M3

El perfume: cuando el cine intentó filmar un olor

El perfume: cuando el cine intentó filmar un olor 
Sofia Lovelace
🎧 Audioguía Cultural (Beta)


♿ Accesibilidad y otras formas de escuchar este artículo

El perfume: cuando el cine intentó filmar un olor

Hay películas que se ven.

Hay películas que se escuchan.

Y hay una película que se propuso algo mucho más difícil:

hacer que el espectador oliera.

En 2006, el director alemán Tom Tykwer llevó al cine El perfume: historia de un asesino, la novela que Patrick Süskind había publicado en 1985. La película está protagonizada por Ben Whishaw como Jean-Baptiste Grenouille, acompañado por Dustin Hoffman, Alan Rickman y Rachel Hurd-Wood.

El problema parecía casi imposible.

La novela de Süskind está construida alrededor del olfato.

Su protagonista percibe el mundo principalmente a través de los olores.

Para Grenouille, una ciudad no es solamente una ciudad.

Es un océano de aromas.

Pescado.

Barro.

Sudor.

Madera.

Especias.

Piel.

Flores.

Podredumbre.

Perfume.

Y, por encima de todo, el olor de los seres humanos.

¿Cómo podía trasladarse todo eso a una pantalla?

La película decidió no intentar reproducir los olores.

Decidió hacer que el espectador los imaginara.

Y ahí comienza su verdadero experimento cinematográfico.

Un nacimiento entre la basura

Jean-Baptiste Grenouille nace en el París del siglo XVIII, en uno de los lugares más desagradables que podemos imaginar: un mercado de pescado.

La película comienza precisamente allí.

No hay música grandiosa.

No hay una presentación heroica.

Hay suciedad.

Restos de pescado.

Barro.

Animales.

Personas.

Calor.

Humo.

Y olores.

Grenouille llega al mundo en un universo dominado por aquello que los demás intentan evitar.

Pero él percibe algo que los demás no pueden percibir.

Los olores tienen para él una existencia casi física.

El Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales resume precisamente esa particularidad del personaje: Grenouille posee un olfato extraordinario, mientras que él mismo carece de olor.

Y ahí aparece la primera gran paradoja de la película.

El hombre que mejor puede oler el mundo…

no huele a nada.

Un personaje que no tiene olor

Este detalle es fundamental.

Grenouille puede identificar aromas a enormes distancias.

Puede distinguirlos.

Separarlos.

Memorizarlos.

Reconstruirlos mentalmente.

Pero hay algo que no comprende completamente:

su propio olor.

Y la ausencia de ese olor se convierte progresivamente en una metáfora de su propia existencia.

Grenouille es capaz de percibirlo todo.

Pero no consigue establecer una relación normal con los demás.

Puede reconocer el mundo.

Pero no pertenece realmente a él.

Y cuanto más descubre sobre los olores, más aislado parece quedar.

La novela que parecía imposible de adaptar

Cuando Patrick Süskind publicó El perfume en 1985, la novela se convirtió rápidamente en un fenómeno internacional.

Pero llevarla al cine era otra cuestión.

¿Cómo mostrar una experiencia que no puede verse?

Un personaje puede decir:

«Huele a rosas».

Pero el espectador no huele nada.

La literatura tiene una ventaja extraordinaria:

puede utilizar nuestra memoria.

Cuando Süskind describe un olor, nuestro cerebro intenta reconstruirlo.

El cine no puede hacer eso directamente.

Tiene que buscar otro camino.

Y Tykwer lo encontró en la imagen.

Tom Tykwer tenía un problema

Tykwer quería que la película pudiera transmitir los olores sin utilizar ningún recurso artificial.

No quería que el espectador recibiera una fragancia al entrar en el cine.

Quería que la imagen provocara el recuerdo del olor.

En una entrevista publicada durante el estreno español, el director explicó precisamente que el objetivo era encontrar mecanismos cinematográficos capaces de evocar los olores en la memoria del espectador.

