- Kumano Kodō: el camino donde los dioses todavía habitan el bosque - 21 de octubre de 2026
Kumano Kodō: el camino donde los dioses todavía habitan el bosque
En las montañas de la península japonesa de Kii, una antigua red de peregrinación conserva una manera de comprender la naturaleza en la que caminar es también una experiencia espiritual.
Hay lugares que se visitan para contemplar lo que contienen y otros que parecen exigir una transformación de quien se aproxima a ellos. En los primeros, el viajero busca un monumento, una imagen o un paisaje. En los segundos, el desplazamiento mismo adquiere una importancia que no puede reducirse al destino. El Kumano Kodō, la antigua red de caminos de peregrinación que atraviesa las montañas de la península de Kii, en Japón, pertenece a esta segunda categoría.
Sus senderos discurren entre bosques de cedros, montañas cubiertas de humedad, ríos y cascadas. Durante siglos, emperadores retirados, aristócratas, monjes y personas de muy diversa condición recorrieron estas tierras para venerar las divinidades de Kumano. No se trataba únicamente de alcanzar un santuario. La propia dificultad del trayecto, la sucesión de lugares de culto y el contacto con un paisaje considerado sagrado formaban parte de la experiencia religiosa.
En 2004, la UNESCO incorporó los sitios sagrados y las rutas de peregrinación de los montes Kii a la Lista del Patrimonio Mundial. El reconocimiento internacional consagraba un patrimonio cultural cuya importancia, sin embargo, no reside solamente en sus monumentos. Kumano conserva el testimonio de una relación entre los seres humanos y su entorno natural que obliga a reconsiderar algunas de nuestras ideas sobre el espacio, la espiritualidad y el viaje.
Una montaña que no separa lo humano de lo divino
Para comprender la singularidad del Kumano Kodō es necesario abandonar una interpretación exclusivamente geográfica del paisaje.
En numerosas tradiciones religiosas japonesas, determinados elementos naturales constituyen lugares de manifestación de los kami, entidades sagradas que no pueden identificarse sin más con los dioses de las religiones monoteístas. Montañas, árboles, rocas, cursos de agua y cascadas pueden formar parte de una geografía religiosa en la que lo natural no se limita a proporcionar un escenario para el culto.
En Kumano, esta comprensión del mundo adquirió una intensidad particular. Sus montañas y bosques fueron asociados con poderes sagrados, prácticas ascéticas y experiencias de purificación. La naturaleza no aparecía simplemente como una realidad exterior que el ser humano debía dominar, sino como un ámbito con el que establecer una relación ritual.
Esto no significa que el Japón antiguo mantuviera una relación necesariamente armoniosa con el medio natural. Sería anacrónico atribuir a aquellas sociedades una conciencia ecológica idéntica a la contemporánea. Lo verdaderamente significativo es que la experiencia religiosa permitió interpretar determinados espacios naturales como realidades dotadas de valor propio, vinculadas a la presencia de lo sagrado.
Así, el peregrino no abandonaba el mundo humano para entrar en otro radicalmente distinto. Se desplazaba por un territorio en el que la frontera entre ambos ámbitos podía volverse permeable.
Los caminos de los emperadores
La peregrinación a Kumano alcanzó un desarrollo especialmente notable durante el período Heian (794-1185), cuando miembros de la aristocracia y emperadores retirados comenzaron a realizar viajes religiosos hacia sus principales santuarios.
Aquellos desplazamientos podían prolongarse durante días y exigían atravesar una geografía montañosa considerablemente más difícil que la actual. El esfuerzo físico estaba vinculado a una sucesión de prácticas devocionales que conferían al camino una dimensión espiritual.
Con el tiempo, la peregrinación se extendió a sectores más amplios de la sociedad japonesa. La tradición de Kumano llegó a convertirse en una de las expresiones más reconocibles de la religiosidad popular del archipiélago.
Conviene recordar que el Kumano Kodō no designa un sendero único. Comprende distintas rutas históricas, entre ellas la Nakahechi, asociada especialmente con las peregrinaciones aristocráticas; la Kohechi, que comunica la región de Kumano con Kōyasan; y la Iseji, vinculada con el santuario de Ise.
Todas forman parte de una geografía histórica mucho más compleja que la imagen contemporánea de un itinerario turístico señalizado.
