NAZARÍ (DE BENITO PÉREZ GALDOS). O EL INTERPRETE DIVINO

NAZARÍ (DE BENITO PÉREZ GALDOS). O EL INTERPRETE DIVINO

Francisco josé Garcia Carbonell
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NAZARÍ (DE BENITO PÉREZ GALDOS). O EL INTERPRETE DIVINO

Autor: Francisco José García Carbonell

            Nos encontramos, al principio de la novela, con un personaje singular. Se trata, así nos lo referencia el autor, de un sacerdote que vive de manera austera y, también, de la caridad en la casa de huéspedes de una que le dicen “la tía Chanfaina”.  Un grupo de personas, que visitan la casa,  quedan impactadas por el personaje e intentan, después de un primer contacto, saber más sobre este “bicho raro” que parece vivir, igual que un loco, fuera de los ajetreos de este mundo. Entre ese grupo de personas que se interesan por el sacerdote destaca un periodista que es, en su estilo, quien narra los aconteceres del padre Nazarí. Este nombre, ya de por sí, y que da pie al título de la obra, es una guía de los derroteros y el pensamiento estoico que va a seguir la misma historia de la novela. Veremos, así, como a lo largo de la narración,  el protagonista, a su modo,  se atiene a una especie de soledad mística que impone su dios bíblico, y que le lleva a transcenderse del mundo en el que viven.

             En  Nazarí vemos a una especie de hombre espiritual, una especie de “santo místico” que decide ante las adversidades de la vida, en este caso el fatalismo de acoger en su casa a Ándara, un personaje crucial en el viaje que va a emprender, huir de los problemas de un mundo caótico y que no responde con justicia, de modo comprensible, a sus buenas acciones. Es por eso que emprende el camino hacia un ideal de justicia, el mismo emprendimiento que Jesús realizo hacía el Ideal (El Padre). Encontramos, pues, que esta obra tiene dos puntos claves, uno que llega de la inspiración de Benito Pérez Galdós de la novela rusa del siglo XIX, en especial de Tolstoi, y es la soledad existencial del individuo y, otro, es esa búsqueda idealista en la que uno pueda acomodarse y encontrar una justificación frente a los otros.

             Nazarí emprende un camino de bien, un bien que se malinterpreta y es, por ello, que se le persigue. Nazarí no es el loco quijotesco que va en busca de fortuna. El hombre romántico que se deja empapar de sentimientos y ve alucinaciones por todos lados. El quiere ser coherente con su experiencia de fe, vivir de manera intensa esa experiencia;.  <<Tampoco  huía de las penalidades, sino que iba en busca de ellas; no huía del malestar y la pobreza, sino que tras de la miseria y los trabajos más rudos caminaba. Huía, sí, de un mundo y de una vida que no cuadraban a su espíritu, embriagado, si así puede decirse, con la ilusión de la vida ascética y penitente. Y para confirmarse en la venialidad y casi inocencia de su rebeldía, pensaba que en el orden dogmatico, sus ideas no se apartaban ni un grueso del cabello de la eterna doctrina ni de las enseñanzas de la Iglesia>>.

            Es, precisamente, desde esa distancia ascética del mundo, que se le cree desvelar la ciencia de este. Y es que el Padre Nazarí, vuelvo a repetir, no es un loco, no es ese personaje quijotesco, como he dicho antes, y lleno de alucinaciones. No es alguien que se mueva dentro de lo simple de la superstición, la magia y el sentimentalismo. El Padre Nazarí no es el loco sino que se mueve, desde la lejanía, entre una vorágine de locura. Una locura en todos los personajes que le rodean y que él debe padecer por parte de estos.

            Vemos, así, que el drama del miedo y el dolor que consume al Padre Nazarí y que ofrece a Dios sobre las acciones bondadosas que profesa, de modo exterior, hacia el prójimo, no es más que la consecución de verlo todo desde su distancia ideal. En definitiva, y en referencia al análisis de la obra, decir que al participar de ese rechazo social de quien busca el Ideal de justicia, en esta obra se da, igual que se dio en la narración del camino de Jesús hacia Jerusalén, tanto la hipocresía de los que se mueven, de manera conveniente, en la mera superficialidad de las leyes y, por otro,  un radical sentido del deber, que se ofrece en el Padre Nazarí, hacia ese ideal descarnado y que no es que esté por encima de lo que dictan las normas, sino que las sitúa dentro del juicio de ese ciego idealismo.

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