Es una idea extraordinariamente interesante.

Porque significa que el olor no está realmente en la película.

Está en nuestra cabeza.

El París que huele mal

Uno de los grandes aciertos visuales de la película fue no construir un París hermoso.

Tykwer y su director de fotografía, Frank Griebe, querían mostrar una ciudad sucia, física y desagradable.

Una ciudad que pudiera sentirse.

El propio Griebe explicó que necesitaban una ciudad con suciedad y textura para transmitir la experiencia olfativa de la historia.

Y por eso París aparece como un organismo.

La cámara se acerca.

La suciedad ocupa la pantalla.

Los mercados están saturados.

Las calles están llenas.

Los cuerpos se amontonan.

Los animales circulan entre las personas.

La película no quiere que contemplemos el siglo XVIII desde la distancia.

Quiere meternos dentro.

España se convirtió en el París de Grenouille

Y aquí tenemos una curiosidad que creo que a los lectores españoles les va a encantar.

Aunque la historia transcurre principalmente en Francia, gran parte de la película se rodó en España.

Barcelona, Girona y Figueres fueron fundamentales para recrear el mundo de Grenouille.

El Barrio Gótico de Barcelona se convirtió en el mercado de pescado de París.

El Pueblo Español fue utilizado para algunas de las escenas más importantes.

Girona proporcionó otros escenarios.

Y el Castillo de San Fernando de Figueres se convirtió en diferentes espacios de la película, entre ellos la curtiduría y determinadas zonas de la ciudad de París.

De repente, una película sobre el París del siglo XVIII tiene una parte importante de su ADN visual en Cataluña.

Tuvieron que ensuciar una ciudad

Y aquí aparece uno de esos detalles de rodaje maravillosos.

Para conseguir la sensación de suciedad que necesitaba la película, el equipo llegó a utilizar enormes cantidades de materiales orgánicos.

Según la información disponible sobre la producción, se utilizaron aproximadamente dos toneladas y media de pescado, además de grandes cantidades de carne, para recrear el ambiente del mercado.

No querían que el mercado pareciera sucio.

Querían que pareciera que olía mal.

Y la diferencia es enorme.

Grenouille y el olor de una mujer

Todo cambia cuando Grenouille descubre un aroma que lo obsesiona.

El olor de una joven.

No se trata simplemente de atracción física.

Para él es una revelación.

Descubre que existe una belleza que no puede ver completamente.

Una belleza invisible.

Y decide capturarla.

Ese deseo se convierte en el centro oscuro de la película.

Grenouille quiere conseguir algo imposible:

crear el perfume perfecto.

El perfumista Baldini

Para alcanzar su objetivo necesita aprender.

Y aparece Giuseppe Baldini, interpretado por Dustin Hoffman.

Baldini es un perfumista establecido, pero su talento está comenzando a agotarse.

Grenouille, en cambio, posee algo extraordinario:

puede identificar los componentes de una fragancia de una manera casi sobrenatural.

La relación entre ambos permite introducir uno de los elementos más interesantes de la película:

la fabricación del perfume como arte.

Mezclar.

Destilar.

Separar.

Conservar.

Experimentar.

Equilibrar.

Grenouille no ve el perfume como un producto.

Lo ve como una forma de poder.

El perfume como obsesión

Para Grenouille, crear un perfume perfecto no significa solamente producir un aroma agradable.

Significa poseer la esencia de aquello que considera perfecto.

Y ahí la historia se vuelve cada vez más oscura.

Porque su obsesión deja de ser artística.

Se convierte en criminal.

Las jóvenes que poseen los aromas que busca se convierten en víctimas.

Y Grenouille comienza a perseguir una idea imposible:

crear una fragancia capaz de producir amor absoluto.

No admiración.

No deseo.

No simpatía.

Amor.

Un perfume capaz de hacer que los demás amen a quien lo lleva.

La película convierte el olor en color

Una de las grandes virtudes visuales de El perfume es que Tykwer convierte los olores en imágenes.

