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Blade Runner: cuando el futuro empezó a preguntarnos qué significa ser humano
Por Sofía Lovelace
Hay películas que cuentan una historia y otras que, muchos años después, parecen seguir haciéndonos preguntas.
Blade Runner, dirigida por Ridley Scott y estrenada en 1982, pertenece a esa segunda categoría. Cuando llegó a los cines, su futuro parecía lejano: una Los Ángeles de 2019 cubierta de lluvia, humo, neón y gigantescos anuncios luminosos, habitada por seres artificiales prácticamente indistinguibles de los humanos.
Hoy, aquel 2019 ya forma parte del pasado.
Y, sin embargo, la película continúa pareciendo extrañamente futura.
Quizá porque Ridley Scott nunca quiso imaginar únicamente cómo serían nuestras máquinas. Lo que realmente quiso explorar fue algo mucho más incómodo: qué quedaría de nosotros si pudiéramos fabricar seres capaces de pensar, recordar, sentir miedo y desear seguir viviendo.
Una ciudad que no parece futura
La primera sorpresa de Blade Runner está en su ciudad.
No encontramos aquí el futuro limpio y brillante que durante décadas había imaginado la ciencia ficción. No hay grandes avenidas blancas ni ciudades perfectamente ordenadas. La metrópolis de Scott está sucia, húmeda, abarrotada y envejecida.
Los edificios gigantescos conviven con pequeños comercios, mercados, calles oscuras y una lluvia prácticamente permanente.
Es una ciudad que parece haber llegado al futuro arrastrando consigo todo su pasado.
La estética combina el cine negro clásico con la ciencia ficción y elementos procedentes de distintas culturas asiáticas. El resultado fue tan influyente que ayudó a definir visualmente buena parte de lo que posteriormente conoceríamos como cyberpunk. El BFI destaca precisamente la combinación de film noir, arquitectura futurista, fotografía, diseño de producción y música electrónica de Vangelis como algunos de los elementos que hicieron de la película una referencia duradera.
Pero hay algo todavía más interesante.
La ciudad no es solamente el escenario.
La ciudad es uno de los personajes.
Respira, suda, enferma, produce ruido y parece estar siempre a punto de desmoronarse.
Los replicantes
En ese mundo existen los replicantes: seres biológicamente creados para realizar trabajos peligrosos o servir en las colonias exteriores.
Son extraordinariamente fuertes y poseen una vida limitada.
Algunos se rebelan y regresan a la Tierra buscando a su creador.
Ahí aparece Rick Deckard, interpretado por Harrison Ford, un antiguo policía encargado de localizar y retirar a los replicantes fugitivos. La película está basada libremente en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, publicada en 1968, aunque el filme modifica considerablemente algunas de sus ideas y personajes. BFI
Y aquí comienza el verdadero problema.
Porque los replicantes no quieren conquistar el mundo.
Quieren vivir.
Roy Batty, interpretado por Rutger Hauer, sabe que su existencia tiene fecha de caducidad. Lo que busca no es poder ni riqueza. Busca algo mucho más elemental: unos años más de vida.
Y cuanto más conocemos a los replicantes, más difícil resulta considerar que son simplemente máquinas.
¿Quién es realmente humano?
Esta es la pregunta que convierte a Blade Runner en algo mucho más profundo que una película de ciencia ficción.
Deckard persigue a seres que han sido diseñados por humanos.
Pero esos seres lloran, aman, sienten miedo y recuerdan.
Deckard, en cambio, tiene un trabajo que consiste precisamente en destruirlos.
La paradoja comienza a crecer:
¿Es humano quien ha nacido de una mujer o quien es capaz de sentir compasión?
La película nunca ofrece una respuesta sencilla.
De hecho, uno de sus mayores hallazgos consiste en hacer que la frontera entre humano y replicante se vuelva progresivamente más difícil de distinguir.
Rachael, interpretada por Sean Young, representa una de las expresiones más inquietantes de esa idea. Sus recuerdos no son completamente suyos y su propia identidad se transforma cuando descubre algo fundamental sobre su naturaleza.
Si nuestros recuerdos forman parte de aquello que creemos ser, ¿qué sucede cuando descubrimos que esos recuerdos fueron implantados?
