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🎧 Audioguía Cultural (Beta)
En un LAGAR de La Mancha…
El hombre debe al vino ser el único animal que bebe sin sed.
Plinio
La relación del vino con la cultura y el arte occidental en general es directa, como la de un puñal con su víctima o, por decirlo en positivo, como la de un chaval con su abuelo. El vino ha sido como el sistema circulatorio de la cultura occidental, y es fácil imaginar, por ejemplo, a Beethoven emborronando una partitura junto a una copa de vino. Cosechar la vid y beber vino procede de la civilización greco-latina, que es la civilización, para nosotros, por antonomasia, pero los cristianos lo asumieron sin rebozo en su liturgia e incluso al principio, en el primer siglo de clandestinidad y catacumba, se cuenta que la Eucaristía consistía en que la comunidad se hartaba de pan y vino hasta la borrachera y la saciedad total. La razón es clara: sólo así se “sentía” físicamente la presencia de Jesús en las almas, al igual que en la antigüedad los devotos de Baco sentían la euforia de la entrada del dios en su cuerpo. De nada sirve, en efecto, ingerir al numen si luego te quedas como estabas, de brazos cruzados y mirando tímidamente al suelo. Después, la Iglesia interpretó que había mucho de paganismo pecaminoso en esas piadosas bacanales, y suprimieron la cantidad de vino en sus ritos en aras de la frugalidad. No obstante, el vino siguió siendo considerado la mismísima “sangre de Cristo”, y no sólo por su color. Los parroquianos que acudían a misa sólo bebían un sorbito en la Eucaristía, pero todos sabían que los sacerdotes y los monjes amaban el vino y destilaban licores, de modo que nada podía haber de malo en utilizarlo a destajo para fiestas religiosas y profanas.
Hasta que llegó el Renacimiento. La Reforma Protestante impugnó el sacramento de la Eucaristía, porque no creían en la Transubstanciación, es decir, en que el vino del cáliz se transformase mágicamente en sangre divina. El propio Lutero era un gran bebedor de cerveza con una hermosa panza, y se le atribuye el siguiente silogismo cuasi-religioso:
Aquel que bebe cerveza duerme bien
Quien está durmiendo no peca
Aquel que no peca se va al cielo
Pero en el cielo no hay cerveza,
entonces bebámosla aquí.
Quien está durmiendo no peca
Aquel que no peca se va al cielo
Pero en el cielo no hay cerveza,
entonces bebámosla aquí.
No obstante, Lutero dijo también que “la cerveza está hecha por el hombre; el vino, por Dios”. Pues si bien el vino de la comunión no tiene valor sobrenatural, sí lo tiene por lo menos simbólico. Desde entonces, desde el Rin hasta el Elba se consume cerveza, a partir del Elba hacia el Este vodka, y los países católicos seguimos empeñados en el vino, aunque todos alternemos con las demás bebidas espirituosas. También en el mundo árabe existe una larga tradición que emparenta el vino con los goces de la vida, incluso si estos nos alejan de la religión, como versificaba Omar Khayyam en su colección de cuartetas Rubaiyat, que son -parece mentira- del s. XIII:
Las alas de la noche reposan sobre el alba.
Se habla de aquel que crea al ser y lo destruye.
No comprendo la obra del Creador.
Se habla de aquel que crea al ser y lo destruye.
No comprendo la obra del Creador.
Dame vino del que enternece el pecho y alegra la memoria.
Los españoles hemos instrumentalizado también la religión como ocasión para beber vino por motivos estrictamente terrenales. Fernando Díaz-Plaja cuenta en El español y los siete pecados capitales una anécdota graciosa, que refiere como los españoles sentados en torno de una mesa de una taberna susurraban una aparente oración y luego, en los versos pares, gritaban al camarero:
Jesucristo, ¿por quién vino?,
¡para todos vino!
¿San Juan vino por aquí?
¡por aquí vino!
