Puertas al Campo

Puertas al Campo

Puertas al Campo

De las lindes naturales a las jaulas de metal

No hay que ponerle puertas al campo, reza el viejo dicho que, como todos los refranes, bebe de la sabiduría popular. Pero desde los tiempos remotos en los que alguien pronunciase por primera vez esta frase hasta nuestros actuales tiempos modernos, han sido innumerables las cancelas que al campo en particular y a la naturaleza en general se le han ido poniendo. Tal es la cultura medioambiental que ahora tenemos.

A vista de pájaro, nuestros ejidos, huertas, labrantíos y demás fincas deben ser enormes retículas alambradas de diferentes formas cuadrangulares; caprichosas figuras geométricas que para nada deben recordar la visión que tuvieran las antiguas aves que sobrevolasen las mismas tierras. De alguna forma, también a la fauna se le han ido colocando puertas, reales unas y ficticias otras, pero igualmente impedidoras.

¿Qué hizo que proliferasen de forma asombrosa las alambradas? ¿Por qué sustituyeron a las lindes antiguas que se representaban, principalmente, con un mojón de piedra o una franja de pasto? Delimitaciones entre las suertes de agricultores y ganaderos siempre ha habido.

Múltiples son las razones que se podrían enumerar, pero hay una que quizá sea la ciclogénesis explosiva del cambio del paisaje de los campos y los montes españoles.

La concentración parcelaria que se llevó a cabo en España a partir de los años cincuenta (Ley de 20 de diciembre de 1952 que crea el Servicio Nacional de Concentración Parcelaria y Ordenación Rural) fue una de ellas, sobre todo en las zonas llanas de la meseta castellana.

La redistribución de los terrenos enfocada a una mayor eficiencia para su explotación conllevó que muchos humildes propietarios (algunos de ellos incluso de terrenos del Estado, de los cuales pagaban la contribución, pero carecían de escrituras) vieran cómo sus dispersas tierras en las que sembraban discretas huertas, viñedos o cualquier labor a la que estuviesen destinados, eran reemplazadas por otro terreno de mayor entidad, que representaba aproximadamente la suma de todas ellas. Las posibilidades de explotación del nuevo terreno eran mayores, así como su capacidad para albergar porches donde guardar ganado, almacenar paja, herramienta, maquinaria… Aquellas pequeñas tierras que antaño no necesitaban de una alambrada habían mutado en otras extensiones mayores que, a ojos de los propietarios, sí las requerían.

Con el nuevo paisaje cambiaba también la flora y la fauna, que habían de hacer frente a una nueva realidad. ¿Dónde quedarían relegados los paisajes bucólicos, aquellos que inspirasen a insignes poetas? ¿Será la poesía moderna un moderno reflejo de los tiempos modernos? Pobre, pobre poesía… A las pruebas me remito.

Hoy en día, saturados de lo urbanita, muchos volvemos a considerar el amor al campo, al entorno rural, la vuelta a la España vaciada… pero enrejada. Metástasis del alambre. ¿Así nos hemos vuelto? Quizá ya sea tarde para deshacerlo. Los animales salvajes y libres han quedado relegados a abrirse paso por las gateras. Lo son un poco menos. Salvo los buitres y águilas que sobrevuelan los Montes de Toledo para anidar en las alturas de honrosas excepciones como el Parque Nacional de Cabañeros, con sus infinitos encinares, paradigma y joya del bosque mediterráneo, la Sabana española, el Serengueti de la meseta… superviviente musa de una naturaleza casi virgen.

Pero esto sería ya otro artículo.

Puertas al Campo de Fernando Castillo Pérez.

Escritor.

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