MELUSINA EN JERUSALÉN

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MELUSINA EN JERUSALÉN

     Consuelo les manda con un gesto a los policías israelíes que se aparten para fotografiar una fuente de la época mameluca, con unas arquivoltas de frutas, ni siquiera les dice por favor, y los policías se apartan y encima nos preguntan sonriendo de dónde somos. Y es que ella tiene ese poder mágico, convence a la gente más adusta, es como Melusina, un hada ligera, un ser de la tierra o del agua, que tiene encanto, que no puede sujetarse. Y entonces busca lo ligero en Jerusalén, lo delicado y lleno de vida, lo lírico, lo que no tiene poder ni doctrina ni absoluto, lo que vibra en instantes y está más allá de las doctrinas.

    Entramos en la ciudad vieja por la Puerta de Jaffa y capta a una arpista subida a un hueco en el muro, sonriente y fugitiva, con una túnica blanca, como si fuera una personificación de la música. Entramos en la iglesia del Santo Sepulcro, subimos a lo que se supone que era el Calvario, y ella se fija en un mosaico en el suelo donde unos pájaros comen unas uvas que se caen de un jarrón onírico y desdibujado, como el espíritu del vino, como la ligereza intensa del vivir. Y entre las multitudes que se agolpan en la plaza de la entrada, aplastadas de santidad y de doctrina, ella fotografía en una esquina una torrecita con arcos ágiles y unos visillos delicados, que hacen sensibles las rejas, en lo que llaman la Escalera Inamovible, pero que parece moverse continuamente, vibrar en silencio con el espíritu de la tela.

    En el tumulto de tiendas que recorren las calles laberínticas ella enfoca unas granadas, con sus cárdenos y sus brillos, que representan la idea de vivir intensa y fugitiva, el sabor profundo y rápido de la vida. Entramos en el Monasterio Etíope, un laberinto de escaleras que suben y bajan y de iglesias superpuestas que van a dar a la plaza de antes, y ve un cuadro que representa la llegada de la reina de Saba a Jerusalén, con sus pífanos y sus regalos, y como la recibe Salomón con su séquito, y yo pienso en que pronto la reina se quitará toda esa ropa para retozar de manera sublime en el Cantar de los Cantares, y recuerdo como la reina de Saba era “el hada de las migajas” en la novela de Charles Nodier, y sería una especie de Melusina como ella, y entonces yo sería el rey Salomón.

    Llegamos al Cenáculo, la iglesia de los cruzados que se levanta donde se supone que fue la Última Cena, y ella le saca una foto a un capitel que representa al pelícano que da a cenar su corazón a sus hijos, un símbolo de Jesús que les da de cenar a sus apóstoles, les da pan y vino en lugar de doctrinas y dogmas. Llegamos al Muro de las Lamentaciones, apabulla pensar que es el último resto del templo de Salomón, pero incluso ese muro está vivo, sus piedras son todas desiguales, hay un montón de huecos con papelitos, y entre las rendijas surgen retamas, pequeñas flores, de la piedra surge vida y encanto y aliento de hada.

    En la iglesia rusa de San Alejandro se conservan restos del foro de Adriano, un arco que mandó hacer Adriano en el siglo II, cuando quiso llenar la ciudad de poesía y de templos a Afrodita, y nos fijamos en un capitel corintio de profusión llena de vida a través de los siglos, y en unas ramas que surgen inquietas e infantiles sobre las piedras aligeradas. Porque Adriano era un gran poeta aunque solo escribió un poema, y la poesía es la respiración de las hadas, de los seres que escapan siempre y regresan. Y luego vamos a la Tumba del Jardín, junto a la Puerta de Damasco, donde los anglicanos dicen que está de verdad la tumba de Jesús, y miramos un lagar que se supone que fue de José de Arimatea, e imaginamos cómo pisarían los pies descalzos las uvas, y cómo chorrearía el vino lleno de gracia hacia el fondo, el vino que alegra y nos libera de todas las doctrinas.

Caminamos por el barrio Najlaot, por detrás del gran mercado central, fuera de la ciudad vieja, y vamos entre sinagogas minúsculas que parecen juguetes, estudios de artistas, casas de una planta alegradas por jardines secretos, y ella roba la imagen de una casa con la puerta violeta, con los ojos triangulares, con las plantas desbordándolas igual que las risas de la Serpentina de Hoffmann. Y llegamos al Monte de los Olivos, donde el mismo Jesús dudó de todo, se sintió abandonado, con los discípulos dormidos como ceporros, con una soledad absoluta, sabiendo que todo iba a ser muy jodido, y ella ve un pozo entre las flores, un pozo donde surge el agua que es el espíritu de hada que surge por todas partes, que lo llena todo de gracia, que lo refresca todo. Y a media altura del Monte de los Olivos, en la iglesia rusa de María Magdalena, ella ve la explanada de las mezquitas, el monte santo de las tres religiones, pero no como algo apabullante, que provocó tantos muertos, sino como como una imagen onírica en la lejanía, como algo que no amenaza sino que encanta los ojos, incluida esa cúpula dorada que pretende espantar a todos, pero ahora es solo una imagen captada por un hada.

    Y ella siempre busca en todas partes a San Francisco, el defensor de la naturaleza, el amigo de todo lo vivo, cuya espontaneidad se parece algo a la de las hadas, y encontramos la iglesia franciscana del Salvador en la ciudad vieja, casi imposible de ver entre las callejuelas, y descubre su cúpula graciosa y neogótica, y celebra su gracia aérea, su vitalidad no solemne, su espíritu de Melusina.

Antonio Costa Gómez                   Foto: Consuelo de Arco

 

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