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El anillo de Carvilio: el misterioso retrato que una madre llevó consigo a la tumba

El anillo de Carvilio: el misterioso retrato que una madre llevó consigo a la tumba
Sofia Lovelace
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El anillo de Carvilio: el misterioso retrato que una madre llevó consigo a la tumba

Hay objetos arqueológicos que nos hablan de emperadores.

Otros de guerras.

Otros de riquezas, poder y religión.

Y después existen objetos diminutos que consiguen algo mucho más difícil:

hacernos sentir la vida de una persona que murió hace casi dos mil años.

El anillo de Carvilio es uno de ellos.

Es pequeño.

Está hecho de oro y cristal de roca.

Y en su interior contiene el retrato de un joven romano.

Pero lo verdaderamente conmovedor no es solamente su extraordinaria factura.

Es dónde apareció.

En el dedo de su madre, dentro de su tumba.

Cuando los arqueólogos descubrieron el enterramiento, encontraron algo que parecía imposible de conservar después de tantos siglos: una historia familiar atrapada en piedra, hueso, oro y cristal.

Una tumba que permaneció oculta durante siglos

En el año 2000, durante unos trabajos arqueológicos en la zona de Ad Decimum, cerca de Grottaferrata, al sur de Roma, salió a la luz una estructura funeraria que sería conocida como el Ipogeo delle Ghirlande, el Hipogeo de las Guirnaldas.

La excavación comenzó en mayo de aquel año.

Los arqueólogos fueron descubriendo una escalera, un corredor de acceso y finalmente una cámara funeraria cerrada por un enorme bloque de peperino.

En el interior había dos sarcófagos de mármol.

Y las inscripciones permitieron identificar a sus ocupantes.

Una era una mujer llamada Aebutia Quarta.

El otro era un joven llamado Tito Carvilio Gemello.

Madre e hijo.

Carvilio murió con dieciocho años

La inscripción del sarcófago de Carvilio proporciona un dato estremecedor por su precisión.

Había muerto con:

dieciocho años y tres meses.

Su nombre aparece como T. Carvilio T. f. Sergia tribu Gemello.

Dieciocho años.

Una edad que para nosotros sigue siendo casi la infancia.

Para su madre también debió de serlo.

Y entonces aparece el objeto que convierte aquella tumba en algo extraordinario.

El anillo

En el dedo de Aebutia Quarta encontraron un anillo de oro.

No era una joya convencional.

La pieza presenta una montura de oro que se abre en un castón ovalado.

Y sobre él se encuentra una pieza de cristal de roca.

Debajo del cristal aparece el busto de un joven.

Probablemente Carvilio Gemello.

Es decir:

una madre llevaba consigo el retrato de su hijo muerto.

No en un cuadro.

No en una escultura.

No en una inscripción monumental.

En un pequeño anillo que podía tocar con la mano.

El Museo Arqueológico Nacional Prenestino confirma que la pieza está realizada en oro y cristal de roca y que procede del Hipogeo de las Guirnaldas.

Un retrato escondido bajo el cristal

Aquí aparece uno de los aspectos más sorprendentes de la pieza.

El retrato no está simplemente pintado sobre la superficie.

Se trata de una representación en relieve realizada sobre una lámina de oro, protegida por el cristal de roca.

El cristal tiene una superficie convexa y funciona ópticamente como una pequeña lente.

El resultado produce una sensación extraordinaria de profundidad.

Cuando se observa el rostro desde determinados ángulos, parece casi separarse del fondo.

Durante años se ha popularizado la expresión «efecto holográfico» para describirlo.

Pero no es un holograma en sentido científico.

Es un extraordinario efecto óptico producido por la combinación de la imagen en relieve, el cristal y su curvatura.

Y eso resulta todavía más interesante.

Porque demuestra hasta qué punto los artesanos romanos dominaban técnicas de orfebrería y trabajo de materiales que todavía hoy sorprenden.

La tecnología detrás de la emoción

El anillo fue realizado mediante técnicas extremadamente sofisticadas.

La montura está formada por una lámina de oro trabajada para crear el aro y el espacio destinado a la imagen.

El retrato fue realizado mediante una técnica relacionada con la microfundición a la cera perdida, que permitía obtener detalles diminutos en metal. Fuentes especializadas en el estudio de la pieza describen además el trabajo del cristal de roca y su efecto lenticular.

