No se habla del loco

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‘Encanto’ y ‘El desencanto’: la cara y la cruz de un mismo conflicto familiar

Manuel González Molinier

Al principio cuesta saber qué es lo que produce ese malestar sordo, que resuena casi desde el inicio y se hace evidente más o menos a la mitad de la trama. ¿Qué sucede en esta película de animación para niños que me produce tal sensación de desasosiego? Me refiero, claro, a Encanto, el éxito de Disney que casi todos los niños del mundo han visto dos o tres veces, si no más. Estamos acostumbrados a que las películas infantiles contengan un subtexto dirigido a los padres, y aunque atendamos a ella distraídos, no es difícil captar algo de ese mensaje que apunta hacia nosotros y que puede ser de lo más molesto. Pero lo que sucede esta vez es distinto. No es la burda pedagogía afectiva que tanto me irritó en Del revés, ni el regodeo en la muerte paterna que me hizo tan incómodo el visionado junto a mi hijo de Onward. No, es algo que me violenta más, que se me hace más difícil de tragar. Desde el inicio me desagradó aquella matriarca castradora, aquella abuela de mirada severa y ubicua que vela por el buen orden de una familia construida en torno al duelo por un patriarca desdibujado, reducido al tótem de una vela siempre encendida, símbolo de un sacrificio que sostenía todo el milagro familiar (esa “constelación perfecta”, como reza una de las canciones compuestas por el hiperactivo Lin-Manuel Miranda). Si le hacemos caso a Bowen, uno de los padres de la terapia de familia y de la llamada teoría sistémica, hay que remontarse al menos tres generaciones para entender el malestar psíquico o la enfermedad mental que sufre un miembro de una familia. En esta película podemos ver a tres generaciones de una familia aglutinada, que es como se llama a las familias mal diferenciadas, con roles confusos y que se mantienen unidas bajo la amenaza de la expulsión si se sacan afuera sus secretos o se incumplen sus reglas tácitas.

Algo pasa en esta familia, sin duda, y lo más siniestro del film aparece pronto en una de sus canciones más populares: “No se habla de Bruno” (“We don’t talk about Bruno”, en su versión original, aún más explícito en su carácter de sentencia, al cambiar el impersonal por un nosotros, es decir la familia, no hablamos de él). Hay un pacto de silencio, un miembro de la familia ha sido expulsado, no solo físicamente (no cohabita la casa familiar) sino incluso simbólicamente: no se le menciona, no se habla de él, no se dice su nombre. ¿Qué ha hecho el tal Bruno para merecer semejante castigo?

Lo natural, en principio, es pensar que Bruno representa el puro mal. Pasaría entonces como con Voldemort en la saga de Harry Potter, o con Sauron en El señor de los anillos. Es un tabú habitual en la literatura juvenil, un mito común de la religión con el que tantas veces jugó Borges (en sus cuentos solía introducir la existencia de un nombre de alguna deidad que era imposible de nombrar). Mencionar el nombre del tenebroso ser, tocarlo mentalmente, puede contagiarte de sus ominosas propiedades. En todas estas obras, los personajes suelen seguir la lógica de la neurosis obsesiva, que lleva a los sujetos que la sufren a hacer todo tipo de rituales para evitar que el pensamiento contacte con cualquier idea que represente la muerte, ya que ésta puede deslizarse, en una metonimia contagiosa, de un significante a otro, en una cadena de asociaciones que podría acabar provocando la propia muerte o la de un ser querido, solo por haber tenido dicho pensamiento.

Por eso causa estupefacción cuando, en la película, el tal Bruno entra en escena, y resulta que se trata de un personaje que representa al loco. El pelo desmadejado, las ojeras oscuras, el hecho de hablar con distintas voces o ponerse, sin explicación alguna, un cubo en la cabeza, nos sitúan de golpe, sin duda alguna, ante el mito del loco, el chiflado, el orate. El expulsado resulta que no es ningún personaje maligno, sino un hombre más bien frágil y taciturno, que además nunca se marchó, simplemente se quedó habitando en los márgenes de la casa, escondido entre sus paredes, donde habla con los ratones y observa a su familia por las rendijas, sin interactuar con ella, alimentándose de sus restos. Nadie sabe que está ahí, y nadie lo sabe porque, como dice la canción, está prohibido hablar de él. ¿Cuál es la razón para tan brutal expulsión? Que con sus visiones y revelaciones decía lo que nadie quería oír. Da igual que fuera la verdad, con estos anuncios ponía en riesgo el mito de la felicidad familiar. Después de un enfrentamiento con la matriarca, que le acusa de estar poniendo en riesgo a la familia, él mismo decide exiliarse.

Es en este punto que propongo el salto mortal con doble tirabuzón de este texto y afirmo –supongo que para estupor de los cinéfilos– que Encanto es la hermana gemela de El desencanto de Jaime Chávarri, el documental sobre la familia Panero, protagonizado por Felicidad Blanc y sus tres hijos. No solo porque su título sea su literal opuesto, ni porque visualmente funcionen como puros negativos fotográficos (una exuberante de color, la otra rodada en austero blanco y negro), sino porque en ellas late una estructura común y puedo demostrarlo.

