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Nueva serie de literatura: Detectives no humanos

Nueva serie de literatura: Detectives no humanos
Ahmed Oubali
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Nueva serie de literatura: Detectives no humanos

Cada semana, un nuevo capítulo de la última novela de Ahmed Oubali.

Capítulo 1

El Gato que leía las huellas

 

Ahmed Oubali

En el extremo montañoso del Rif, allí donde las casas blancas se adhieren a las pendientes como si supieran que la tierra bajo ellas nunca ha sido del todo estable y que la permanencia no es más que una forma lenta de resistencia contra el viento, el pueblo de Aït Lalla vivía encerrado en una continuidad antigua donde el tiempo no avanzaba sino que giraba sobre sí mismo, repitiendo gestos, costumbres y pactos heredados con una fidelidad tan absoluta que cualquier alteración era percibida no como accidente sino como amenaza, y fue en ese espacio, suspendido entre la costumbre y la vigilancia invisible de los ancestros, donde comenzó la boda de Zainab, una muchacha de dieciocho años cuya belleza no despertaba entusiasmo sino una forma silenciosa de gravedad, porque su presencia parecía ya marcada por algo anterior a la ceremonia misma, como si el matrimonio no fuera una elección sino la ejecución exacta de una sentencia antigua.

La boda debía durar tres días, como exigía la costumbre, y desde el amanecer del primero el pueblo entero se transformó en una maquinaria perfectamente organizada de celebración, donde cada familia ocupaba una función precisa dentro de un engranaje que no necesitaba explicación: las mujeres removían enormes recipientes de barro donde el cuscús absorbía lentamente el vapor y la grasa del cordero, los hombres degollaban animales en el patio y levantaban toldos para proteger del sol las largas mesas de madera, mientras los músicos afinaban tambores y ghaïtas cuyo sonido parecía no inaugurar la fiesta, sino continuar otra más antigua que nunca había terminado del todo. Zainab permanecía sentada en un rincón de la casa, inmóvil, vestida con un caftán verde bordado en oro y ceñida por el cinturón familiar, una pieza antigua y pesada que más que adornarla parecía sujetarla al orden mismo de aquella casa, y aunque las mujeres cantaban a su alrededor y celebraban su entrada en una nueva vida, ella mantenía esa expresión extraña de calma suspendida, como quien ya conoce el desenlace de una historia antes de que ésta haya empezado.

Fue entonces cuando apareció Ithri.

El gato gris cruzó el patio con esa elegancia casi insolente que tienen los animales cuando ignoran las jerarquías humanas, avanzando entre las piernas de los invitados, saltando a los muros, desapareciendo bajo las mesas y reapareciendo en los lugares menos previsibles, siempre con los ojos amarillos fijos en algo que nadie más parecía ver. Su nombre, que en lengua rifeña evocaba la idea de estrella, le había sido dado años atrás por los niños del pueblo, aunque su naturaleza no tenía nada de luminosa sino algo más oscuro y preciso, como si obedeciera a un sistema secreto de atención. Nadie le prestaba demasiada importancia, salvo los ancianos, que decían que algunos gatos no nacen para cazar ratones sino para custodiar secretos.

La segunda noche la fiesta alcanzó ese punto en que el exceso comienza a confundirse con la fatiga y el ruido deja de ser celebración para convertirse en una vibración constante que entumece el pensamiento. Idris, brigadier de la gendarmería regional, había llegado aquella tarde invitado por el padre del novio, no como investigador sino como huésped, pero apenas cruzó el umbral sintió esa irregularidad indefinible que ciertos lugares desprenden cuando una verdad está a punto de quebrarse. Mientras los hombres bebían té y las mujeres bailaban alrededor de Zainab, Idris observó varias veces a Rachid, un primo lejano de la joven conocido por sus intentos frustrados de emigrar a Europa, y advirtió la tensión entre ambos, la forma furtiva en que se buscaban con la mirada y la rapidez con que apartaban los ojos cuando alguien se acercaba. Cerca del pozo, al fondo del patio, los vio hablar en voz baja, demasiado cerca para tratarse de una simple conversación de boda, y aunque no alcanzó a oír nada, Ithri estaba allí, agazapado entre las sombras, inmóvil, como si escuchara no las palabras sino aquello que se escondía detrás de ellas.

Poco después de medianoche la calma se rompió de forma brutal. Un grito desgarró la música, luego otro, y de pronto una mujer salió corriendo desde la habitación nupcial anunciando que Zainab había desaparecido. Cuando Idris entró en la estancia encontró la cama revuelta y, sobre las mantas, el cinturón de oro abierto como una serpiente dormida, pero bastaron unos segundos para advertir que era una trampa: el broche había sido forzado y parte del cierre estaba roto, como si alguien hubiera intentado arrancarlo con violencia. La casa estalló en confusión. Algunos corrieron hacia los establos, otros hacia el bosque, y en medio del caos Ithri saltó por la ventana trasera y se lanzó a los tejados con una velocidad feroz. Idris lo siguió instintivamente, guiado más por la intuición que por lógica alguna, hasta que el gato se detuvo junto al muro exterior, donde un trozo de tela verde colgaba de una rama rota. Zainab había intentado huir.

