Todo un placer saber del señor Lear

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Jose de Maria Romero Barea
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Todo un placer saber del señor Lear

José de María Romero Barea

Un juego de palabras aparentemente intrascendente está lleno de consecuencias insospechadas: “Todo un placer saber del señor Lear/ que ha escrito ingentes volúmenes de cosas. / Unos lo consideran un malhumorado queer, / otros un tipo agradable”. Ni un ejército de analistas sería capaz de encontrar respuesta a los acertijos que nos propone el escritor, ilustrador y artista inglés Edward Lear (Holloway, 1812-San Remo, Italia, 1888). Íconos de inocencia, cuando no de perturbadoras fantasías, sus composiciones se han convertido en una suerte de test de Rochard que podemos interpretar a nuestro gusto.

Todo un caleidoscopio de irreverencia y autobiografía se refracta a través de la lente sin sentido de su mundo de sueños. Ahonda Ranti Williams en los innumerables enigmas de su país de las maravillas en el número de diciembre 2018 / enero 2019 de la revista Standpoint. En su artículo “Un desconcierto saber del señor Lear”, a cuenta del opúsculo Inventing Edward Lear (Harvard University Press, 2019), escrito por la profesora universitaria Sara Lodge, sostiene Williams que los limericks del poeta decimonónico (formas breves, de cinco versos y tema humorístico, en el que los dos primeros y el último riman) tienen que ver con una búsqueda de identidad en la que, a través de la broma, accedemos a más preguntas que respuestas.

Se exige, según el periodista, “un ímprobo esfuerzo para abordar los “volúmenes de cosas” de Lear: su prolífica producción no solo como poeta, sino también como artista, músico, escritor de viajes, periodista y corresponsal. En el capítulo final, del cual el libro deriva su título, Lodge se involucra con algunas de las contradicciones en el corazón de alguien obsesionado con crear una persona a través de la cual expresar y ocultarse”. En opinión del británico, el libro de la erudita de la Universidad de St. Andrews refleja el diálogo no resuelto del autor del Book of Nonsense (1846) con su pasado. De una descripción así (“Su mente resuelta e intricada, / su nariz notablemente desproporcionada, / su rostro abiertamente horroroso/ su barba una suerte de apósito”), hipnóticamente mordaz, podría decirse, parafraseando a Virginia Woolf, que no forma parte de “un poema para niños, sino de un poema para convertirse en niño”.

Como en todo estudio, se proporcionan claves e ideas a través de las cuales el escritor objeto de análisis se desliza entre nuestros dedos. “El diario y las letras de Lear revelan episodios de depresión aguda, lo que él llamó su “morbilidad”, apostilla el articulista de la publicación londinense, “por lo que sería natural establecer vínculos entre las distorsiones constantes de su autoimagen y su enfermedad mental”. La infancia, en definitiva, fue la pérdida de la que el autor de Nonsense Botany (1888) nunca se recuperó, parecen concluir Williams y Lodge, ese mundo paralelo, fuente de adivinanzas, poesías y cuentos inmorales, donde el tiempo se detiene.

Sevilla 2019

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