La Señorita Juli El Sexo y Mermelada de Fresa III de Loreto Sutil

La Señorita Juli El Sexo y Mermelada de Fresa III de Loreto Sutil

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Sólo con quien te ama puedes mostrarte débil sin provocar una reacción de fuerza. Theodor W. Adorno

La Señorita Juli, El Sexo y Mermelada de Fresa III, De Loreto Sutil

Al llegar, nuevamente vi los puntos de luz. Esta vez cogí dos piedras planas para que no resbalasen una sobre la otra, aunque luego me sujetaba en el alféizar. La señorita tomaba una infusión con un señor, su aspecto era claramente nórdico y yo no entendía lo que hablaban. ¡Así que ese era el motivo por el que no había ido a la reunión!, dejaron las bellas tazas de porcelana sobre una pequeña mesa de chippendale, y ante mi asombro empezaron a besarse y a desnudarse mutuamente. La señorita Juli tenía los pechos muy bellos, grandes para lo delgada que estaba, lo que acentuaba más su pequeña cintura, sus caderas eran anchas, pero proporcionadas y sus piernas largas, aunque provistas de carne. Su piel como el pétalo de una rosa suave y tersa, su vello púbico había desaparecido, lo tenía depilado. ¡Uf, y mi madre no se decidía a depilarse ni las cejas, si la viera! ¡Ja, ja, ja…!

la señorita juli— Cuantos menos pelos se quite una, mejor—, me repetía una y otra vez como una letanía para que la aprendiese de memoria.

 No podía apartar la mirada del rostro sonrojado del hombre, de sus enormes ojos azul cobalto, de sus pómulos abultados, de su pelo azafranado crespo y de su boca fresca y jugosa como la de una joven. Paseaba de un lado a otro de la habitación, desnudo. Su cuerpo era de un blanco deslumbrante y musculoso como si levantase pesas o hiciese trabajos pesados o esa fuese su constitución. Su trasero era igual que el de las esculturas griegas y romanas, y su enorme pene se movía hacia arriba y hacia abajo como si tuviese vida propia e independiente; sus testículos eran gigantes…

Se colocaron en la alfombra turca, la señorita Juli se arrodilló. Él con mucha dulzura le presionó la espalda, hasta que quedó con la frente sobre la alfombra, la recorría suavemente de arriba abajo y, al contrario, trazando así un camino erótico a lo largo de la columna vertebral. Acomodó además la señorita los antebrazos sobre la superficie quedando en la misma posición que los árabes cuando se disponen a rezar, presentándole a él totalmente el pubis. Así desnudos realmente también era una escena hermosa… ulteriormente él la penetró desde atrás. Se fundieron en uno, parecían ingrávidos entre belleza, encanto, aromas, sensaciones, conjunciones y aire. Ella no se movía prácticamente durante sus acometidas, pero al terminar…

(De mi novela: La señorita Juli, el sexo y mermelada de fresa)

Se puede escuchar deliciosa música mientras lees, ejemplo: Schubert, Trio No. 2, Op. 100 Andante con moto.

Desnuda soy, desnuda digo: soñadora.

LORETO SUTIL

 

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