“La impostora”, de Nuria Barrios

“La impostora”, de Nuria Barrios

Sobre las formas de la creación | “La impostora”, de Nuria Barrios

CRÍTICA DE CARLOS FORTEA

Cuando se habla de ensayo literario, es frecuente olvidar que, en este género, el adjetivo es lo sustantivo. Por eso, lo primero que viene a mis labios cuando pienso en el ensayo La impostora, que ha escrito Nuria Barrios sobre la traducción y sus muchas vertientes, es justamente eso: que estamos ante una bellísima obra literaria, un texto de creación, repleto de metáforas luminosas cuya luz se derrama sobre las ideas en torno a las que gira.

Y es muy adecuado que así sea, porque de lo que trata es de las fronteras de la creación, sobre lo que debate y se debate la autora es sobre ese terreno de la creación verbal que conocemos como la traducción.

La impostoraNuria Barrios se define, desde la misma cubierta del libro, como escritora. Es así como todos la conocen: novelista, poeta, autora destacada de ese género perfecto que llamamos cuento, es también sin embargo autora de ese género replicante, polémico y desconocido, al que llamamos traducción, y al hablar de ese género se define, y eso es lo que da título al libro, como impostora. Al principio del libro, relata la experiencia de enfrentarse por primera vez a un texto ya escrito. Cito sus palabras:

“Qué esperaba encontrar en aquella nueva ocupación? La tranquilidad de la rutina, la repetición de gestos aprendidos, la certeza de un tiempo con su principio y su final, la calma de trabajar sobre una obra que ya está hecha… No encontré nada de eso”. Antes al contrario descubre que traducir “reveló ser un perturbador viaje existencial al revelar la extrañeza del lenguaje e introducir esa extrañeza en la conciencia que tenía de mí misma: ¿quién soy yo? ¿qué soy yo?”

 Durante las hermosas ciento cincuenta páginas que siguen a este descubrimiento, Nuria Barrios explora los límites entre ese territorio en el que se siente segura y definida, la creación propia, y ese otro que la llena de incertidumbre precisamente porque se resiste, inicialmente al menos, a aceptar que se trata de otra vertiente de la creación. Que, aunque cree que sí, no deja de ser escritora para ser traductora.

 No se trata de un debate nuevo para los que llevamos muchos años a este lado del oficio, pero seguramente resultará de enorme interés para quienes se acercan a él desde la ignorancia de su realidad, desde posturas de simpatía o desde la mera curiosidad. Porque Barrios aborda muchas de las cosas que nos definen: la sustitución de la página en blanco por otra ya escrita que parece aportar seguridad cuando lo que hace es romper las certezas; el descubrimiento de que, al desmontar el “juguete muy sofisticado” que es una obra literaria para volver a montarlo, “las piezas no encajan, y además parecen sobrar varias”, la incomprensión de la gran mayoría de los interlocutores:  “¡Qué trabajo tan bonito!, me dicen las personas a quienes comento que soy traductora (…) ¡Qué trabajo tan interesante! Y, sobre todo, dicen: ¡Qué trabajo tan cómodo, puedes hacerlo en casa!”

Uno de los méritos de este libro es precisamente que no elude ninguno de estos aspectos. Nuria Barrios nos habla tanto de los aspectos más ontológicos como de los más cercanos a la vida práctica -la realidad de un trabajo mal pagado, insuficientemente respetado-, no elude meterse en “charcos” como el caso Amanda Gorman, del que fue involuntaria protagonista, se fija en la cuestión de la feminización creciente de la profesión, cita casos y cosas cuya relevancia en muchas ocasiones supera la anécdota, y otras -nadie es perfecto- que vuelven sobre mitos del oficio que ya tienen un poco de retintín (la famosa condición de traidor), aunque lo haga para rebatirlas.

 Quien busque soluciones o respuestas en este libro, o quien se dedique a rebatir los datos, se equivocaría de manera rotunda, porque no ha sido escrito con la finalidad ni de dar soluciones ni de aportar datos. Ha sido escrito para reflexionar, desde la fascinación, sobre un fenómeno literario, una de las manifestaciones más complejas de la experiencia humana. En uno de los capítulos finales, Nuria Barrios descarta las definiciones con una sucesión de definiciones (“La traducción es el único modo humano de leer y escribir al mismo tiempo”, “Es un acto de amor retribuido palabra por palabra”, “Es una cuestión de confianza”, “Cada definición encuentra de inmediato su contrario”) que son al mismo tiempo una expresión de perplejidad y el reconocimiento del carácter proteico del oficio.

 El mérito de este libro es demostrar, si se trataba de demostrar algo, que la reflexión hecha desde la belleza no pierde su valor de reflexión y gana a cambio el de la belleza. ¿De qué otra cosa hablamos, cuando hablamos de lengua? Para razonamientos fríos, para estadísticas, está toda una pléyade de textos científicos, que tienen su lugar en otro espacio. Nuria Barrios ha escrito literatura porque quería hablar de literatura. Y ha llegado a rincones a los que solamente es posible llegar cuando lo que se busca son las fuentes de la belleza. La que encierra esa obra literaria nueva llamada traducción que trae ecos, imágenes en el espejo, no solo de la obra de la que proviene, sino de todas las que la precedieron.

Nuria Barrios: La impostora. Cuaderno de traducción de una escritora. XIII Premio Málaga de Ensayo. Madrid (Páginas de Espuma), 2022, 161 pp.

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