Lirismo de las Armas en México

Lirismo de las Armas en México

Antonio Costa Gómez
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Lirismo de las Armas en México

      Una mañana iba en un autobús de Ciudad de México a Puebla. Había desayunado bien y estaba en un duermevela, cuando se mezcla lo interior con lo exterior, en un estado lírico y disponible. Disponible para ver llegar de manera delgada imágenes de paisajes y de ciudades, viajeros que suben y carreteras que se destilan. En los trenes de cercanías de Madrid a menudo me ponían a Chopin. Pero en aquel autobús me pusieron un documental sobre armas.

    Durante dos horas fui escuchando con todo detalle, sin poder evitarlo, sin escapatoria, con todo lirismo, informaciones sobre las cien mejores armas, ordenadas de peor a mejor, con las capacidades mortíferas de cada una, con las posibilidades de destrucción que tenía cada una y sus ventajas para hacer daño. Con el más mínimo detalle me iban mostrando armas y como funcionaba cada una, y me mostraban sus distintas partes, cómo funcionaban, qué eran capaces de hacer. Era algo tan idóneo en un viaje en autobús cuando uno se abandona y no tiene nada que hacer, cuando solo tiene que sentir los instantes y recibir las imágenes que pasan ligeras por la ventana.

     Y el documental no acabó, no me pusieron una película, el documental duró hasta que llegamos a Puebla, hasta que estaba entrando en Puebla y veía los monumentos que se encontraban en los barrios más alejados y yo ya pensaba en cómo tomaría el tequila en aquella cantina pintoresca del barrio histórico que se llamaba La Sacristía o algo así. Podían haber puesto un documental sobre las costumbres de las garzas, una película sobre Cantinflas, incluso un documental sobre los componentes del átomo. Pero no, pusieron aquel documental detalladísimo sobre las armas y sus capacidades mortíferas, y a nadie le pareció mal y nadie se quejó al conductor. Tampoco les parecía raro que el ejército estuviera en las estaciones de autobuses y en todas las esquinas, aunque eso no evitase la violencia desaforada que sufre México, y que hace olvidarlo todo, las novelas de Carlos Fuentes o los lagos de Jalisco, las rancheras y los boleros.

     Y gobernantes se quejan de la violencia de los conquistadores hace quinientos años, y permiten la violencia desadorada de ahora mismo, les parece tan cotidiana y coloquial, tan lírica y asumida, como el pan en España en todas las comidas. Hablan de las barbaridades contra los indígenas hace quinientos años pero les importan un pimiento las barbaridades de cada día contra los indígenas ahora mismo, los habitantes ancestrales de Chiapas siguen tan miserables y apartados como estaban en la época zapatista. Y ponen a un funcionario a vigilarme toda una mañana para que no introduzca un jamón en México pero permiten que entren cada día toneladas y toneladas de drogas que tienen al país patas arriba, lleno de atrocidades que superan todos los limites de la decencia ahora mismo y no hace quinientos años. Así se resuelven los problemas abismales de ahora, exigiendo declaraciones sobre lo que ocurrió hace quinientos años, aparte de que ellos descienden de los que cometieron aquellas violencias,  contra un imperio que tampoco cuando llegaron era ningún idilio de paz y libertad.

     Una vez un periódico de Sudamérica se preguntaba: ¿por qué somos tan violentos? Joder, si respiráis la violencia en cada segundo, si parece entrar en vuestra sangre como el lirismo, si viajáis escuchando en duermevela documentales sobre armas, si la violencia es para vosotros como el azúcar en el café. De acuerdo que vuestra naturaleza es violenta y exagerada, que hay muchos volcanes y muchos terremotos y paisajes desaforados. Pero si os preguntáis por qué sois tan violentos y no queréis serlo tanto deberíais esforzaros un poco, no ser tan relamidos al hablar y ser más comedidos en disparar, poner otro tipo de películas cuando vais en los autobuses, dedicaros a otras recreaciones. Y no leer tantas novelas sobre generales y  guerras y revoluciones.

     Otra vez un cura sudamericano me dijo que había que matar a Iglesias (un político español) porque no le gustaban sus ideas. Un cura de la iglesia católica me decía al atardecer en un coche a través de Castilla, como si nada, que había que matar a un político porque no le gustaba. Y por otro lado alababa que en España hay más seguridad y no hay tanto peligro a cada instante. Entonces yo le dije: tú dices que aquí hay más seguridad, pero si empezamos a tiros todo se estropeará totalmente. Pero es que las armas son un lirismo que se respira, son algo que se da por sobreentendido, ni siquiera se dan cuenta de eso. Pero si se asustan de ser tan violentos tendrán que empezar a darse cuenta. Y no poner documentales interminables sobre armas en los autobuses. Uno repite lo que respira, uno funciona tal como respira.

      Tal vez aquel era un documental de Estados Unidos, de donde copian tantas cosas, donde tener armas y manejarlas es como en otros sitios coleccionar mariposas, donde por cualquier esquina puede surgir un tipo disparando indiscriminadamente. Pero tal vez no, tal vez era un documental mejicano. Y si todo se resuelve con armas ahora mismo es inútil que tiren las estatuas de los que conquistaron aquel país (y les dejaron su lengua, su religión, gran parte de su cultura) hace quinientos años.

     Tendrán que encontrar otro lirismo, otra cosa con la que encandilarse, otro tema en el que pensar cuando van relajados y porosos en los autobuses. Su cotidianidad, sus momentos de apertura al interior tendrían que dedicarse a otra cosa, digo yo. Ya no digo que lean a Rilke. Joder, pero hay cosas más líricas y más alimenticias que los documentales interminables sobre las armas. Si lo que ponen en sus momentos más relajados e inermes es eso, esa lírica nos cortará los ojos.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

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Image by Emilian Danaila from Pixabay

 

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