En el camino, pequeños santuarios conocidos como ōji articulaban el recorrido y ofrecían lugares de veneración a los peregrinos. Su presencia recuerda que el destino no monopolizaba la experiencia religiosa. Cada etapa podía adquirir una significación propia.
La peregrinación era, en este sentido, una práctica de transformación progresiva: la llegada importaba, pero también importaba cuanto sucedía antes de alcanzarla.
Tres santuarios y una misma geografía sagrada
El centro devocional de Kumano está constituido por tres grandes santuarios, conocidos conjuntamente como Kumano Sanzan: Kumano Hongū Taisha, Kumano Hayatama Taisha y Kumano Nachi Taisha.
Aunque asociados dentro de una misma tradición religiosa, cada uno posee una historia y unas características particulares.
Kumano Hongū Taisha se encuentra en un entorno montañoso vinculado históricamente a la confluencia de los ríos. Su antiguo emplazamiento, Ōyunohara, continúa señalado por un monumental torii, la puerta que delimita simbólicamente el acceso a un espacio sagrado.
Kumano Hayatama Taisha, situado en Shingū, forma parte del mismo complejo devocional y conserva tradiciones ligadas al culto de las divinidades de Kumano.
Kumano Nachi Taisha, por su parte, ofrece una de las imágenes más conocidas de la región. Cerca de él se encuentran el templo budista Seiganto-ji y la gran cascada de Nachi, cuya presencia ha ocupado un lugar central en la religiosidad del territorio.
La proximidad del santuario sintoísta, el templo budista y la cascada permite comprender un rasgo fundamental de la historia religiosa japonesa: la interacción prolongada entre tradiciones que, durante muchos siglos, no se concibieron necesariamente como sistemas separados.
Cuando Buda y los kami compartían el paisaje
Uno de los mayores errores al aproximarse a la cultura religiosa japonesa consiste en imaginar que sintoísmo y budismo han existido siempre como dos tradiciones perfectamente delimitadas.
Durante una parte muy extensa de la historia japonesa, ambas formas de religiosidad desarrollaron relaciones de integración, reinterpretación e influencia mutua. Este fenómeno suele designarse mediante el término shinbutsu shūgō, que alude a la combinación histórica del culto a los kami con las doctrinas y prácticas budistas.
En determinados contextos, las divinidades locales fueron interpretadas como manifestaciones de budas o bodisatvas. Esta relación adquirió especial relevancia mediante formulaciones doctrinales como el honji suijaku, que permitían comprender a ciertas entidades veneradas en Japón como expresiones locales de realidades budistas.
Kumano constituye un testimonio extraordinario de ese proceso.
Sus lugares sagrados no pueden entenderse adecuadamente mediante una oposición tajante entre ambas tradiciones. La experiencia histórica del territorio estuvo configurada precisamente por su encuentro.
La separación institucional entre sintoísmo y budismo promovida por el Estado japonés desde 1868 alteró profundamente esta situación y afectó a numerosos espacios religiosos. Sin embargo, la historia material y ritual de Kumano permite reconocer todavía las huellas de aquella convivencia.
Se trata de una cuestión relevante más allá del ámbito estrictamente religioso. Kumano muestra que las tradiciones culturales no son entidades inmóviles, sino realidades históricas construidas mediante encuentros, apropiaciones y reinterpretaciones.
Caminar como una forma de conocimiento
La experiencia del Kumano Kodō también permite plantear una pregunta filosófica: ¿puede el desplazamiento corporal modificar nuestra manera de comprender el mundo?
En la vida contemporánea, el movimiento suele concebirse de manera instrumental. Nos desplazamos porque necesitamos llegar a algún lugar. La eficacia del trayecto se mide mediante la velocidad, la comodidad y la reducción del esfuerzo.
La peregrinación introduce una lógica diferente.
Caminar durante horas por un sendero de montaña obliga a prestar atención a dimensiones de la experiencia que habitualmente permanecen en segundo plano: la respiración, el cansancio, la irregularidad del suelo, los cambios de luz o la aparición progresiva de determinados sonidos.
El cuerpo deja de ser un simple medio de transporte y se convierte en una condición activa de nuestra relación con el entorno.