Si visualmente El desencanto es su puro reverso, estructuralmente se trata, de facto, de la misma película. La película de Jaime Chávarri también se inicia con la muerte del padre, que sobrevuela la historia desde su ausencia. Tiene también su propio tótem en la inauguración de la estatua del poeta en su ciudad, Astorga. Como en Encanto, el duelo por el padre muerto es el punto de inicio del drama familiar. En torno a la ausencia del padre se reúnen al principio del metraje la madre y dos de sus hermanos: el mayor, Juan Luis, y el pequeño de ellos, Michi, auténtico protagonista de la película e, igual que Mirabel en Encanto, carente de dones (es el único de la familia que no es, ni será nunca, un literato). Michi ha intentado hacer varias carreras y en todas ellas ha fracasado, ahora se dedica simplemente a intentar sobrevivir. Es él quien da nombre a la película, al reconocerse presa, desde hace años, de un desencanto que asola a toda la familia. Michi, como Mirabel, es el personaje que sostiene la pregunta incómoda: ¿qué le pasa a mi familia?

En una escena del inicio, Michi conversa con su hermano mayor, el también poeta Juan Luis Panero, que ha venido a hablar de la muerte de su padre, el poeta franquista Leopoldo Panero. Michi, sin embargo, prefiere hablar de otra cuestión, del gran ausente, de su hermano Leopoldo María. Advierte que hará de abogado del diablo y se pregunta: “¿Qué sería de este rodaje, y no solo del rodaje, del hecho de la película en sí, si hubiera existido como una persona presente, mi hermano Leopoldo María?”. Su hermano extraño, su hermano suicida, su hermano loco. “Lo que cristaliza la ruptura de una serie de cosas, más que la muerte de papá, es el hecho de Leopoldo”, advierte Michi. Para Juan Luis, Leopoldo representa una incomunicación total a nivel de diálogo. Michi le espeta que “no ha habido una real tentativa de diálogo con Leopoldo jamás. Leopoldo es el personaje molesto”. Como vemos en este diálogo, Juan Luis se aliena al discurso de la madre, discurso que explica el drama familiar a partir de la ausencia del padre (ausencia que, por otro lado, es muy anterior a su fallecimiento, dado que el marido de Felicidad Blanc, como ella misma cuenta, pasa desde los primeros días del matrimonio más tiempo con Luis Rosales que con ella). Para Michi, sin embargo, los recuerdos del cisma familiar empiezan cuando escucha las primeras discusiones entre su madre y su hermano Leopoldo, antiguo compañero de juegos que, de repente, se convierte en un ser raro. A partir de la ausencia de su hermano, Michi abandonará la posición de testigo mudo y escarbará en la historia familiar de los Panero, en la que encuentra, según sus propias palabras, la sordidez más puñetera que jamás pudo imaginar. De este modo, la película cambia el foco y se centra, no ya en el poeta maldito Leopoldo María Panero, sino en el sistema familiar del que surge: los Panero.

Se sobreentiende que, durante una parte importante del rodaje, Leopoldo María no está presente y es un personaje del que conviene no hablar. Es Michi el que decide acabar con el pacto de silencio y hablar, de una vez por todas, de su hermano ausente, y del desastre familiar del que éste es síntoma viviente. Finalmente, Leopoldo María tomará la palabra. Se entenderá entonces por qué, desde muy niño, es el personaje incómodo que, con sus síntomas, su discurso, su conducta, e incluso su precoz obra poética, atenta contra el mito de la familia modélica que sus padres quieren sostener.

Espigado, narigudo y ojeroso como Bruno, la temática del apocalipsis, que tanta importancia tendría en su obra poética, ya estaba presente en sus poemas infantiles. La madre cuenta que, de niño, se quedaba en trance y exclamaba: “Estoy inspirado”, y entonces hacía creación poética. Pero los poemas eran de una temática lúgubre y catastrófica, que causaba más bien preocupación en los padres. Él mismo recita de memoria uno que escribió entre los tres y los cuatro años:

“Los libros hablaban y hablaban pero yo seguía diciendo:

Pronto se acabará el mundo”.

Tenemos aquí, sin duda, a nuestro Bruno, entrando en trance, teniendo terribles visiones, anunciando desastres que angustian y molestan a la matriarca. Estos poemas oscuros, por supuesto, no son sino metáforas del futuro cataclismo familiar.