Pero quizá lo más interesante sea que toda aquella tecnología tenía una finalidad profundamente humana.

No se trataba de demostrar que un orfebre podía hacer algo extraordinario.

Se trataba de conservar un rostro.

El rostro de alguien que ya no estaba

Imaginemos por un instante a Aebutia.

Su hijo ha muerto.

El tiempo pasa.

Y ella lleva en la mano una pequeña imagen de su rostro.

Cada vez que mira el anillo puede volver a verlo.

No sabemos exactamente qué pensaba.

No podemos conocer sus sentimientos.

Pero el objeto permite formular una hipótesis muy sencilla:

Aebutia quería conservar a Carvilio consigo.

Y quizá esa sea una de las funciones más antiguas de la joyería.

No solamente adornar.

También recordar.

El anillo no estaba desgastado

Hay otro detalle fascinante.

Los análisis microscópicos han señalado que el anillo no presenta las marcas de desgaste que esperaríamos de una joya utilizada habitualmente durante años.

Esto ha llevado a plantear que quizá Aebutia no lo utilizó como una joya cotidiana.

Podría haber sido colocado en su dedo precisamente en el momento de su enterramiento.

Es decir:

habría querido ser sepultada con la imagen de su hijo.

Si esta interpretación es correcta, el significado del objeto resulta todavía más poderoso.

El anillo no habría acompañado a Aebutia durante su vida.

Habría acompañado a su muerte.

Una madre y dos hijos

Las inscripciones de la tumba permiten reconstruir parte de la familia.

Aebutia Quarta aparece identificada como madre de Antestia Balbina y Carvilio Gemello.

La información epigráfica permite deducir que Aebutia estuvo casada en dos ocasiones y que tuvo a sus dos hijos de diferentes matrimonios.

Su hija Antestia Balbina aparece también vinculada a la memoria funeraria de la madre.

De repente, la tumba deja de ser una simple construcción romana.

Se convierte en una casa familiar detenida en el tiempo.

El Hipogeo de las Guirnaldas

El nombre del enterramiento procede de las numerosas guirnaldas vegetales encontradas asociadas a los cuerpos y a la decoración funeraria.

La conservación de elementos orgánicos es uno de los aspectos excepcionales del hallazgo.

El cuerpo de Aebutia estaba cubierto por un manto vegetal compuesto por cientos de pequeñas guirnaldas.

También se encontraron restos de cabello y una elaborada retícula de hilos de oro asociada a su cabeza.

No era simplemente una tumba.

Era un espacio cuidadosamente preparado para acompañar a los muertos.

Y entre todos los objetos encontrados había uno que destacaba sobre los demás.

El anillo.

El joven del cristal

El retrato representa a un joven de torso desnudo.

Los detalles del rostro son sorprendentemente precisos.

Cabello.

Nariz.

Labios.

Rasgos faciales.

Todo ello en una superficie diminuta.

Y aquí aparece una pregunta inevitable:

¿era realmente el rostro de Carvilio?

La respuesta más prudente es que probablemente sí, pero debemos distinguir entre identificación arqueológica e interpretación.

La asociación con Carvilio se debe fundamentalmente al contexto funerario: el anillo apareció con Aebutia, madre de Carvilio, y el retrato masculino se interpreta como una imagen del joven.

No tenemos una inscripción sobre la propia joya que diga:

«Este es Carvilio».

Pero todo el conjunto apunta en esa dirección.

Una imagen para vencer al olvido

Aquí el objeto adquiere una dimensión casi universal.

Los romanos no tenían fotografías.

No podían guardar miles de imágenes digitales.

No podían mirar un teléfono para recuperar el rostro de alguien que había muerto.

Pero tenían otras formas de memoria.

Retratos.

Máscaras.

Estatuas.

Inscripciones.

Joyas.

El anillo de Carvilio pertenece a esa tradición.

Guardar un rostro para impedir que desaparezca completamente.

El extraño efecto del cristal

El cristal de roca hace que el retrato tenga una apariencia sorprendentemente viva.

La curvatura del cristal produce un efecto de aumento y profundidad.

Por eso algunas fotografías modernas del anillo parecen mostrar una especie de rostro flotante dentro de la piedra.

