La decencia callada

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En su nuevo libro, Hackl narra la historia de Reinhold Duschka y de las personas a las que puso a salvo en Viena de la persecución nazi.

Por José Ovejero

Una característica común a la obra narrativa de Hackl, que incluso impregna su poesía, es la sobriedad, rasgo que no debemos confundir con la distancia o con la frialdad. Tampoco con un deseo imposible de objetividad. Lo que hace Hackl es eludir las trampas emocionales, los subrayados, la apelación a una empatía forzada. Se limita a exponer una situación tal como le ha sido contada; no son pocas sus obras en las que el autor parece limitarse a relatar lo que a su vez le han relatado protagonistas o testigos de unos hechos.

No, dicho así tampoco es del todo cierto lo que acabo de escribir: Hackl narra lo que le han dicho, pero también selecciona y ordena y, además, realiza conjeturas, señala lo que no está claro o dónde cuenta con testimonios contradictorios, dónde los recuerdos son confusos o incluso imposibles.

Lo que distingue a Hackl de otros narradores es que esas conjeturas, aquello que quizá o probablemente sucedió, no lo incluye en la trama como parte de la historia, sino que señala cada pasaje en el que lo usa, también cuando sus personajes no están seguros de lo que cuentan: «Lucia cree probable que…», «…en cualquier caso no hay certeza de que…», «Lucia no recuerda si…». Es decir, Hackl ha ido renunciando progresivamente al privilegio de la ficción de mezclar lo sucedido con lo imaginado como si todo tuviese la misma entidad; si en Los motivos de Aurora se permitía ciertas licencias, da la impresión de que su autoexigencia de veracidad es cada vez más radical.

En La cuerda invisible el autor austríaco narra, sobre todo, la historia de Reinhold Duschka y de las personas a las que puso a salvo en Viena de la persecución nazi, Regina y Lucia, madre e hija judías, que vieron cómo los camiones militares fueron llevándose a sus vecinos. Sin grandes aspavientos, Duschka esconde a la mujer y a la niña en su taller, las cuida, las alimenta. Lucia es una de las voces principales de la novela, son sobre todo sus recuerdos y sus olvidos los que estructuran la narración de aquellos días llenos de precauciones –no encender la luz, no ir al baño en determinados momentos, no hacer ruido, no asomarse a la ventana–; también recuerda la monotonía y la falta de expectativas.

Lucia se resiste a aprender lo que su madre y Reinhold le enseñan intentando suplir la escuela: «…dudaba si realmente valía la pena aprender algo. ¿Para qué? ¿Para cuándo? La mayor parte del tiempo tenía la sensación de que nunca volvería a estar entre personas». Paralelamente a los sobresaltos y el miedo, la otra parte esencial de sus vidas era la monotonía, mes tras mes entregadas a las mismas faenas cotidianas, limitadas por el exiguo espacio del taller. Por eso Lucia, aunque tiene un diario «A veces lo cogía, lo abría y pasaba las hojas en blanco. (Me habría gustado escribir algo en él, pero no sabía qué. No vivía nada nuevo. No trataba con nadie)».

Mientras tanto, Reinhold iba y venía, trabajaba, resolvía los sucesivos problemas. Pero de él sabemos poco, apenas hablaba, ni de lo que sentía, ni de su biografía, ni de su familia, ni de sus motivaciones. Cuando llegó la liberación de Viena, Duschka continuó con su trabajo y pudo retomar su principal afición: la escalada.

Sus compañeros de club y de cordada no sabían nada de lo que había hecho durante la guerra –tampoco lo supo su esposa hasta años más tarde–. Porque él no lo contaba y también porque rechazaba los honores públicos. Por ejemplo, no quiso que lo propusiesen para la distinción de Justo de las Naciones, que concedía el Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto, Yad Vashem. No la aceptará hasta los noventa años, sin que se sepa muy bien por qué cambió de opinión. Solo entonces se pudo ver la cuerda invisible que lo unía a las personas que había salvado con riesgo de su propia vida, esa cuerda que nunca soltó de las manos y que era su vínculo con la dignidad, con la decencia.

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