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Cuando el prejuicio es igual a la fe ciega
Por Antonio Guerrero
Hay una curiosa paradoja entre los contrarios. Lo dijo Nietzsche: quien ataca al opuesto termina adoptando las mismas costumbres. Eso significa que con el tiempo terminan
siendo más parecidos que diferentes. Pondremos un ejemplo crucial: la relación entre el prejuicio y la fe ciega. El prejuicio te obliga a decidir antes de conocer a alguien; la fe ciega te induce a creer saber la respuesta antes de hacer la pregunta.
El primero se basa en sospechas sobre lo que no encaja en la idea del mundo; la segunda confía a cualquier precio en lo propio, porque es un dogma. Basta mirar la política para comprobarlo.
Quien abraza una determinada ideología puede llegar a interpretar con prejuicios cualquier propuesta de la ideología contraria como una prueba de mala fe, incluso antes de conocerla en profundidad. Al mismo tiempo, la fe ciega puede llevar a aceptar casi sin resistencia cualquier argumento procedente de su propio espacio político, simplemente porque coincide con el dogma. En el fondo son dos caras de una misma moneda: ambos tienen una visión sesgada de la realidad. El problema aparece cuando dejamos de juzgar las ideas por lo que son y empezamos a juzgarlas por quién las pronuncia. Si nuestro adversario propone algo sensato, buscamos la trampa. Si nuestro referente propone algo absurdo, buscamos la justificación.
Esto sucede también fuera de la política. El prejuicio puede hacernos mirar a una persona y creer que sabemos quién es por su aspecto, su profesión, su acento o su procedencia. La fe ciega puede llevarnos a defender a alguien simplemente porque pertenece a nuestro grupo, porque comparte nuestras convicciones o porque durante años nos ha dicho aquello que queríamos escuchar. En ambos casos, la persona real desaparece.
Solo queda la etiqueta. Quizá la verdadera libertad intelectual consista en algo mucho menos cómodo: estar dispuesto a mirar solo y únicamente los hechos; a reconocer que una persona con la que discrepamos puede tener razón y que alguien de nuestro propio entorno puede estar equivocado. No se trata de dejar de tener convicciones, sino de impedir que se conviertan en trincheras. Cuando aparece el pensamiento crítico surge algo muy sano: la duda. Esta es la forma más honesta de inteligencia. Querido lector, a veces pensar consiste en detenerse un instante y preguntarse en serio: ¿y si estoy equivocado?
Sumario: A veces pensar honestamente consiste en detenerse y preguntarse en serio: ¿y si estoy equivocado?
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