Tristan Felix

Tristan Felix

Carlos J. Rascón
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 Tristan Felix nació en Senegal. Artista polifacética, es poeta, dibujante, fotógrafa, marionestista, etc. Dirigió durante doce años la revista La Passe, junto a Philippe Blondeau. En 2008, funda con el músico y compositor Laurent Noël L’usine a muses, para la promoción de un arte vivo y de la poesía, fabricando insólitos cortometrajes con la complicidad del camaeraman nicAmy. Ha publicado un gran número de obras diversas: poesía, dibujos, fotografías, CD, películas… www.tristanfelix.fr      http://www.dailymotion.com/TristanFelix

26 de marzo de 2013, Metro Marx-Dormoy, París, distrito 18

La trinidad

Tristan Felix
Tristan Felix

             La sombra del atardecer, retenida por la luna llena, no lo ha echado todo a perder; muchas siluetas siguen siendo visibles, algunas encerradas tras unos escaparates grasientos o en el recinto caliente de las terrazas. Desde hace cinco años, en los dos extremos del barrio resisten aún dos baretos, en los que brindan y juegan los viejos negros, los viejos árabes, los viejos cabileños, con su acento, sus arrugas y sus callos en las manos, y también algunos desechos humanos algo deformados y desteñidos, salidos de un museo de cera que hubiera ardido. ¿Los tamules? Todavía demasiado menesterosos y comunitarios para acudir; en cuanto a los asiáticos, trabajan hasta medianoche. Los otros cuatro, que todavía eran árabes hace tres años, están reservados por precio, edad y disfraz, para la burguesía bohemia, perfectamente descuidada, megamestiza, con su cesta bio, su mono de landartista, su delgadez, su cuero, subvencionada para entreculturizarse, con sus hijos deslumbrantes lavados con agua del Himalaya. Beben los caldos de la tierra al volver de una fábrica de ataúdes transformada en Cultura.

            Estamos en la calle peatonal pero a treinta metros de aquí, hacia la vía, comienza la zona mal alumbrada de una juventud masculina y violenta, aguerrida en artimañas, excitada por la poli, todos con las piernas abiertas para sus asaltos de virilidad, como en una mala película de suspense. Toda esa gente no vive nunca junta. La división se produce naturalmente con incesantes movimientos territoriales: templo, contenedores volcados, guardería, peleas, tienda de delicatessen, mezquita, barrios de embriaguez, mercado desafectado, mendigos, traficantes, agencias inmobiliarias, chalados y carlinos que sofocan y componen una marquetería cuyas tablas saltan con regularidad. Por ahí circulan estudiantes curiosos, bondadosos y sin un duro, dos gays sobrios y tiernos, y también empleaditos bien vestidos de orígenes lejanos que hacen cola por las últimas bandejas de un menú tailandés a cuatro euros cincuenta. Al otro extremo de este islote, donde se desliza una calle más oscura, preservada todavía del control de los traficantes y los ladrones, una mujer tiembla.

            Maciza, con los hombros ceñidos por una manta andrajosa, está de pie, postrada contra la pared de un edificio renovado como una caja de cartón, con sus agujeros para que pase el aire. Dirige una mirada al vacío, al vacío de una ciudad que ya no existiera. Sus brazos, abiertos hacia abajo, con las palmas claras hacia el cielo. Sus piernas, abiertas bajo lo que pudo ser un vestido cuando se lo puso la Cruz Roja. Esta mujer tiembla y de su boca surgen sílabas entrecortadas de sollozos, de sollozos como teatrales, de una tragedia sin acto, sin unidad.

            Y la muñeca gigante de trapo se pone a hacer pis de pie, ahí, en la acera, bajo la mirada avergonzada de los transeúntes que de pronto se apresuran -cuando un simple enfado bastaría ante la indecencia de un hombre. Pero es una mujer, una mujer de pie, que se vacía por los ojos, por las piernas, porque ya no pertenece del todo a este mundo. Se diría que la luna redonda desagua en ella, fuente ignominiosa y patética, señal de un sufrimiento universal, de un abandono en el flujo perdido de la ciudad. ¿No será la trinidad de Diana caída de un cielo descompuesto, que pierde toda la leche de la luna, de una santa hecha pagana y de una Pitia expulsada del templo? Un perro no reconocerá a esta perra venida de otra parte.

            Aliviada por ese agua turbia, desaparecerá en la noche tal y como vino, tras su halo. Ya no ofenderá a nadie. Será la identidad perdida de cada uno.

 

Laissés pour conte, Ed. Tarmac, 2020  

Traducción de Miguel Ángel Real. Valladolid, 1965. Trabaja como catedrático de español en el Lycée de Cornouaille de Quimper (Bretaña). Sus poemas, tanto en español como en francés han sido publicados en numerosas publicaciones de España, Francia y América. Como traductor de poesía contemporánea en francés y español, ha traducido -solo o en colaboración-  a más de cien autores para diferentes medios en todo el mundo, publicando por el momento cuatro libros en ese ámbito.

 

Image by enriquelopezgarre from Pixabay

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