¿Qué hay de verdad en narradores y personajes?

¿Qué hay de verdad en narradores y personajes?

¿Qué hay de verdad en narradores y personajes?

La ficción se sustenta sobre un escándalo. El novelista le promete al lector que le explicará su vida mejor de lo que él la ha comprendido

Por Gonzalo Torné

El carácter del narrador. El narrador (sobre todo cuando no es un personaje, sino esa extraña voz que nos habla al abrir un libro, y que nadie sabe de dónde viene) no siempre es la expresión del carácter del escritor, ni siempre revela su manera de ser o de pensar. Ni siquiera cuando el mismo temperamento se repite, sin apenas variaciones, de libro en libro. Con mucha frecuencia se trata del ángulo moral y emocional que más estimula la escritura, el que permite poner en marcha la maquinaria de indagación del mundo, el combustible adecuado. La crueldad, la polémica, la bondad… no tienen por qué ser los aspectos dominantes en la vida mental del autor, sino una suerte de condensación beneficiosa para que fluya la imaginación. En este sentido el narrador, su tono, sus intenciones… son, como el resto de personajes, presencias que dependen exclusivamente del autor pero que no son exactamente él.

Insinceridad del diario. Pese a que la escritura de diarios pasa por ser el género donde se desnuda la intimidad del escritor, donde podemos sentir su verdadera voz interior, tengo mis sospechas de que esta pretensión no sea una ingenuidad. De que no se opere una condensación parecida a la que domina a los narradores. Pero no hay que olvidar que el diario es también “escritura” y que debe pasar por filtros parecidos a la ficción. Ante la imposibilidad de retener los cientos de movimientos simultáneos (fisiológicos, psicológicos, hormonales) que contiene una sola hora (ya no digamos un día) el escritor de diarios se ve forzado a un recorte selectivo donde sin duda jugará un papel decisivo la búsqueda de lo más intenso e interesante para el lector, y para sí mismo. De manera que es casi inevitable que no se incline hacia el tono emocional que mejor se acomode a su talento. El que permite poner en marcha la escritura.

Por un carácter elástico. Existen muchas maneras y estrategias para caracterizar a un personaje, para cohesionar de manera verosímil su carácter, para que lo reconozcamos (sin verlo, recordemos que al leer es imposible ver nada sin recurrir a la escritura) cada vez que aparece. La más pedestre quizás sea atribuirle una frase recurrente, un latiguillo verbal. Un poco más sutil quizás sea apoyarlo en la piedra de un carácter estable y reconocible: el egoísta, el celoso, el generoso, el apasionado… y que en cada acción o circunstancia imponga la coloración de su temperamento. Que siempre reaccione igual. Así se consigue sin duda el objetivo de que el personaje esté cohesionado y sea reconocible, pero se sacrifica comprensión humana, se reduce la psicología humana, que sencillamente no es así. Fuera de la ficción apenas existen personas tan simples que se pueda reducir su carácter a un único componente, de manera que se puedan prever todas sus reacciones. Parece más interesante imaginar para cada personaje una red flexible de rasgos de carácter y emocionales que permita un juego, limitado pero amplio, de movimientos. Lo ideal sería que esta articulación de carácter reaccionase de manera distinta según las circunstancias; que fuese capaz de actuar de manera imprevisible pero reconocible (sin dejar de ser el personaje, preservando su cohesión), ajustando el tono y la intensidad a sus objetivos e intereses cambiantes. Justo como se comportan las personas maduras que conocemos, y la mayoría de personajes de Iris Murdoch.

Arrogancia y modestia. La ficción se sustenta sobre un escándalo. El novelista le promete al lector que le explicará su vida mejor de lo que él la ha comprendido. Incluso cuando se trata de experiencias por las que ni siquiera ha pasado. Se apropia de su representatividad en un gesto ambiguo, que puede reflejar tanto arrogancia como generosidad. El progresivo estrechamiento de la amplitud imaginativa de los escritores, su tendencia a dar cuenta apenas de lo que tienen experiencia, cuando no de limitarse a una confesión, tanto podría interpretarse como un ejercicio de modestia o una lamentable renuncia.

Gonzalo Torné: Es escritor. Ha publicado las novelas “Hilos de sangre” (2010); “Divorcio en el aire” (2013); “Años felices” (2017) y “El corazón de la fiesta” (2020).

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