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Un Tiovivo en Sarajevo
Sí, me alucinó aquel tiovivo en Sarajevo, al otro lado del tío Mijacka, donde los niños bullían de vida, y no sabían si eran musulmanes de Bosnia o eran serbios de Bosnia o eran croatas de Bosnia, solo sabían que estaban vivos, y reían como locos, y alucinaban con todo y giraban sin parar, como giraban en aquel tiovivo que admiró Rilke en el parque de Luxemburgo en París, o en tantos otros tiovivos que he visto en mi vida.
En Zagreb en “La fuente de la vida” que esculpió el yugoslavo (sí, yugoslavo) Iván Mestrovic los cuerpos desnudos que se abrazaban y se retorcían junto al agua delante del Teatro Nacional tampoco sabían si eran croatas, serbios o musulmanes, sus espaldas frágiles se juntaban unas a otras, sus pollas ilusionadas se escondían entre ellos, sus senos se aplastaban junto a la desnudez del otro. Aquello todavía era Yugoslavia.
En Prístina, Kosovo, mientras las fuerzas de la OTAN indicaban por todas partes el protectorado norteamericano, los niños bailaban sobre los surtidores de colores, jugaban entre las letras enormes que formaban el nombre de Kosovo, al tiempo que en los cafés nos recibían los dibujos de Tintín, cerca del edificio más feo del mundo, la Biblioteca Universitaria, que parecía una malla cubierta de huevos podridos. Quisieron desasirse de Serbia y la cambiaron por Estados Unidos, a ver como los echan si algún día se cansan de los americanos. . Las iglesias serbias servían de urinarios y las protegía la policía para que no las dañaran más. Así los nacionalismos sectarios acabaron con Yugoslavia, donde convivían todos. A las potencias de este mundo les convenía acabar con Yugoslavia, les convenia balcanizar los Balcanes.
En Mostar la gente vibraba de noche en torno al puente mágico que restauraron los españoles y en otro puente más escondido en la espesura rincones secretos se asomaban con magia al al río Neretva. En Mostar había tres comunidades y las tres se pelearon entre ellas, hasta que los croatas se aliaron con los musulmanes contra los serbios. Y los serbios, los malos malísimos de la película, cargaron con la culpa de todas las destrucciones.
En Sarajevo yo recordaba que fue un día la capital de un sueño multicultural, como lo expresó Ivo Andric en “Café Titanic” . Podías tomar cerveza en un barrio cristiano o tomar té en un barrio musulmán, o ir entre cupulas ortodoxas místicas, o caminar entre iglesias barrocas católicas. Pero ese sueño fue amenazado tanto por los serbios nacionalistas como por los islamistas de Itzebegovic que defendía un Imperio Islamista desde Marruecos hasta la India. La gente solo habla de los francotiradores serbios pero también había francotiradores bosnios que disparaban sobre los barrios serbios, como aparece en “El violoncelista de Sarajevo”.
La gente habla de los fanáticos serbios que defendían la parte sur de la ciudad donde estuvieron durante siglos. Pero el imán de la mezquita le declaraba a Goytisolo en un reportaje, mientras lleno de santa indignación pedía ayuda a las democracias europeas contra la barbarie, que ellos no creían en la democracia occidental sino en el islamismo. Y por suerte, cuando yo fui, en Sarajevo otra vez se podían tomar cervezas grandísimas en unas calles mientras en otras calles te daban té con menta. Aún veía monumentos de todas las religiones, las palomas aún flotaban en la plaza Sebili sin decir a qué religión pertenecían Como tampoco lo decían aquellos niños al sur del río que giraban vertiginosamente en un tiovivo, que cabalgaban con vértigo más allá de todas las religiones y todas las nacionalidades.
En Visegrad yo veía donde estaba el hotel de la tía Lotte, al lado del puente, en la novela “El puente sobre el Drina” de Ivo Andric. Esa mujer judía vino de Cracovia y sostenía a todos con su coraje hasta que se derrumbó melancólicamente. Yo creía que su fantasma vencido vagaba por el puente legendario de la novela de Ivo Andric, pero aún después de muerta nos animaba a todos, sonaban guitarras, las chicas jóvenes reían con sus ocurrencias, los poderes de la piedra se aligeraban en el agua. Y yo recordaba que en la novela la hija de un jefe musulmán no quiere casarse con quien su padre impone, siente un día la libertad de su cuerpo de noche en la ventana, y se tira al Drina desde el puente para escapar a todas las sujeciones. Igual que se escapaban sin saberlo aquellos niños encantados y vertiginosos que giraban en aquel tiovivo en Sarajevo.
Yo visitaba en Travnik, en las montañas del centro de Bosnia, a Ivo Andric, el hombre que soñó con una Yugoslavia que mezclaba como un sueño, al margen del comunismo y el capitalismo, las culturas, los pueblos, los serbios, los croatas, los musulmanes, los judíos, los gitanos, los pueblos de las montañas que viajaban en trenes novelescos hacia el Adriatico, los hombres de la costa que se acercaban al lago Ohrid mágico a través de los bosques de Montenegro. En Travnik miraba el castillo en lo alto, los manantiales del Agua Azul, donde los mercaderes de “Crónicas de Travnik” de Andric creían que el imperio otomano era eterno, la casa natal de Ivo Andric , el Café Cónsul de la novela, el jardín donde el joven bosnio Salko espiaba a la jovencita austriaca Agata. Para ellos no había fronteras, pero cuando yo fui se habían multiplicado tanto las fronteras. Las masas embrutecidas levantaron muros feroces, impusieron de nuevo religiones y nacionalidades como cuchillos. Y sin embargo las personas yugoslavas que se encuentran en países lejanos sienten algo en común, tanto tiempo después de Tito. Y sienten la vida sin nombres como aquellos niños de aquel tiovivo en Sarajevo.
ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR
Consuelo de Arco: Un tiovivo en Sarajevo