Las flores tienen textura.

Los líquidos tienen brillo.

Los vapores parecen tener movimiento.

Los colores adquieren intensidad.

La cámara se acerca a objetos diminutos.

Una gota.

Una flor.

Una piel.

Una especia.

Una hoja.

Una botella.

La fotografía de Frank Griebe ayuda a convertir aquello que no podemos ver en algo que parece casi tangible.

Y aquí el cine consigue algo extraordinario:

no podemos oler la película.

Pero empezamos a imaginar que sí.

Grasse

La historia termina llevando a Grenouille hacia Grasse, la ciudad francesa asociada históricamente con la fabricación de perfumes.

Allí encuentra el entorno que necesita para continuar sus experimentos.

Los campos de flores.

Los talleres.

Los métodos tradicionales de extracción.

Y un mundo donde el perfume ya no es solamente belleza.

Es industria.

Es conocimiento.

Es comercio.

Es poder.

La película utilizó también paisajes de Provenza para recrear los campos de lavanda asociados a Grasse.

La escena que nadie olvida

Y entonces llega el final.

Sin entrar en detalles que puedan estropear la experiencia a quien todavía no haya visto la película, basta decir que Tykwer lleva la idea del perfume hasta sus últimas consecuencias.

La multitud.

La música.

La sensualidad.

La violencia.

La fascinación.

La belleza.

Todo se mezcla.

Y de repente comprendemos la verdadera dimensión del experimento.

El perfume no solamente cambia cómo huelen las personas.

Puede cambiar cómo las percibimos.

¿Es Grenouille un monstruo?

La película plantea una pregunta mucho más interesante que «¿es un asesino?».

Por supuesto que lo es.

Pero Grenouille es también un personaje extraordinariamente aislado.

No comprende el amor de la manera convencional.

No comprende las relaciones humanas.

No parece necesitar afecto.

Pero sí necesita algo:

ser reconocido.

Y aquí aparece la paradoja.

El hombre que no tiene olor quiere fabricar el aroma que haga que todos los demás lo amen.

Quiere conseguir mediante el perfume aquello que nunca consiguió mediante su propia existencia.

La ausencia de olor como metáfora

Quizá esta sea una de las mejores ideas de toda la historia.

Grenouille tiene el olfato más extraordinario que podamos imaginar.

Pero carece de identidad olfativa.

Es capaz de reconocer a los demás.

Pero nadie puede reconocerlo a él por su olor.

Es un hombre sin huella.

Y por eso su obsesión por fabricar un perfume perfecto puede interpretarse como una búsqueda desesperada de identidad.

Si no puedo ser alguien, quizá pueda fabricar algo que haga que los demás me quieran.

El perfume se convierte entonces en una máscara invisible.

La película que quiso utilizar nuestros cuatro sentidos

Aquí El perfume encaja especialmente bien con la filosofía de Luz Cultural.

Porque Tykwer no intenta solamente contar una historia.

Intenta activar la imaginación sensorial del espectador.

La película trabaja con:

la vista.

el oído.

la textura.

la memoria olfativa.

Y quizá incluso con el tacto.

La suciedad parece táctil.

Los líquidos parecen tener temperatura.

La piel parece cercana.

Las flores parecen desprender aroma.

Y el mercado parece casi respirarnos encima.

El cine no puede emitir olor.

Pero puede conseguir que recordemos uno.

Una superproducción rodada en España

La película tuvo una producción considerable, con un presupuesto cercano a los 50 millones de dólares, según la prensa española de la época.

El rodaje comenzó en julio de 2005 y terminó en octubre del mismo año.

No fue una producción sencilla.

Hubo que reconstruir ciudades del siglo XVIII.

Crear mercados.

Vestir a miles de figurantes.

Construir interiores.

Trabajar con grandes cantidades de elementos físicos.

Y hacerlo todo intentando que el espectador pudiera imaginar algo que, por definición, no podía ser filmado.