En general, excepto en los tiempos de la Ley Seca de los EE.UU., siempre se ha bebido en público, o sea, no sólo en compañía, sino de modo abierto y autorizado, y para eso hay en el mundo bares, terrazas, tabernas o restaurantes. El vino es comunal, gregario, aunque quien beba contigo sea únicamente tu familia a la hora de comer. Al fin y al cabo, el vino es fruto del sol, que es el bien más público concebible, y le rodea toda una compleja elaboración química, económica y humanística que para sí quisiera cualquier otro producto cultural. Por eso Ernest Hemingway solía decir:
El vino es la cosa más civilizada del mundo.
Hace poco leía yo a un biólogo que conjeturaba que si alguna especie alienígena más avanzada tomase contacto con la Tierra, no se interesaría primariamente por las ciencias, que es el campo del saber del que creemos estar más orgullosos, allí donde nos parece que podríamos presumir más, sino que se concentraría en las humanidades, puesto que ellas expresan nuestra peculiaridad y diversidad, mientras que de matemáticas, por ejemplo, ya se lo tendrían todo sabido. Hay que imaginarse, así, que gustaran de nuestra música, pues nunca la habrían oído, o de nuestra literatura, que no conocerían, o también de la ingente variedad del vino, que no habrían probado nunca. La visión de extraterrestres realizando una cata de vino de La Mancha, si su estómago lo permitiera, es, sin duda, una imagen civilizatoria y pacífica del encuentro entre los pueblos. Y es que además ese sería sin duda un buen motivo para que los visitantes del espacio exterior aterrizasen en España en vez de en su habitual zona de aparición, los Estados Unidos de América. Porque en España tenemos La Mancha, que es el viñedo más grande del mundo, la región más rica del planeta en producción vitivinícola y últimamente de las más reconocidas, ganando premios internacionales y apostando por una producción intensiva que aumenta cada año la calidad y variedad de sus vinos. Realmente, no existe ya impedimento alguno, al menos en el plano de la elaboración, para que los caldos de La Mancha puedan competir de igual a igual con los mejores de Europa o de Latinoamérica. En La Mancha conviven denominaciones de origen que se basan en usos tradicionales y artesanales con otras que aprovechan las más punteras innovaciones tecnológicas, dando lugar a un enorme arco de elección para el aficionado al vino que va desde el producto de auténtico lujo hasta el vino más asequible, mas no por ello común o vulgar.
Porque nada hay más alegre, a mi juicio, para la gente humilde que el placer suministrado por una noche improvisada de conversaciones y vino como la que representa Charles Dickens en Los papeles póstumos del Club Pickwick, cuando hace que Samuel Weller, el criado más golfo y entrañable de la literatura universal, entre de noche en una taberna:
Weller, con el permiso de su amo, se retiró para pasar la noche según le viniera en gana, y poco después el voto unánime de la concurrencia le eligió presidente de la cantina, honroso puesto que desempeñó tan a satisfacción del público, que hasta el mismo dormitorio de Mr. Pickwick llegó el rumor de las carcajadas, mermando en tres horas lo menos el tiempo de su descanso.
O, en nuestro Don Quijote de La Mancha, en el célebre pasaje en que Miguel de Cervantes hace decir a su héroe (capítulo XVII) que…
—Hijo Sancho, no bebas agua; hijo, no la bebas, que te matará. ¿Ves? Aquí tengo el santísimo bálsamo —y enseñábale la alcuza del brebaje—, que con dos gotas que dél bebas sanarás sin duda.
—¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos, y déjeme a mí.
Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante y rogó a Maritornes que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo pagó de su mesmo dinero.
El vino es cultura y la cultura debiera ser como el vino: profunda, alegre, con poso y con regusto, que bien dosificada agrade incluso a los más modestos, y que en exceso acarree estados indeseables para el individuo y la comunidad. Pero no hay ni puede haber exceso en la búsqueda de la perfección y la calidad del vino mismo, como sucede en la soleada y afortunada región de Castilla La Mancha.
En un LAGAR de La Mancha…

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