PERSONAS CON VARIAS ALMAS

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PERSONAS CON VARIAS ALMAS

Por Juan Andivia Gómez

En un artículo de opinión debe hablarse de literatura lo estrictamente necesario, si no ese el tema, por esto solo recordaré que los entremeses, herederos de los pasos (piezas cortas y cómicas) de Lope de Rueda, se representaban desde el siglo XVI en los intermedios de las funciones de teatro, que entonces no disponían de los medios de hoy, para ser tan rápidos; y al final de ellas. Escribieron entremeses Cervantes, Calderón, Quevedo, Agustín Moreto y otros autores conocidos. A partir del siglo XVIII este subgénero teatral fue sustituido por el sainete, que pretendía igualmente distraer al público, ya sin tanta caballeriza. En esta época destacaría Ramón de la Cruz y, más recientemente, en los siglos XIX y XX, Carlos Arniches y, sobre todo, los Hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, si valoramos el carácter costumbrista típicamente andaluz de entonces.

Cuento esto porque el ayuntamiento de Sevilla ha querido homenajear a estos utreranos, nacidos en 1871 y 73 y que fallecieron en la primera mitad del siglo pasado, en su ciento cincuenta aniversario. Escribieron poesía, prosa, artículos periodísticos y teatro y fueron tan apreciados como vilipendiados en su época. Entre otras actividades, han querido rescatar el espíritu de los cafés teatro y han elegido la casa Fabiola, para representar en diecisiete funciones, diez en este mes de junio de 2023, algunos de sus sainetes.

La casa Fabiola que, en la Edad Media, fue la residencia de Manuel Levi, administrador de Pedro I de Castilla, es un espacio donde posiblemente estuvo Isabel la Católica, cuando era la hospedería del convento de Madre de Dios, que recibió la visita de Lord Byron y donde vivió Nicolás Wiseman, que llegó a ser arzobispo de Westminster y autor de la novela Fabiola, que le da nombre. Posteriormente, la compró la Fundación José Manuel de Lara, hasta su adquisición por el consistorio. Su visita, una gran casa sevillana de los siglos XVII y XVIII con estilos isabelino, manierista y barroco, que posee en patio precioso y siete espacios para distintas exposiciones, como la donación actual de arte de Mariano Bellver, merece la pena en sí misma.

En estas representaciones, dos actores de trayectoria extensa han dado vida a Candela, Martirio y María Luisa y a Santiago, Julián y Rogelio, en las obras “Sangre gorda”, “Ganas de reñir” y “El cuartito de hora”.

Si los actores y actrices tienen una piel fina y diversa, muchas pieles, el corazón lleno de puertas y, como quienes dominan varias lenguas, tienen también varias almas; si consiguen que los espectadores creamos que esa actuación, la del momento, es especial, si nos hacen reír o emocionarnos, si nos raptan, si alimentan nuestra imaginación, si hacen trabajar nuestra mente, entonces se ganan, además,  el nombre de artistas.

Este es el caso de Manuela Luna y de Javier Almeda, que poseen un amplio registro, tienen experiencia y soltura, conectan y transmiten y son durante unos instantes quienes hemos ido a ver, actriz y actor consagrados y obligatoriamente disfrutables.

En esta versión de los sainetes de los Quintero, Almeda inicia y termina con una reflexión sobre los autores; después, ya en la piel del calmoso Santiago, llega, saca su pañuelo, habla de las viñas, ajusta la hora y desespera a Candelita, diligente y vivaracha. Pero, como en los siguientes, no se ajustan fielmente al texto original, sino que los remozan y nos transportan con sillas de enea a los zaguanes de nuestros pueblos.

Con “Ganas de reñir”, Manuela Luna se hace cómplice del público y va minando la paciencia de su pareja, el fotógrafo Julián, porque de discutir es de lo que se trata, aunque no se sepa exactamente ni de qué ni por qué. Aseguro que he visto llorar de risa a los espectadores, a pesar de que la edad media del público pronosticaba que esa obra ya la habían visto varias veces.

Finalmente, en “El cuartito de hora” ambos intérpretes tratan el asunto de los aniversarios en un intercambio de frases y situaciones ingeniosas. Todo con un chaleco o sombrero diferente, o un vestido y un mantón para separar un sainete de otro.

Los autores de la época no quisieron admitir el genio de estos hermanos que escribían a medias, que ya es curioso, porque cuentan que eran muy distintos y hubo críticas muy maliciosas, aunque yo me quedaría con alguna del andaluz trasterrado Luis Cernuda y la del castellano puro Azorín, que escribió: “Los Álvarez Quintero han traído al arte dramático -y esa es su originalidad- un perfecto equilibrio entre el sentimiento individual y el sentimiento colectivo, entre la persona y la sociedad”. Pues eso digo yo, y mucho mejor si los representan Manuela Luna y Javier Almeda.

 

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