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El santuario de Taharqa recupera los colores que el tiempo había borrado
Un monumento de casi 2.700 años, trasladado desde el actual Sudán hasta Oxford hace nueve décadas, volverá a mostrar su antigua policromía gracias a una investigación científica que ha conseguido identificar pigmentos invisibles a simple vista.
Durante siglos, la piedra pareció guardar un secreto. Las paredes de arenisca del santuario de Taharqa, conservadas hoy en el Ashmolean Museum de Oxford, mostraban relieves, figuras y jeroglíficos, pero habían perdido buena parte de aquello que un día les dio vida: sus colores.
El monumento, construido en la antigua Nubia, en el territorio que hoy pertenece a Sudán, fue concebido para ser contemplado de otra manera. Sus superficies no eran únicamente piedra tallada. Estaban cubiertas de yeso y decoradas con pigmentos intensos que acompañaban las representaciones de los dioses y del propio monarca.
Ahora, una investigación realizada por especialistas del museo ha permitido recuperar parte de esa apariencia original. Mediante análisis microscópicos e imágenes hiperespectrales, los investigadores han identificado restos de pigmentos que ya no pueden distinguirse a simple vista. El resultado se transformará en una proyección digital sobre el propio santuario, que podrá contemplarse desde el 13 de noviembre de 2026 en las galerías de Egipto y Sudán del museo.
No se trata de reconstruir un monumento imaginario, sino de devolver visualmente a sus relieves una parte de la información que todavía conservan sus materiales.
Un rey entre dos mundos
El santuario está vinculado a Taharqa, soberano del reino de Kush y uno de los monarcas que gobernaron Egipto durante la dinastía XXV. Su reinado pertenece a un periodo en el que Nubia y Egipto compartieron intensamente tradiciones políticas, religiosas y artísticas.
Taharqa ordenó construir el santuario en Kawa, una antigua ciudad nubia situada junto al Nilo, en el actual Sudán. El edificio formaba parte de un complejo religioso dedicado a Amón.
Las escenas esculpidas muestran al monarca en relación con distintas divinidades. En algunas aparece con la doble corona egipcia, símbolo de la unión del Alto y el Bajo Egipto. En otras lleva los atributos de la realeza kushita, entre ellos una corona rematada por dos cobras.
Esta doble representación no es un detalle secundario. El santuario habla de un poder que se expresaba a través de dos tradiciones estrechamente relacionadas. Taharqa era rey de Kush y faraón de Egipto, y su imagen debía comunicar esa condición ante los dioses y ante quienes acudían al templo.
Las inscripciones y relieves también recuerdan la historia del lugar. Según la interpretación de los textos conservados, Taharqa encontró durante uno de sus viajes los restos de un antiguo templo de ladrillo dedicado a Amón-Ra, atribuido a Tutankamón. El edificio estaba cubierto por la arena. El futuro rey prometió restaurarlo y levantó un nuevo santuario dentro de un complejo religioso renovado.
Los colores que permanecían ocultos
La piedra conserva más información de la que nuestros ojos pueden percibir.
En las grietas de los relieves todavía se observaban pequeños restos de pigmento rojo. Sin embargo, la investigación fue más allá de esas señales visibles. El análisis microscópico y la tecnología de imagen hiperespectral permitieron detectar indicios de otros colores, entre ellos amarillo y azul egipcio.
Esta última tonalidad tiene una historia especialmente significativa. El azul egipcio fue uno de los pigmentos sintéticos más antiguos conocidos y se utilizó ampliamente en el arte del antiguo Egipto. Su presencia en el santuario resulta importante porque estaba asociado, entre otros usos, a la representación de figuras divinas.
La técnica hiperespectral permite estudiar la respuesta de una superficie a distintas longitudes de onda. En lugar de limitarse a registrar los colores que percibe el ojo humano, obtiene información que ayuda a distinguir materiales y pigmentos incluso cuando sus restos son prácticamente imperceptibles.
La investigación ha permitido, por tanto, leer de nuevo una superficie que durante mucho tiempo parecía haber perdido parte de su lenguaje visual.
La proyección preparada para el museo trasladará esa información cromática a los relieves originales. Los visitantes podrán contemplar cómo habría sido el santuario cuando sus paredes estaban cubiertas de color, aunque conviene recordar que se trata de una reconstrucción digital basada en las evidencias conservadas, no de una recuperación física de la pintura.
Un monumento que sobrevivió a su propio templo
La historia del santuario no termina con su construcción.
El complejo religioso sufrió un incendio y fue abandonado. Las huellas del fuego permanecen en algunas de sus piedras y también han sido identificadas durante el proyecto de investigación. Con el paso del tiempo, la arena cubrió buena parte de las estructuras y la decoración pintada desapareció de la superficie visible.
El monumento permaneció en Kawa hasta las excavaciones arqueológicas dirigidas por Francis Llewellyn Griffith durante la década de 1930. Posteriormente fue desmontado y trasladado a Oxford. Sus bloques llegaron desde Jartum en numerosas cajas, como parte de una donación del Gobierno sudanés a las excavaciones de la Universidad de Oxford.
En 1936, Nora Griffith lo donó al Ashmolean Museum en memoria de su marido, que había dirigido y financiado buena parte de aquellas expediciones. Allí fue reconstruido sobre una sólida base de hormigón, necesaria para soportar su considerable peso.
Hoy constituye una pieza excepcional de las colecciones del museo: es el único edificio independiente de época faraónica conservado en Gran Bretaña.
Su presencia en Oxford permite contemplar un fragmento de la antigua Nubia lejos del territorio donde fue levantado. Pero también obliga a recordar que su historia está vinculada a las excavaciones arqueológicas y a los traslados patrimoniales de comienzos del siglo XX.
Mirar de nuevo lo que creíamos conocer
La recuperación digital de los colores del santuario de Taharqa plantea una cuestión que va más allá de la tecnología empleada.
Durante generaciones, muchos monumentos del mundo antiguo han llegado hasta nosotros despojados de su decoración original. La erosión, el abandono, los incendios y el paso del tiempo han dejado superficies que hoy identificamos con la piedra desnuda. Sin embargo, esa apariencia puede ofrecer una imagen incompleta del pasado.
La arquitectura antigua no siempre fue austera ni monocroma. Sus espacios podían estar cubiertos de colores, imágenes y símbolos que formaban parte de su significado religioso y político.
En el santuario de Taharqa, el color no era un simple adorno. Acompañaba las representaciones de los dioses, identificaba al soberano y contribuía a construir la imagen de un poder que se legitimaba mediante su relación con lo sagrado.
La intervención del Ashmolean no devuelve el edificio a su estado original, pero permite aproximarnos a una dimensión que había quedado oculta. La ciencia ofrece aquí una forma distinta de mirar la arqueología: no solo descubrir lo que permanece enterrado, sino aprender a reconocer lo que todavía existe ante nuestros ojos.
A veces, el pasado no necesita que añadamos nada. Basta con encontrar la manera de volver a verlo.
Por Sofía
Imagen portada: openai
El santuario de Taharqa recupera sus colores originales.
El Ashmolean Museum recupera digitalmente los colores de un santuario nubio de casi 2.700 años mediante análisis científicos de sus pigmentos.
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