Desde una perspectiva filosófica, podríamos afirmar que la percepción del paisaje no es independiente del modo en que lo atravesamos. No vemos necesariamente lo mismo cuando observamos una montaña desde un vehículo que cuando recorremos lentamente sus pendientes.
Esta interpretación contemporánea no debe confundirse con una explicación exhaustiva de las creencias de los peregrinos medievales. Permite, más bien, recuperar una pregunta que el camino todavía suscita: qué sucede con nuestra comprensión de un lugar cuando dejamos de considerarlo un objeto de consumo inmediato.
Kumano invita a pensar que existen formas de conocimiento inseparables de la duración, la atención y la experiencia corporal.
El bosque y la memoria
Un camino antiguo es también una forma de memoria.
A diferencia de un monumento que concentra su significado en una construcción determinada, una ruta histórica conserva una relación entre lugares separados. Su identidad depende de la continuidad del recorrido y de las experiencias acumuladas a lo largo de él.
En el Kumano Kodō, los senderos, los pequeños santuarios, los bosques y las construcciones religiosas forman parte de un mismo paisaje cultural.
La inscripción de la UNESCO reconoce precisamente ese carácter integrado. No se trata de proteger únicamente edificios excepcionales, sino de conservar las relaciones históricas entre los lugares de culto, las rutas de peregrinación y su entorno natural.
Esta condición plantea desafíos particulares. La conservación de un camino vivo exige atender tanto a sus elementos materiales como a las prácticas culturales que le confieren significado.
El visitante contemporáneo puede recorrer algunos tramos por interés deportivo, paisajístico o turístico, sin compartir necesariamente las creencias religiosas que motivaron a los peregrinos de otros tiempos. Sin embargo, esa transformación de los usos no elimina la profundidad histórica del lugar.
Al contrario, permite observar cómo un mismo territorio adquiere nuevos significados sin perder necesariamente los anteriores.
La montaña que fue escenario de prácticas ascéticas puede ser también un espacio de contemplación estética. El sendero que condujo a generaciones de peregrinos hacia sus santuarios puede ofrecer hoy una ocasión para reflexionar sobre la relación entre patrimonio y experiencia personal.
Un camino que todavía plantea preguntas
Quizá la enseñanza más interesante del Kumano Kodō no consista en descubrir una supuesta sabiduría japonesa capaz de resolver las contradicciones de nuestro presente.
Una interpretación semejante convertiría una tradición histórica compleja en una imagen idealizada y fácilmente consumible.
Su verdadero interés reside en mostrarnos que las formas de habitar y comprender el mundo no han sido siempre las mismas.
Los antiguos peregrinos de Kumano atravesaban un paisaje en el que el esfuerzo, el rito, la memoria y la presencia de lo sagrado estaban profundamente relacionados. Nosotros podemos contemplarlo desde presupuestos diferentes, pero esa distancia histórica no impide reconocer el valor de una experiencia que cuestiona nuestra relación habitual con el tiempo y el espacio.
Quizá por eso los caminos antiguos conservan una capacidad singular para suscitar preguntas.
Ante un bosque podemos preguntarnos qué especies lo habitan, cuál es su historia o qué transformaciones ha experimentado. También podemos interrogarnos por las generaciones que lo atravesaron, por las creencias que depositaron en él y por la manera en que sus pasos contribuyeron a convertirlo en un lugar culturalmente significativo.
El Kumano Kodō permite reunir todas esas perspectivas sin reducirlas a una sola.
En sus senderos, caminar no significa únicamente recorrer una distancia. Significa participar, siquiera durante unas horas, de una historia en la que el paisaje dejó de ser un fondo silencioso para convertirse en parte esencial de la experiencia humana.
Y acaso esa sea la razón por la que sus bosques siguen despertando una impresión difícil de traducir: no porque podamos asegurar que los dioses continúan habitándolos, sino porque todavía somos capaces de comprender por qué tantos seres humanos llegaron a creer que estaban allí.
Dr. Jon Inazio García de las Peñas Otero
Doctor en Filosofía — Universidad Complutense de Madrid
Investigador, docente y divulgador cultural
Imagen portada: openai
Descubre el Kumano Kodō, la antigua ruta de peregrinación japonesa donde naturaleza, espiritualidad, sintoísmo y budismo se unen en un paisaje declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Kumano Kodō: el camino donde los dioses todavía habitan el bosque
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