Magrís Hablaba de Unos Pies Exquisitos

Magrís Hablaba de Unos Pies Exquisitos

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Magrís Hablaba de Unos Pies Exquisitos

     Nos dirigimos al Jardín Público de Trieste, Magrís le  dedicaba un capítulo en “Microcosmos” . Queríamos comprobar las  cosas que él decía,  vivirlas a nuestra manera. Nos pusimos  a buscar el busto de Joyce pero no aparecía. Encontramos bustos de montones de escritores humildes entre el verdor.

    Vimos a los viejos que descansaban como contaba Magrís. Y a madres con sus niños, y a niños solitarios. A un grupo de niñas que jugaban entre los arbustos a ser independientes.

    Buscamos a Italo Svevo. Yo te había hablado de “Senilitá” y  “La conciencia de Zeno”, de que había inventado el monólogo interior antes que Joyce. De su andadura de escritor humilde que experimenta la vida en un rincón del imperio austrohúngaro. Que sale a la luz gracias a su amistad con Joyce.

     Y de repente dijiste que Magrís hablaba de unos pies muy hermosos en una escultura. Nos pusimos a buscarlos por todo el jardín pero no aparecían. Nos rendimos. Yentonces al salir del jardín vimos una fuente  con varias figuras femeninas desnudas  que se remojaban en el agua. Y sus pies eran muy vivos y delicados.

     Queríamos esos pies delicados para sentir el mundo. No las teclas y los códigos. No los algoritmos. Queríamos esos pies con tobillos pálidos para contactar con el mundo. Para sentir el secreto leve del mundo.

     Era como si la escultura estuviera viva, tuviera un alma. Nos dijimos:  no la olvidemos, tenemos que acordarnos de ella. Pensamos: así como ella deberíamos sentirnos todos nosotros. O hablarle con nuestra secreta delicia a ella.

    Deberiamos ser capaces de ser todavía como ese escaultura. Para conocer el mundo, para sentir el mundo. En silencio y con los pies delicados. Con nuestros pies afinados y no con conceptos secos ni algoritmos feroces.

    Deberíamos sentir el sabor de cada instante, como lo sentía Utalo Svevo. La delicia de cruzar una calle, algo que nadie puede robar. Con nuestros pies luminosos y no con abstracciones muertas. Aquellos pies deliciosos y callados en el jardín nos enseñaban. Aquellos pies sin pompa y sin ceremonia.

     Saber bien el mundo, pisar con toda la sensibilidad de los pies el mundo. Con esos pies humildes que no pretenden resolverlo todo. Y que no imponen nada. Solo tocan en silencio el mundo.

     Siempre recordé aquellos pies delicados que nos regalaban toda la sensibilidad que se puede pensar. Pies sensibles de mujer, no pies brutales de una máquina.  Añoro esos pies exquisitos para recuperar el mundo. La gracia humilde del mundo a través de unos pies.

    Me lo enseñaron todo aquellos pies largos y despiertos en el jardín mágico de Trieste. El mismo que Claudio Magrís evocó en su libro “Microcosmos”.  Y que nos aportó tanto como las divagaciones  únicas en  “El Danubio” sobre el imperio austrohúngaro y sobre Europa.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

FOTO: CONSUELO DE ARCO

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