Muerto el padre, y con la madre intentando a duras penas sostener la unidad familiar, llegarán los intentos de suicidio, el consumo de drogas, los ingresos en instituciones psiquiátricas, la estancia en prisión… A diferencia de la película infantil, en ésta el enfrentamiento entre Leopoldo María y la madre, a propósito de su expulsión, es feroz. Leopoldo la acusa de haberlo ingresado en un manicomio sin motivos, en un momento de su juventud en que debería haber estado manteniendo relaciones amorosas. “¿Y por qué no las tuviste?”, le pregunta la madre. “Porque en un psiquiátrico es muy difícil encontrar el amor –responderá él–. Aunque sí que las tuve, porque en el psiquiátrico de Reus los subnormales me la chupaban por un paquete de tabaco”. La madre permanece impertérrita. Le pregunta entonces qué hubiera hecho él si su hijo hace dos intentos de suicidio que lo llevan al borde de la muerte. Los educados modales y ese humor flemático de familia bien contrastan con la tremenda violencia de un diálogo que sucede ante las cámaras con la mayor naturalidad, sin la más mínima agitación. Ninguna escena puede reflejar con más fidelidad la disociación entre el mensaje no verbal y el verbal, tan característicos de la comunicación en las familias psicóticas. Leopoldo dirá luego, solo ante las cámaras: “Yo creo que he sido el chivo expiatorio de toda mi familia y me han convertido en el símbolo de todo lo que detestaban de ellos mismos”.

Mientras que en el cuento de Disney, la catarsis y el perdón logran la reconstrucción de la familia Madrigal, personificada en esa casa viviente que los aloja, en el caso de la familia Panero, el final es, efectivamente, su puro reverso. La pobre situación económica de la familia y la nula capacidad de sus miembros para subsistir por sí mismos los lleva a ir vendiendo poco a poco todos los objetos de valor: las joyas, los cuadros, los libros… hasta que tan solo queda una casa envejecida con unos pocos muebles desvencijados. Como es bien sabido, a día de hoy los tres hermanos Panero están muertos y ninguno de ellos dejó descendencia. El fin de raza que anuncian en la película finalmente se cumplió. Leopoldo María Panero nunca lograría salir de la zona marginal a la que le empujó la enfermedad. Acabará sus días de psiquiátrico en psiquiátrico, cargado hasta las cejas de medicación y deteriorado por una esquizofrenia en su versión más devastadora. Siguió, hasta su muerte, escribiendo poemas sobre el apocalipsis, que constituyen una de las obras poéticas más originales y radicales de nuestro país. En la película cita a Lacan, de quien era lector ya en los setenta, y afirma que tanto él como sus hermanos habían tratado de ser sustitutos del padre, pero todos fueron sustitutos fallidos. Más que la metáfora paterna, habían sido como el padre real, según él mismo explica. Efectivamente, el padre real fue un padre ausente, decepcionante, insuficiente para el deseo materno. La carencia simbólica de ese Nombre del Padre les impidió hacer efectiva la metáfora paterna: ninguno pudo tomar el lugar del padre. La casa se resquebrajó y la familia, finalmente, desapareció.

En la película de Disney, por supuesto, este final no es posible. Habría significado que la maldición se había cumplido y la familia había sido destruida. Ahora tendríamos a los niños de medio mundo presos de la angustia. Encanto, claro, debe tomar la forma de una fabulita con final feliz. Como en una terapia familiar ideal (fantasía, sin duda, de cualquier terapia real), la trama, de golpe, encuentra el nudo, produce una catarsis, una confesión y una redención restauradora. La matriarca reconoce haber sometido a todos a una presión inasumible, que borraba cualquier deseo individual, obligando a cada uno de los miembros a plegarse al único mandato de mantener unida a la familia. El asesinato del patriarca había dejado un duelo congelado. Ella, cegada por el dolor, no había sido capaz de ver que la maldición de la familia no era más que la propia estrangulación que ejercía con su mandato (esas montañas que rodean el hechizo y no dejan entrar ni salir a nadie son una metáfora perfecta de aquel “cerco de goma” que describía el terapeuta familiar Lyman Wynne, que actúa como límite que deja entrar o salir a alguien de la familia, dependiendo de si pone o no en riesgo la homeostasis familiar). Al final la matriarca pedirá perdón, Mirabel y su abuela se abrazarán, el hijo loco volverá al clan, la casa quedará restaurada y los Madrigal serán de nuevo una familia unida y feliz.

Es el ideal con el que nacieron todas las terapias psicológicas: la restauración del trauma, el fin de la represión, la eliminación de las dinámicas familiares nocivas, etcétera. En resumen, tocar unas cuantas teclas, dar unas cuantas pautas y solucionar el problema de forma completa y definitiva. Desgraciadamente, el ser humano, su existencia, se resiste una y otra vez a esa paz perpetua que parece anhelar. Hay que vérselas cada día con esa pulsión que empuja dentro de cada uno de nosotros. Cada cual deberá encontrar el modo de saber hacer con su síntoma (pues todos tenemos uno) y dejar de soñar con cuentos de hadas. La casa feliz y colorida de los Madrigal y la casa derruida y saqueada de los Panero son la misma casa. Encanto es el sueño de El desencanto, la expresión de un deseo que, como tal, nunca se alcanza. El desencanto es Encanto atravesado por lo real, tocado –como está todo lo humano– por esa pulsión de muerte de la que los adultos, igual que los niños, no queremos saber nada.

Autor Manuel González Molinier

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