¿Qué hacemos con Lolita?: Laura Freixas. La invisibilizada mirada femenina

¿Qué hacemos con Lolita?: Laura Freixas. La invisibilizada mirada femenina

“¿Qué hacemos con Lolita?”, Laura Freixas. La invisibilizada mirada femenina

Con este ensayo, la autora catalana escenifica de manera rotunda y expeditiva la ocultación a la que el mundo de la cultura, en el pasado y presente, ha sometido a la mujer, acercándose a las causas y consecuencias de tal agravio.

Por Kepa Arbizu

Como en tantas ocasiones, un detalle concreto es capaz de desencadenar toda un tormenta de conclusiones que deriven en el reflejo de una realidad mucho más amplia y compleja. Pongámonos en situación; una joven escritora llamada Laura Freixas (Barcelona, 1958) se instala en Madrid en 1991 con la determinación de darle un impulso definitivo a su ya puesta en marcha carrera literaria. Para ello, no duda en comenzar a acudir a conferencias y eventos que se celebren entorno a dicha disciplina. En uno de ellos, centrado en la novela europea, y en un gesto meramente orientativo como el de mirar la lista de los participantes, descubre que entre la diversidad de nacionalidades, razas, religiones, idiomas, hay sin embargo un rasgo que no aparece: todos son hombres, no hay ninguna mujer. A pesar de que la autora catalana no era en absoluto desconocedora de la discriminación existente en la sociedad a este respecto, siempre había amparado la -ingenua, según ella misma reconoce- idea de que en el mundo de la cultura no existiría otro baremo distinto al del talento para delimitar la mayor o menor repercusión de los creadores. Creencia que iba a chocar frontalmente con una realidad que de alguna manera marcaría sustancialmente tanto su obra, que recorre prácticamente todos los formatos, como por supuesto un compromiso que, por ejemplo, quedará plasmado en la creación de la plataforma “Clásicas y modernas”.

Qué hacemos con Lolita portadaAunque el título de su nueva publicación, “¿Qué hacemos con Lolita?” (Huso Editorial, 2022), haga directa mención al polémico artículo de opinión que firmó en el 2018 en el diario El País, y que por supuesto está incluido en el libro, a lo largo de sus páginas nos vamos a encontrar con una intención mucho más ambiciosa. A través de toda una sucesión de capítulos que dirigen el foco hacia diversos contextos, la finalidad es lograr alumbrar todo un paisaje cultural en el que no hay atisbo relevante de la figura femenina, o por lo menos no de la manera que debería representar un género que supone la mitad de los habitantes del planeta. Por descontado estamos ante un texto que se posiciona enérgicamente a la hora de denunciar dicha situación, una argumentación que si bien está nutrida de opinión personal, ésta se apoya en la presentación de datos empíricos, recolección de artículos aparecidos en medios o vivencias propias. Una unión de elementos que nos coloca ante un espejo donde poca cabida tiene cualquier tipo de apelación subjetiva frente a lo que es la constatación de una injusticia.

Centrarse en el hecho creativo como entorno en el que ocuparse de evidenciar tal marginación, no responde únicamente a tratarse del ámbito en el que se siente directamente implicada la escritora, sino como muy bien se encarga de remarcar, el mundo de las artes, más allá de su propio contenido, es un vehículo trascendental por el que circulan muchos de los relatos o constructos que serán aceptados e instalados en la sociedad. Un terreno, que como ilustra el libro, comienza a fraguarse desde la implantación de un lenguaje sexista, donde lo masculino se convierte en el reflejo de lo genérico, lo universal, hasta una educación en las escuelas donde los libros encargados de iniciar el camino en la lectura, y por lo tanto en la explicación de la vida, pocas veces, por no decir casi nunca, vienen firmados por nombres de mujer. Un hecho que, además de su carácter intrínsecamente segregador, conlleva otros desajustes, como la privación de referentes femeninos, y su consiguiente freno motivacional, o probablemente el que sea más grave e importante, la inexistencia de una plasmación de las problemáticas específicas ligadas a ese segmento de la población, lo que conlleva instaurar un clima social donde esa ocultación propicia una actitud anestesiada, cuando no directamente beligerante, frente a esos sucesos.