La búsqueda se extendió por los olivares, y fue allí donde encontraron a Rachid, jadeando, cubierto de barro y con una herida reciente en el brazo. Antes de que pudiera hablar, varios hombres del pueblo lo derribaron acusándolo de haberla ayudado a escapar, pero Idris los apartó a golpes y trató de interrogarlo. Rachid apenas alcanzó a decir que Zainab había cambiado de idea cuando una lluvia de piedras cayó desde lo alto del muro. Una de ellas golpeó a Idris en el hombro y otra abrió la ceja de Rachid. Al alzar la linterna, vio una figura encapuchada correr por los tejados, y antes de pensarlo Ithri se lanzó tras ella, iniciando una persecución salvaje sobre las azoteas húmedas, mientras Idris corría abajo, siguiendo el eco de los pasos y el ruido de las tejas que se rompían. La sombra saltó al patio de los graneros y el gato cayó sobre ella con las uñas extendidas, clavándose en su cuello; el desconocido lanzó un alarido y forcejeó con el animal antes de perder el equilibrio y desplomarse. Cuando Idris llegó encontró al gato herido en una pata y al muchacho inconsciente. Era Yassin, sobrino de Lalla Rahma, la madre del novio. En uno de sus bolsillos llevaba una nota arrugada donde solo podían leerse dos palabras: “Esta noche”.

Al amanecer Zainab apareció sola junto al río, empapada y temblando, incapaz o quizá negándose a explicar qué había ocurrido. Afirmó que quiso huir, pero que alguien la persiguió y le arrancó el cinturón antes de alcanzar el camino viejo hacia Tetuán. Esa declaración transformó inmediatamente la fuga en robo, y el pueblo, necesitado de una explicación simple, señaló de nuevo a Rachid. Lo golpearon con una violencia casi ritual hasta que Idris intervino, aunque algo no encajaba. Ithri, pese a la herida, no se acercó nunca a Rachid; en cambio, pasaba una y otra vez frente a la habitación de Lalla Rahma, entrando, saliendo, deteniéndose siempre junto a una vieja tabla del suelo.

Idris registró el cuarto al caer la tarde y no encontró nada salvo una ligera capa de tierra húmeda bajo la madera, como si algo hubiese estado enterrado allí y luego trasladado. Comprendió entonces que el robo no había sido improvisado. Esa misma noche Rachid desapareció, y con su desaparición la sospecha dejó de ser una línea recta para multiplicarse en direcciones más oscuras. Cuando la tormenta comenzó, con relámpagos partiéndose sobre la montaña y el viento levantando polvo entre los muros, Ithri abandonó la casa y avanzó cojeando hacia el huerto, obligando a Idris a seguirlo entre la lluvia.

Bajo el viejo olivo encontró la escena decisiva: Lalla Rahma cavaba con desesperación, ayudada por su hijo mayor, tratando de desenterrar un paquete envuelto en tela encerada. Pero al ver a Idris, el hombre se abalanzó sobre él con la pala y lo golpeó en las costillas, derribándolo sobre el barro. La linterna salió despedida y rodó varios metros, proyectando sombras deformes sobre los árboles. Ithri se lanzó entonces contra el rostro del agresor con una violencia ciega, clavándole las uñas en los ojos y obligándolo a retroceder entre gritos, mientras Rahma intentaba huir con el paquete. Idris consiguió levantarse y la alcanzó antes de que cruzara la tapia. El golpe la hizo caer y el envoltorio se abrió sobre la tierra.

Dentro estaba el cinturón.

Pero también había cartas.

Cartas de Zainab a Rachid, donde ambos planeaban escapar aquella misma noche.

Rahma no negó nada. Confesó que había robado el cinturón para impedir la fuga y devolver a la joven al orden familiar, pero su hijo mayor había descubierto el plan y había decidido aprovecharlo para inculpar a Rachid y apropiarse después del oro. Dos conspiraciones distintas habían convergido sobre el mismo objeto, haciendo que la verdad se fragmentara en varias capas imposibles de separar.

Cuando Idris cerró oficialmente el caso al amanecer, el pueblo recuperó lentamente su apariencia habitual, pero algo había cambiado de forma irreversible.

 Rachid fue hallado horas después escondido en una cueva cercana, Zainab regresó a la casa sin pronunciar una sola palabra y el cinturón volvió a ceñirse a su cintura con la misma solemnidad con la que antes había sido arrancado, aunque ahora todos comprendían que su brillo no representaba una unión sino una cadena.

 Ithri, con la pata vendada, volvió a subir al muro más alto del pueblo y desde allí contempló cómo desmontaban las tiendas, cómo barrían el patio y cómo la vida fingía recomponerse, mientras Idris, antes de partir, entendía algo que jamás escribiría en su informe: que el gato no había resuelto un simple robo, sino que había abierto la grieta por la que se veía la verdadera estructura del encierro, y que algunos secretos no se esconden para proteger la verdad, sino para impedir que la libertad llegue a existir.

 

Esta novela se publica semanalmente en exclusiva en Diario Digital Luz Cultural.

 

Detectives no humanos
Capítulo 1: El gato que leía las huellas

Autor: Ahmed Oubali

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Narrativa

Imagen de portada: openai.com

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