Sol Secreto del Norte

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          En Finlandia   Edith Sodergran habló de  “La tierra que no es”,  sentía que se convertía en otra cosa,  decía: “no soy una mujer, soy un ser indefinido”. ¿Cómo iba a definirse cuando se sentía tan intensamente en mitad de las noches junto a los lagos?.

     “Por donde una vez caminamos” de  Kjell Westo dice como el jazz llega a Helsinki y  desata  las vibraciones de los músicos contra  prejuicios y cerrazones,   expresa como se puede vivir y extender cien ramificaciones en medio de  las intolerancias de  la Historia, de un fotógrafo que capta la vida del modo más sorprendente y al final ve como se destruyen todas sus fotos, de una mujer libre y sola que se queda cada vez más sola, mientras las otras mujeres  se rinden a  las normas sociales.

    Arto Paasilinna  cuenta en “El año de la liebre”   como el hombre fracasado encuentra una liebre por casualidad y le da vida  durante un año. En “El bosque de los zorros” como una anciana al norte de Finlandia no quiere que la atrapen los funcionarios  y se escapa a un molino en  los bosques,  como otra liebre ansiosa de libertad  y naturaleza. En “Delicioso suicidio en grupo” como una basca  de suicidas   alquilan un autobús y  dan vueltas por toda Europa y su vida es una fiesta continua,  y acaban en el Portugal   del bacalao y de la nostalgia  y el  sebastianismo saudoso.

    Franz Emil Sillanpaa  habla de “Silja”, que muere a los veinte años, después de iluminaciones y resplandores secretos,  acosada por la Historia,  entre el esplendor de los árboles y las aguas, de esa  “Noche de verano”   que tiene resplandores de plenitud,  que revela el secreto de las cosas, cuando  dos seres perdidos en una casa solitaria  sienten que han perdido su nombre, y  todas las cosas ya no tienen nombre, y se  revela apasionadamente todo,  y se escuchan  los latidos escondidos.

     Mika Waltari en  “Sinuhé,  el egipcio”  presenta a  un  solitario melancólico  que   cuenta desde una vejez desengañada  sus aventuras, una joven belleza se aprovecha de él y le arranca hasta las tumbas de sus padres,  vive la vida en los cañaverales del Nilo  parecida  a la vida entre los lagos de Finlandia,   alcanza grandes logros pero lo pierde todo varias veces, aguanta que su amada Minea no se acueste nunca con él porque se ha ofrecido  a la diosa de Creta, pero cuando  Minea entra en el laberinto  no viene ninguna diosa  a recogerla.

     Elías Lonrot refunde en Carelia el “Kalevala”,  en la cual   Vainamoinen  sabe que es un viejo, que no tiene nada que hacer al lado de los jovencitos de piel tersa,  pero conserva  invencible el entusiasmo y el amor por la existencia, y se  empeña en casarse con la doncella de Laponia, y la reina de Laponia  le pone un montón de pruebas,  fabricar el sampo o molino imposible que lo muele todo, conseguir el cisne negro de la belleza escondida,   y fracasa en todas, pero tiene más deseo que nadie,  no quiere conquistar  un país,  arrasar una región, obtener una venganza, solo quiere seducir a una doncella inalcanzable.

    En Suecia Selma Lagerlof inventa en “La leyenda de Gosta Berling” a un clérigo rebelde y borracho que solo quiere vivir la vida y  saltarse todas las reglas,  en una nostalgia de la vitalidad de los bosques y los mitos, antes de que lo haga volver al buen camino del puritanismo luterano. En “Clara Eugenia, emperatriz de Portugal” habla de una mendiga que está empeñada en que es la soberana de Portugal que viaja de incógnito.

       Par Lagerkvist, en “Barrabás», «El verdugo», «El enano», habla de seres perdidos, apartados de la vida, que no saben a qué mundo pertenecen, que no se sienten conectados con nada, que añoran algo que ni siquiera plantean. Strindberg, entre sus viajes paranoicos, su miedo a las mujeres, su inquietud permanente, añoraba  una revelación, una caída del caballo, en “El camino de Damasco”.  Gunnar Ekelof   creyó ver en Estambul a un antiguo héroe kurdo que lo llevó a un reino perdido en el Cáucaso, y escribió en París los versos furiosamente nostálgicos de “Tarde en la tierra”: “Mi añoranza aparta las nubes del templo del horizonte/  Ayúdame a buscar mi propia caracola que ha desaparecido en el mar de la infinitud y en la gran indeterminación que yo amo ciegamente”.

    En Noruega ¿no es una nostalgia tremenda la que se siente en “Pan” cuando nos habla de ese amor que no puede ser al borde de los acantilados, que con furia se revela cuando Glahn en la barca  tira furioso el zapato de la chica al mar?  ¿Y no hay una nostalgia desgarradora en “Victoria”, en esa relación  entre dos jóvenes en un puerto,  que se manifiesta y se rompe repetidas veces,  entre dos seres que por orgullo o fatalidad pierden su vida y la añoran para siempre?

       Ibsen ¿no pone  una nostalgia invencible en esos héroes que se sublevan contra los prejuicios y las mezquindades y las mentiras y tratan de vivir la vida sin cortapisas y expresan sus visiones  en “Un enemigo del pueblo”, “Brand”,  “Juan Gabriel Borkman”, con esa pasión contra todo y contra todos que admiró tanto Unamuno? ¿No hay nostalgia en esa vida que perdió Nora durante tantos años en “Casa de muñecas” cuando su marido se empeñaba en tratarla como una muñeca?

     En Dinamarca Kierkegaard desconfía de la nostalgia, prefiere la angustia como medio de conocimiento. Pero Karen Blixen tiene nostalgia de las selvas desmedidas en ”Memorias de África” y los misterios no vividos en “Siete cuentos góticos”.   Andersen piensa en solitarios que son patitos feos que no están en su mundo, en seres fracasados que han sido suplantados por sus sombras, en sociedades mentirosas que no son capaces de ver que el rey está desnudo. Una sirena  deja el fondo del mar por un amado en la tierra y contempla como ese amado no vive con ella la plenitud que ella había soñado.

       A Jens Peter Jacobsen,  por quien se apasionó Rilke, lo clasifican en el naturalismo, pero en “María Grube”  una mujer de otra época  afirma su deseo contra los prejuicios y en “Nyels Line”  un hombre quiere encontrar un resplandor entre la mediocridad. En ambos libros  destaca la sensibilidad  intensa para la vida  que sedujo a Rilke.  Déjame que te hable de nórdicos. Todos me dan entusiasmo melancólico y nostalgia viva.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR    Hugo Simberg: Noche de primavera

 

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