Uno de los argumentos continuamente esgrimidos por aquellos que pretenden continuar al beneficioso amparo del statu quo, hace mención al componente cualitativo como única escala real a la hora de explicar la desigual relevancia alcanzada por los actores culturales a lo largo de la historia. Una opinión que Freixas deslegitima con tesón y argumentos, porque si ya de por sí resulta del todo subjetiva la elaboración de un canon que defina las verdaderas aptitudes artísticas, menos convincente se vuelve todavía si éste resulta confeccionado en una amplia mayoría por varones, ya sea en forma de críticos, académicos o los propios creadores. Será por lo tanto la mirada e ideas preconcebidas de ellos las que terminen por arrinconar de las páginas más relevantes a las mujeres, a las que no dudarán en adjudicarlas ciertas características muy determinadas -cargadas de desprestigio- que terminan por encerrarlas en un coto limitado solo para aquellas que comparten género. De esa manera, su figura, manifestada en roles de musa, amante o madre, ya sea amantísima o dominadora, solo tienen la capacidad de aportar contenido en la medida que sirven de complemento al macho, que es quien ostenta el rol dominante y trascendente. Reflexiones que serán apuntaladas a lo largo del libro con muy variados ejemplos, deteniéndose en casos como el de Pablo Neruda, al que dedica un merecido repaso, o películas como “50 Sombras de Grey”, sometida a un irónico y desternillante análisis, donde la abnegación y la cosificación reinan a sus anchas.

Laura Freixas
Laura Freixas

Otro de esos espacios recurrentes donde la dominación de género pretende tener uno de sus principales baluartes es en la priorización de lo estético, de lo lúdico incluso, en las representaciones artísticas, intentando despojarle así de cualquier implicación social o ideológica. Algo que de nuevo la autora pone en solfa, mostrándonos y extendiendo el poder que tienen las obras a la hora de construir un inconsciente colectivo y depositar en el imaginario global reflejos de actitudes o la instauración de dogmas de comportamiento. Condición que es aplicada al polémico caso de “Lolita”, novela de Vladimir Nabokov, a la que sin desmerecer en ningún momento su calidad y merecido status, reclama ser leída con un carácter crítico y en ningún momento tener la tentativa de sacralizarla para “indultar” un contenido donde las vejaciones a la mujer son más que evidentes. Con todo ello, la escritora catalana no trata de señalar apologías ni mucho menos iniciar campañas de censura o cancelación, términos que en ningún momento aparecen en sus explicaciones a pesar de ser una de las muchos reprobaciones que se le han achacado, pero sí de impedir que se despliegue un estado de indiferencia ante unas realidades que son desgraciadamente cotidianas en nuestra día a día.

Laura Freixas con un ácido, atinado y estimulante ensayo va mucho más allá de querer participar en estériles debates sobre posmodernidad o sensibilidades más o menos extremas, lo suyo es un minucioso trabajo de espeleología, dando luz y reclamando ser de una vez conscientes de los múltiples agujeros negros que acumula el mundo de la cultura a la hora de restringir con fuerza la presencia de la mujer. Un silenciamiento que no solo hay que señalarlo y advertir de su peligro, sino en paralelo explicar que esa realidad es posible en cuanto hay otro estrato de la sociedad que ha impuesto sus privilegios y una mirada hegemónica sobre todo lo que le rodea, llevando a tal extremo su “victoria” que logra hacer pasar por normal un flagrante atropello. Al igual que nunca aceptaríamos que una historia fuera contada solo por una parte de los protagonistas, algo que por lógica invalidaría su tratamiento, con la misma rotundidad debemos plantarnos ante el mutismo aceptado, e incluso alabado, en el arte, que en su función esencial de explicar el sentir colectivo ha decidido prescindir de los avatares propios de la mitad de la población.

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