Los hombres de los ojos violetas

Los hombres de los ojos violetas

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Mariela Arévalo Barquero, Los hombres de los ojos violetas, Almería, Letrame, 2018

NUEVA VISIÓN DEL REALISMO MÁGICO

            Mariela Arévalo Barquero (Sevilla, 1956) estudió Filología Inglesa y ha sido profesora de secundaria hasta su reciente jubilación. Comentamos su primera novela, Los hombres de los ojos violeta, que va por la segunda edición.

            En las palabras de solapa se nos resume el argumento y se alude al trasfondo personal, autobiográfico de fondo (en el espíritu de la novela está la huella del fallecimiento de su hermana pequeña). De hecho, en el epílogo se explican detalles de la evolución de la autora, las consultas psicológicas y la constatación de la presencia, de alguna manera, de las personas que nos dejan, que “de vez en cuando vienen a visitarnos” para darnos amor, pues “entienden que dar amor es recibirlo”.

            En cuanto a la narración, se nos relata la historia de Juan Barquero, que llega a Guájara huyendo de una tragedia familiar buscando crear una familia y superar el dolor. Su historia, la de sus hijos, nietos y bisnietos es el grueso de la novela, por donde pasan, como en un retablo teñido de realismo mágico, los grandes temas universales: la alegría y el odio, la muerte y la vida, la venganza y el perdón, la pasión y el desamor, etc. Un caleidoscopio de personajes y venturas y desventuras teñidas con la influencia de la estética citada del realismo mágico sudamericano, pero con matices personales como no podía ser de otra manera.

            Se sirve de un lenguaje sencillo, sin adornos innecesarios, y de símbolos como el de la luna, aquí connotando muerte, como cuando cuenta cómo una “mujer de ojos verdes”, levantada del suelo, se lleva a la niña: “Y supo al instante que había perdido a su hija. La luna había desaparecido del cielo” (p. 56). Hay fuertes incidentes, violación, muerte, venganza, intento de suicidio, y los muertos dando el contrapunto amable, pacífico, consolador, muertos que a veces intervienen en lo real y unos mensajes que nos hacen sentir cercanos a los que se han ido: “Yo siempre perdono para que no me pese el alma” (p. 228), muerte como “camino de la luz” (p. 260) y vida en la muerte que es, dice: “Lo mismo que aquí, pero sin sufrimiento” (p. 146).

            En definitiva, una novela con fuertes contrastes, anclada en los más profundos resortes de la existencia humana, escrita con oficio y ese matiz o perfil de realismo mágico que, bien usado, como aquí, proporciona efectos muy beneficiosos para la lectura y la reflexión.

 

 

 

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