicación, junto con una extrema receptividad a los estímulos y señales; la apoteosis de la comunicatividad y traducibilidad entre seres vivos –la fuente de todos los lenguajes” (El nihilismo europeo, F. Nietzsche).
A mí me maravilla la idea, pese a que soy consciente de que es profundamente anti-humanista. Aquel hombre, el ecologista, no estaba pensando en un planeta remoto, sino en la Tierra milenios después la extinción del ser humano, por eso no he dado su nombre. Los occidentales han sido completamente incapaces de describir el Paraíso inmerso en el tiempo, un Edén durativo, y a lo más que han llegado es a la contemplación extática de los círculos celestes de la Comedia de Dante. Sin embargo, ese planeta cerrado, submarino, pero hospitalario, sí es lo más aproximado que podríamos concebir a un Paraíso vivo, con la condición de erradicar el odio y las pasiones de la especie a que pertenece el capitán Achab de todo su orbe. Hacia allí vamos, sin duda, puesto que nos hemos vuelto a olvidar de la quiebra ecológica por culpa de las bravuconadas criminales de Trump. Pero esas malas noticias podrían ser buenas noticias para los cetáceos, que también merecen su oportunidad. Ya no serán cazados, ya no los mirarán los turistas, ya no se extraerá hasta su esperma para convertirlo en crema para la piel. Hagan ustedes lo que les venga en gana, como de hecho muchos ya lo están haciendo, pero yo me voy desapuntar de mi curso de chino y meterme en uno de balleno. Debemos estar preparados para la metamorfosis hacia un largo futuro de paz, semioscuridad y bellos y profundos cantos de amplitud y hondura oceánicas…
Por Óscar Sánchez
Imagen portada: Bulach https://commons.wikimedia.org
Buenas noticias para los cetáceos

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