Un taxista en Shiraz

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Un taxista en Shiraz

      Un taxista en Shiraz me contó un chiste muy bueno. Un inglés va a viajar a Irán  y su madre le dice: “Estás loco, cómo vas a hacer eso, Irán es un país muy peligroso”.  Al fin le dijo a su madre:” Está bien, mamá, entonces no iré a Irán, iré a Persia”. La madre contestó: “Eso sí que está mucho mejor. Persia sí que vale la pena”. Así funciona todo. Así funciona este mundo.

    En Teherán me alojé en el Hotel Naderi, un lugar decadente y bohemio, allí iban muchos escritores, dicen que estuvo Kafka.  El mercado de Teheran es una ametralladora de sentidos. Visité los palacios del Shah, lo mejor es la vista de las montañas nevadas grandiosas, aparte de los caprichos lujosos de los salones. Hay muchos parques, la avenida Vali  de norte a sur , llena de árboles y con canales,  es como un pulmón poético.

    Vuelo a Shiraz. La ciudad tiene santuarios asombrosos, jardines del paraíso, una fortaleza,  un mercado laberíntico, mujeres nómadas con vestidos de colores. Y cerca las ruinas de Persépolis.  Se conservan mejor que la acrópolis de Atenas.  Y uno siente nostalgia de  ese  imperio tolerante, que no sometía a las poblaciones,  lleno de imaginación. La procesión de donantes en la apadana asombra por la elegancia de los que llevan ofrendas.  La Puerta de las Naciones  con los caballos alados deslumbra  y hace volar por todas las fantasías.  Y cerca de allí, en mitad del desierto,  están las tumbas de los emperadores excavadas  en la montaña. Un relieve esculpido en la roca muestra al  emperador romano Valeriano  humillado ante el rey Sapor de Persia. Parece el militarismo a los pies de la fantasía.

    Isfahan  parece irreal.  La veo llena de cúpulas azules.  La plaza del Imán corta el aliento. Es una de las más amplias del mundo y está rodeada  de palacios y mezquitas. La mezquita del  Imán se pierde en los cielos con sus cúpulas audaces. Un palacio casi de viento  con columnas alargadísimas se fantasmaliza a la derecha. Cerca de él hay un hombre que tiene una tienda de alfombras, y tiene otra en Vigo, habla español, te deja llamar a España, te presta libros,  te ofrece ayuda.  En un tejado a la puerta del bazar  hay una casa de té en la que te evaporas en los atardeceres contemplando la plaza.

     En la avenida  principal de Isfahan, llena de árboles, hay tiendas de pasteles y recuerdos , hay cines, van los adolescentes a ligar , las recién casadas a mirar escaparates. Cerca de ella hay hotel de leyenda que era un antiguo caravasar, puedes tomar un té mirando el patio y observar tiendas de miniaturas.  Más abajo está el río y dos puentes con pasajes cubiertos entre arcadas, y casas de té asomadas al agua, que te convierten en poeta aunque no lo seas.  Detrás del río, el barrio armenio, con su catedral.

     Nunca en la vida te olvidarás de Persia, de Irán, sea cual sea el gobierno que tengan ahora.  Están atrapados bajo doctrinas y gobiernos, pero ellos aman la poesía. Y tienen poetas tan apasionados y rebeldes como Omar Jayam o Forugh Farrojzad. En realidad los iraníes son muy vividores, sensuales, mucho más que los puritanos norteamericanos que los demonizan. Mientras protegen a Arabia Saudita donde nunca hubo elecciones y donde las mujeres no pueden estudiar ni conducir.  Les gusta mucho comer bien,  toman alcohol a escondidas,  hacen fiestas privadas en los pisos, ligan a espaldas de los curas.  Aman la música y tienen músicos por todas partes.  Honran a sus poetas.  La tumba de Hafez en Shiraz , con una casa de té a un lado y unos jardines  donde pasean parejas de jóvenes,  deslumbra más  que la de ningún santo. Pero el simplismo los mata. Así funciona todo.  Así funciona nuestro mundo.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

Foto: Un rincón de Shiraz

 

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