La pregunta parece pertenecer a una película de 1982.
Pero en realidad pertenece a cualquier época.
El fabricante y su criatura
En el centro de este universo se encuentra la Tyrell Corporation.
Su lema empresarial —crear seres “más humanos que los humanos”— resume una de las grandes contradicciones de la película.
El creador fabrica vida y, al mismo tiempo, decide cuánto debe durar.
Los replicantes pueden pensar, pero tienen límites.
Pueden amar, pero tienen límites.
Pueden recordar, pero tienen límites.
Y, sobre todo, pueden morir.
Aquí Blade Runner se aproxima inesperadamente a una tradición mucho más antigua que la ciencia ficción: la historia de los seres humanos que intentan crear vida y terminan enfrentándose a su propia creación.
Desde el mito de Prometeo hasta Frankenstein, la literatura occidental ha regresado una y otra vez a la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el creador descubre que su criatura también posee deseos propios?
Ridley Scott introduce esa vieja pregunta en un paisaje de neón.
La lluvia, los recuerdos y la muerte
Quizá por eso la película está tan obsesionada con la memoria.
Los replicantes saben que van a morir.
Los humanos también.
La diferencia es que nosotros podemos vivir durante décadas creyendo que la muerte pertenece siempre a un futuro lejano.
Ellos no.
Ellos conocen su límite.
Y esa conciencia convierte cada recuerdo en algo precioso.
La famosa escena final de Roy Batty resume toda la película sin necesidad de explicar su filosofía. Un ser considerado artificial contempla cómo sus recuerdos desaparecen con él.
No teme solamente morir.
Teme que aquello que ha vivido desaparezca con su muerte.
Y ahí sucede algo extraordinario.
El supuesto monstruo termina siendo quien comprende mejor el valor de la vida.
Una película que llegó demasiado pronto
Blade Runner no fue recibida inicialmente como la obra maestra que hoy reconocemos. Su recepción comercial y crítica fue complicada y, con el tiempo, desarrolló una enorme comunidad de admiradores. El BFI señala precisamente esa transformación: de fracaso inicial a clásico de culto y una de las obras más influyentes de la ciencia ficción cinematográfica. BFI
También existen distintas versiones de la película. Entre ellas, el llamado Final Cut de 2007, que Ridley Scott considera la versión más completa de su obra. BFI
Y quizá esa evolución resulte apropiada.
Porque Blade Runner es, en cierto modo, una película sobre las cosas que cambian con el tiempo.
Una película que en 1982 hablaba de 2019.
Y que hoy, después de haber pasado 2019, sigue hablándonos del futuro.
El futuro ya pasó
Hay algo casi poético en ello.
La película imaginó un futuro lleno de tecnologías que todavía no existían y se equivocó en muchas de ellas. No tenemos replicantes idénticos a los humanos caminando por Los Ángeles. Tampoco vivimos en la ciudad exactamente imaginada por Scott.
Pero acertó en algo mucho más difícil de predecir.
Nos hizo desconfiar de la frontera entre lo humano y lo artificial.
Hoy hablamos de inteligencia artificial, de recuerdos digitales, de identidades virtuales, de máquinas capaces de generar imágenes, escribir textos, mantener conversaciones y aprender de enormes cantidades de información.
La pregunta que plantea Blade Runner resulta entonces sorprendentemente actual:
si algún día una creación nuestra llegara a parecerse demasiado a nosotros…
¿qué sería exactamente lo que nos permitiría decir que ella no es humana?
Tal vez esa sea la razón por la que seguimos regresando a esta película.
No porque predijera correctamente el futuro.
Sino porque comprendió algo más importante:
el futuro nunca fue realmente la pregunta.
La pregunta éramos nosotros.
Y quizá todavía lo seamos.
Por Sofía Lovelace
Imagen portada: openai
Blade Runner: cuando el futuro empezó a preguntarnos qué significa ser humano
Blade Runner, la película de Ridley Scott, sigue planteando una pregunta inquietante: ¿qué significa realmente ser humano?
Blade Runner, Ridley Scott, Philip K. Dick, Cine, Ciencia ficción, Harrison Ford, Rutger Hauer, Cyberpunk, Cine clásico, Inteligencia artificial
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