Psicología de las masas y la terrible volatilidad de la identidad social

Psicología de las masas y la terrible volatilidad de la identidad social

Psicología de las masas y la terrible volatilidad de la identidad social.

            Para muchos es de sobra conocido el famoso “Experimento de la cárcel de Stanford”. Hemos encontrado este ejemplo de sadismo adormecido y que puede despertarse en según qué contexto, multitud de veces en diversos estudios. Esta situación, que no solo provoca un conflicto sino que lo legitima, arde desde lo más profundo de nosotros mismos. Una persona de las que te encuentras por la calle, un tipo normal, sin ningún trastorno anómalo de la personalidad, al menos aparente, de pronto, se encuentra quemando contenedores, rompiendo escaparates, bloqueando aulas, etc., y todo justificado por una ideología que es, a la vez, apoyada desde las propias instituciones. Así, en un breve momento, surge una posición que marca un antes y después en nuestra conducta. Desde luego, aquí no estamos hablando de una disociación de la identidad, como en el caso del El doctor Jekyll y el señor Hyde.  Podríamos hablar de un trastorno sádico, como en el citado experimento, podríamos hablar sobre la influencia psicológica de los comportamientos de las personas en base a supuestos reales o imaginarios[1], podríamos hablar sobre el fuerte racionalismo “identitario” que cada vez puja con más fuerza en nuestro entorno en busca de un bote salvavidas donde poder anclarse.

Psicología de las masas y la terrible volatilidad de la identidad            Gustave Le Bon, considerado por muchos como el padre de la sicología de masas, nos dice que en “en determinadas circunstancias, y tan solo en ellas, una aglomeración  de seres humanos posee características nuevas y muy diferentes de cada uno de los individuos que la componen. La personalidad consciente se esfuma, los sentimientos y las ideas de todas las unidades se orientan en una misma dirección. Se forma un alma colectiva, indudablemente transitoria, pero que presenta características muy definidas. La colectividad se convierte entonces en aquello que, a falta de otra expresión mejor, designaré como masa organizada o, si se prefiere, masa psicológica. Forma un solo ser y está sometida a la ley se la unidad mental de las masas”. En este sentido, el pensador advierte que una masa no se da en todas las circunstancias, solo en aquellas en las que está determinada por “la influencia de determinados excitantes”. Así estos actúan como una droga que dirige nuestros “sentimientos y pensamientos” hacia una dirección. Un conjunto de personas, por esas mismas circunstancias de las que hemos hablado antes no tienen que dar forma a una masa, sino que, incluso, esta se puede forma por una serie de individuos separada entre sí pero movidos en un “determinado momento, bajo la influencia de ciertas emociones violentas (un gran acontecimiento nacional, por ejemplo), pueden adquirir las características de una masa psicológica”. Es pues, y así lo distingue el autor, que la razón de ser de esta se deja guiar por unos elementos inconscientes “instintos, pasiones, y sentimientos idénticos” que, de algún modo, anulan “las actitudes intelectuales de los hombres y, en consecuencia su individualidad”[2]. El conocimiento de la sicología de la masa nos lleva a la creación de valores sociales que puedan servir como soporte para determinadas ideologías. Tomemos como ejemplo la famosa investigación sobre la sincronización de la menstruación en mujeres que viven juntas.  Durante la época del auge del feminismo en cuando surgió, en 1971,   la publicación de McClintock en la que se daba pie a este hecho. De aquí, que esto sirviera de explicación para plantear la cooperación de las féminas frente a la dominación masculina, todo como medida de defensa. Poco a poco, sin embargo, y a medida que avanzaban las investigaciones, fueron surgiendo nuevos descubrimientos que si bien no evidenciaba del todo lo anterior sí que hallaba errores de fondo. [3] Independientemente de que esto dependa del azar o no, hay un hecho que resalta aquí y es, en palabras de Le Bon, “que por neutra que se le suponga, la masa se encuentra generalmente en un estado de atención expectante favorable a la sugestión”.[4]

            En relación a toda esta volubilidad de la masa, se ha dado un fuerte movimiento identitario, en nuestros tiempos, que si bien tiene su razón de ser en las luchas contra la discriminación que sufren ciertos grupos marginales de nuestra sociedad, a día de hoy todo esto ha girado, como nos dice  la ensayista Mary Eberstadt, en referencia a las cada vez más continuas agresiones en los campus universitarios por turbas de estudiantes inflamados por  lo políticamente correcto, en que “es una verdad visceral el hecho de que el identitarismo sea el corazón y el alma de la política para muchas personas, dentro y fuera de Estados Unidos; una verdad visceral como las imágenes de disturbios en los campus universitarios, que ahora se ven con frecuencia que hubiera conmocionado a la mayoría un par de décadas atrás. Lo más singular acerca de dicha política, dirían muchos, es precisamente su emotivismo profundo e inmediato, su aterradora volatilidad, su ignición instantánea en una violencia irracional”[5]

            Hoy en día vivimos cada vez más en un mundo que pasa de un extremo al otro, que construye edificios ficticios o que vive demasiado anclado en los sentimientos. Un mundo donde se forja unas relaciones sobre el aire, y en donde los preceptos religiosos campan a sus anchas. Un mundo, en definitiva, en constante tensión porque no logra encontrar la complementariedad, y así la masa, de una manera subrepticia, es movida por el que mejor domina su psicología.

                                                                                Por  F.J. García Carbonell

[1] Como trata la psicología social.

[2] Gustave Le Bon, Psicología de las masas, Último Reducto, 2012, upcndigital.org.

[3] Charlotte McDonald, ¿Es cierto que la menstruación se sincroniza cuando las mujeres viven juntas?, New Mundo, 2016, bbc.com.

[4] Le Bon,  op.cit. nº 2.

[5] Mary Eberstadt, Gritos primigenios (cómo la revolución sexual creó las políticas de identidad), RIALP, 2020, página 36.

 

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