Ben Whishaw era una apuesta arriesgada

Uno de los grandes aciertos fue elegir a Ben Whishaw para interpretar a Grenouille.

No era todavía una estrella internacional.

Tykwer lo descubrió después de verlo interpretar Hamlet y quedó convencido de que había encontrado al protagonista.

La elección era complicada.

Grenouille necesitaba resultar fascinante y repulsivo al mismo tiempo.

Inocente y monstruoso.

Frágil y peligroso.

Humano y casi inhumano.

Whishaw consigue que buena parte de la película funcione precisamente porque no necesita explicar demasiado.

Mira.

Huele.

Observa.

Calcula.

Y sigue adelante.

Dustin Hoffman y el oficio del perfume

Dustin Hoffman aporta otra dimensión a la película.

Su Baldini representa el mundo tradicional de la perfumería.

La experiencia.

La técnica.

La reputación.

El oficio.

Pero también la decadencia.

Grenouille aparece ante él como algo nuevo.

Una especie de genio imposible de controlar.

La relación entre ambos funciona casi como un encuentro entre dos formas diferentes de entender el arte:

el oficio aprendido y el talento absoluto.

Una película sobre el poder de los sentidos

Al final, El perfume no es realmente una película sobre perfumes.

Es una película sobre el poder de los sentidos.

Sobre aquello que percibimos antes incluso de poder explicarlo.

Sobre cómo un olor puede devolvernos un recuerdo.

Una persona.

Una habitación.

Una época.

Un amor.

Una pérdida.

Todos sabemos que ocurre.

Un aroma puede transportarnos veinte años atrás en un instante.

Y Grenouille representa la versión extrema de esa capacidad.

Para él, el mundo entero está construido con olores.

El olor que no podemos olvidar

Quizá por eso El perfume sigue funcionando casi veinte años después.

Porque todos tenemos una memoria olfativa.

Todos conocemos ese olor que nos devuelve a la infancia.

El perfume de alguien que ya no está.

Una casa.

Una ciudad.

Un verano.

Un libro viejo.

La tierra mojada.

El mar.

El café.

Una persona.

El olor no necesita explicar nada.

Simplemente aparece.

Y abre una puerta.

Grenouille comprendió ese poder antes que nadie.

El problema es que quiso dominarlo completamente.

Y ahí empezó su tragedia.

Cuando el cine consigue que olamos

El perfume: historia de un asesino es una adaptación extraordinariamente difícil de una novela extraordinariamente difícil.

No siempre funciona de la misma manera para todos los espectadores.

Pero su ambición resulta innegable.

Tom Tykwer tenía que convertir palabras como «olor», «aroma», «podredumbre», «piel» o «perfume» en imágenes.

Y lo hizo utilizando todo lo que tenía a su alcance:

la fotografía,

el montaje,

la música,

los colores,

las texturas,

los cuerpos,

los espacios

y nuestra propia memoria.

La película no puede oler.

Pero consigue algo casi igual de extraño:

nos hace creer que estamos oliendo.

Y quizá esa sea su mayor victoria.

Porque cuando termina la película, la pantalla vuelve a quedarse completamente silenciosa.

No queda ningún perfume en la sala.

Pero durante unos minutos hemos vivido en un mundo donde el olor podía ser más poderoso que la palabra, que la imagen y hasta que la propia vida.

 

 

 Cine

Imagen portada: openai
El perfume: cuando el cine intentó filmar un olor

El perfume, Tom Tykwer, Patrick Süskind, Ben Whishaw, cine, películas, literatura y cine, historia del cine, Grasse, perfumes
El perfume, la película de Tom Tykwer basada en la novela de Patrick Süskind, convirtió el olfato en una experiencia cinematográfica. Rodaje, personajes y secretos de una adaptación imposible.

Compartir

La cultura independiente necesita lectores que la sostengan.

45% del objetivo mensual alcanzado

Apoya este diario

Apóyanos aunque sea una sola vez. Dona desde 1€.