De ahí nació la comparación con un holograma.

Pero sería más correcto hablar de un ingenioso efecto óptico.

Y aquí vuelve a aparecer algo fascinante:

el artesano romano no necesitaba conocer la física moderna para utilizar las propiedades ópticas del cristal.

Le bastaba con conocer el material.

Saber cómo cortarlo.

Cómo pulirlo.

Cómo colocarlo.

Y cómo hacerlo interactuar con la imagen.

La muerte de Carvilio sigue siendo un misterio

Sabemos cuándo murió.

Sabemos quién era.

Sabemos dónde fue enterrado.

Pero no conocemos con certeza por qué murió.

Algunos estudios han señalado determinados indicios antropológicos que han dado lugar a hipótesis sobre las circunstancias de su muerte.

Entre ellos aparece una fractura del fémur y determinados resultados relacionados con la presencia de arsénico en sus restos, aunque estos datos no permiten convertir automáticamente una hipótesis en una conclusión.

Y esto es importante.

No sabemos si Carvilio murió por una enfermedad, por un traumatismo, por envenenamiento o por otra causa.

El misterio permanece.

Una historia de casi dos mil años

El anillo sobrevivió.

Sobrevivió a la muerte de Carvilio.

Sobrevivió a la muerte de Aebutia.

Sobrevivió a la desaparición del mundo romano.

Sobrevivió a siglos de transformaciones.

Y permaneció enterrado hasta que los arqueólogos entraron en aquella cámara en el año 2000.

Durante casi dos mil años, nadie contempló el rostro que había debajo del cristal.

Nadie supo quién era aquel joven.

Nadie sabía que una madre había decidido llevarse su imagen consigo.

Hasta que la puerta de la tumba volvió a abrirse.

Del dedo de una madre a una vitrina

Hoy el anillo se conserva en el Museo Arqueológico Nacional Prenestino de Palestrina, donde forma parte de las piezas relacionadas con la historia arqueológica de Praeneste y su territorio. El propio Ministerio de Cultura italiano lo identifica expresamente como el «Anello di Carvilio» y señala su procedencia del Hipogeo de las Ghirlande de Grottaferrata.

Y hay algo casi poético en ese cambio.

Durante siglos, el anillo estuvo en la oscuridad.

Después estuvo en el dedo de una mujer que quería conservar el recuerdo de su hijo.

Ahora está detrás de un cristal.

Y nosotros lo observamos.

El verdadero misterio

Quizá lo más misterioso del anillo de Carvilio no sea su técnica.

Ni su efecto óptico.

Ni siquiera la causa de la muerte del joven.

El verdadero misterio es mucho más sencillo:

¿cuánto puede durar el amor de una persona por alguien que ha muerto?

Aebutia no podía devolver la vida a Carvilio.

No podía detener el tiempo.

No podía impedir que su rostro desapareciera de la memoria de quienes lo conocieron.

Pero podía hacer algo.

Podía guardar su imagen.

Y lo hizo.

Hace casi dos mil años.

Una madre consiguió algo extraordinario

Carvilio murió a los dieciocho años.

Su vida terminó.

Su mundo desapareció.

Su casa dejó de existir.

Las personas que lo conocieron desaparecieron.

Su nombre quedó reducido a una inscripción funeraria.

Y, sin embargo, aquí estamos.

Dos mil años después.

Mirando su rostro.

Eso significa que Aebutia consiguió algo que probablemente deseaba desesperadamente:

que su hijo no desapareciera completamente.

No pudo conservar su voz.

No pudo conservar sus gestos.

No pudo conservar su risa.

Pero conservó su rostro.

Y ese pequeño rostro de oro, protegido por una piedra transparente, atravesó casi veinte siglos para llegar hasta nosotros.

Quizá por eso el anillo de Carvilio no sea solamente una joya romana.

Es algo mucho más poderoso.

Una madre diciéndole al tiempo que no estaba dispuesta a olvidar.

 

 

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  • Imagen portada: openai
  • El anillo de Carvilio: el misterioso retrato que una madre llevó consigo a la tumba
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  •  El anillo de Carvilio es una extraordinaria joya romana hallada en la tumba de Aebutia Quarta. Bajo un cristal de roca conserva el retrato de su hijo, muerto a los 18 años.
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