La lista negra

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José Ovejero escribe sobre la serie ‘The Blacklist’, cuyo contenido define como “cuasi fascista”

Hace pocos días, confesaba en público que Edurne y yo estamos viendo la serie The Blacklist. Digo «confesaba» porque nos produce cierto pudor, no por la baja calidad de la serie, sino por su contenido cuasi fascista. En ella se presentan numerosas torturas, no solo las realizadas por los súper delincuentes que pululan por la pantalla, también por el FBI; la protagonista de la ser

ie, la agente Elizabeth Keen, está casada con lo que podemos llamar para resumir un asesino a sueldo, y no parece preocuparle demasiado; incluso, en cierto momento, le dice que él no puede ser una persona distinta de la que es -algo así como abraza tus contradicciones, sigue siendo el buen esposo y buen padre que eres y degollando a otros cuando te parezca conveniente-.

Ella misma se pasea con indiferencia entre los cuerpos colgados de personas a las que su confidente Reddington está torturando (pero no os escandalicéis, son todo criminales, gente mala). En varias ocasiones, el asesino psicópata del episodio es un ecologista que en sus inicios fue un idealista, pero ya se sabe, empieza uno por defender a las ballenas y acaba queriendo diseminar un virus que acabe con la humanidad para así salvar el planeta. Se trata de una serie, en definitiva, extremadamente retrógrada, en la que, con más o menos reticencia, los defensores del orden acaban admitiendo que torturar, asesinar, infringir la ley no es tan malo si se hace en aras de un objetivo superior.

¿Por qué vemos la serie a pesar de que nos repugnen muchos de sus presupuestos? Por un lado, porque a veces hemos trabajado todo el día intelectualmente y queremos ver algo poco exigente, incluso banal. Por otro, porque esa misma banalidad nos parece que vuelve el producto inocuo: no podemos tomarlo en serio, como no nos tomamos en serio una película de super héroes o una comedia romántica. Y supongo que porque ambos, eso nos une, soportamos mejor la violencia frívola que la cursilería seudoprogre de Los Bridgerton.

Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme qué hace conmigo, a largo plazo, lo que veo, la cultura  -o sus aledaños- que consumo. ¿Es de verdad inocuo? ¿Es la cultura producto del mundo en el que vivo o produce el mundo en el que vivo? ¿Es cierto aquello que escribió Marx de que no solo se crea un producto para el consumidor sino un consumidor para el producto?

Por ejemplo, dejando de lado la violencia y el realismo político extremo, ¿cómo me ha construido como hombre el cine que he estado viendo desde niño? Recuerdo haberme reído, yo era un crío, con aquella escena de El gran McLintock, en la que John Wayne da una azotaina en público a su mujer, interpretada por Maureen O’Hara, tan rebelde, tan poco sumisa al viril marido, después de acosarla, perseguirla por las calles del pueblo y ridiculizarla. La imagen de la azotaina es, por cierto, la que se utilizaba como gancho en los carteles de la película.

También me hizo gracia cuando Arnold Schwarzenegger, en Desafío total, mata a su esposa, Sharon Stone, con las palabras: «considéralo un divorcio». Qué ocurrente. Entonces yo ya tenía treinta y dos años y me sentí incómodo con mi propia risa. Aún me incomodó más, y no me hizo ninguna gracia ni siquiera entonces, aquella escena de Historias de Filadelfia en la que se nos transmite que el padre, un millonario anciano, tuvo una aventura con una jovencita porque la hija no había sido suficientemente cariñosa con él -y la madre asiente-. No hace falta que entre en detalles sobre algunas películas atrozmente machistas protagonizadas por mi admirado Clint Eastwood –como La jungla humana, repulsiva incluso para su contexto social y cultural–. Podría rememorar también las escenas homófobas que forman parte de mi educación cinematográfica, pero creo que ya se ha entendido de lo que hablo.

¿Y qué quieres, idiota, que el arte sea moral?, me preguntará alguno. No, claro que no; dudo que mis propias ficciones soportasen esa exigencia. Pero, suponiendo que The Blacklist y otros productos de entretenimiento puedan considerarse arte por estar realizados con técnicas o soportes similares a los de obras que sí lo son, no deja de ser interesante el contenido más o menos subliminal con el que se nos adoctrina en cada época. La conciencia colectiva, en la que participan personas que se considerarían de ideologías antagónicas, conforma nuestra manera de estar en el mundo.

Y me pregunto si, de la misma manera que hoy nos repugnan el machismo y la homofobia de películas de no hace tanto –y de los que no siempre éramos conscientes, o al menos yo no lo era siempre–, en un futuro no muy lejano también sentiremos rechazo hacia la violencia ética, valga el oxímoron, que nos justifican tantas series aclamadas por la crítica -como 24 Horas hace ya veinte años-, en las que los héroes con los que acabamos empatizando son asesinos que luchan por nuestra salvación mientras los políticos solo pretenden forrarse. Series, en fin, que preconizan la pasividad política y nos sugieren que dejemos nuestra protección en manos de quienes están dispuestos a ensuciárselas en nuestro nombre. Al fin y al cabo, puede que no nos guste lo que sucede en Guantánamo, pero hay que reconocer que es necesario porque la lucha antiterrorista justifica los medios. ¿O no?

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lamarea.com

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