¿Por qué no besé a Chavela Vargas?

¿Por qué no besé a Chavela Vargas?

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¿Por qué no besé a Chavela Vargas?

     Una amiga me presentó aquella tarde a Chavela Vargas y yo no la besé. Estuvimos una hora o dos varias personas junto a ella tomando café en una terraza al lado del teatro Principal y no le dije nada. Solo me dediqué a sentir que estaba asombrosamente junto a ella, a notar que por un tiempo estábamos compartiendo una mesa. Y ella tampoco decía nada. Todos estaban hablando y ella permanecía muda. Parecía un ídolo mudo y era como si (tal como creen las culturas orientales) algo de su aura pudiera pasar a mi cuerpo.

     Habíamos visto Murmullos del Páramo, una ópera que Julio Estrada compuso basándose en Pedro Páramo de Juan Rulfo. Era una visión alucinante y profunda en el escenario del teatro. Se oían murmullos del viento sobre la llanura insomne, arrastrar de bolas de paja, ulular de coyotes, quejas de niños, respirar de campesinos trágicos, susurros de muertos. En un momento se asomó en un palco Chavela Vargas e interpretó una canción de sentido trágico y reminiscente con su voz de tragedia y de carnalidad que nos puso a todos la carne de gallina. Y luego di vueltas por el laberinto de salas y vestidores del teatro, como si estuviese en medio de El proceso de Orson Welles en la Ópera de París y luego algunos nos fuimos a tomar un café con Chavela Vargas.

    Me acuerdo de su aparición en la película Babel de González Iñarritu cantando Tú me acostumbraste diciendo en medio de las vidas frustradas de personajes del mundo entero unidas por la incomunicación y la desgracia : “Por eso me pregunto al ver que me olvidaste / por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti”. Y los espectadores de esa Babel de naciones a los que está dirigida la película tal vez no entenderían la letra en castellano pero sí esa entonación de profundo desengaño, de estupor y amargura que pronunciaba Chavela Vargas con su voz hecha de tierra y de pasión seca.

Pienso en la película Frida de Julie Taymor que recuerda sus relaciones con Frida Kahlo, en la escena en que aparecen Chavela Vargas y Salma Hayek rotas y desgarradas y sinceras en un bar vacío por la noche y Chavela le canta a Frida-Salma La llorona insistiendo de esa manera penetrante en el desgarramiento, en el ansia de comunicación, en lo roto de toda vida, en lo inevitable y lo sin remedio :

Ay de mí, Llorona, Llorona,
Llorona de azul celeste,
Aunque la vida me cueste, Llorona,
no dejaré de quererte.

La Llorona también es un espectro temible en la mitología hispanoamericana y tal vez Chavela estaba cantando de algún modo a esa Frida espectral con la que se dice que tuvo relaciones amorosas, a esa Frida de pasión y de sueño con la que tiene tanto que ver.

    Pienso en ese disco que le dedicó Joaquín Sabina y después Los secretos titulado El bulevar de los sueños rotos, con el que homenajean a esa mujer de deseos fuertes, de aliento profundo, de sinceridad desgarrada:

Por el bulevar de los sueños rotos
moja una lágrima antiguas fotos
y una canción se burla del miedo.
Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas.

   Sí son amargas, pero son fascinantes, como el whisky, como la voz profunda de aguardiente y de caverna con que transformaba Chavela Vargas todo lo que ponía en su boca. Una vez escuché Por el bulevar de los sueños rotos en la sala Clamores de Madrid y me quedé trastornado y lleno de lluvia, y otra vez imaginé que Los Secretos la tocaban junto al lago y sonaba por toda la Casa de Campo y la entonaban las prostitutas.

Y tantas veces en mi vida dejé de pensarlo todo y me quedé paralizado al escuchar Piensa en mí en la voz tan auténtica y honda y pastosa de Luz Casal, y me dejó radicalmente solo y visionario, pero cuando la escuché en la voz de Chavela ya era como si hubiera un terremoto, como si se hubieran caído las columnas del templo y me encontrase a solas con ella y su tragedia y su compañía en mitad de una noche sin evasivas.

    Pienso en Chavela fascinando a Liz Taylor, otra mujer apasionada y rompedora y shakespiriana en Acapulco en los años cincuenta, rompiendo moldes, abriendo los muros de la noche, asomándose al mar con toda su fuerza y todo su canto y toda su experiencia radical.

     Pienso en ella interviniendo en Grito de piedra de Werner Herzog en un papel de india, cómo no iba a intervenir en una película de Herzog, el director intrépido y nada académico fascinado por todos los extremados y los solitarios, le venía muy bien una mujer así para llevar al público a los límites y el misterio en mitad de la naturaleza más onírica como hace en todas sus películas. Chavela puede pasear por las alamedas del cine con Kaspar Hauser o Fitzcarraldo o Nosferatu o el pingüino solitario que se separa de la manada en la Antártida.

    Pienso en Macorina, el libro que le dedicó José León Sánchez, otro ser trágico y fuerte y solitario que contó sus experiencias terribles en una prisión inhumana en La isla de los hombres solos, en cómo este escritor que como ella se tuvo que ir a México desde Costa Rica y allí alcanzó el reconocimiento después de una lucha visionaria noveló su vida, en cómo Natyeli-Chavela vivía en San Joaquín de Flores en una desgracia sin fin, explotada y humillada, y escapó con un trapecista, y se marcha a México, y pasa hambre, y hace trabajos humillantes, y al fin se hizo famosa con sus cantos roncos acompañados por una guitarra. Y Chavela Vargas cantaba Macorina en homenaje a otra luchadora, la primera taxista de La Habana: “Al ver tu talle tan fino/ las cañas azucareras / se echaban por el camino / para que tú las molieras”.

     Hace poco, no sé dónde, me quedé traspuesto y arrancado de todo cuando escuché otra vez Luz de luna: “Desde que tú te fuiste / solo he tenido luz de luna”. La verdad es que no me gusta la letra, porque para mí la luz de luna es mucho más plena y reveladora que la luz del sol, pero cantada con esa voz, con esos aires, como si golpeara con cada palabra, como si arrancara del interior cada frase, hablando de tragedia y soledad y pasión desgarrada, esa letra y cualquier otra se convierte en revelación, en agrietamiento, en sinceridad que lo tira todo, en autenticidad que dice: coño, esto hay que escucharlo. No sé, es un golpearme, un arrancarme la ropa, un romperme la mirada, y me tengo que quedar escuchando, qué endemoniadamente auténtico es esto.

    ¿Por qué no besé a Chavela Vargas aquella tarde? ¿Por qué no le dije nada en todo el rato? Pero notaba rabiosamente que ella estaba allí. No sé, tal vez los antiguos griegos también se quedarían así si alguna vez se les presentara una diosa a la hora de la comida, o si la Pitonisa sin palabras se sentara a su lado. No la besé, pero tal vez aún pueda hacerlo en otra vida, o dentro de alguna canción, o en medio de algún sueño, o cuando pretenda recordar que lo hice, como hace continuamente aquel personaje que repite que la mujer prometió escaparse con él en El año pasado en Mariembad.

Antonio Costa Gómez

Foto portada wikipedia.org

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