José  Luis Morante

José  Luis Morante

Carlos J. Rascón

José  Luis Morante  (El Bohodón, Ávila, 1956) Profesor de  C. Sociales, desde 1989 vive en Rivas-Vaciamadrid (Madrid)  donde dirigió la revista  Luna Llena y coordinó Prima Littera. Su labor poética comprende diez libros, desde Rotonda con estatuas (Madrid, 1990) hasta A punto de ver (Polibea, 2019), con reconocimientos como el Premio Luis Cernuda, el Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, o el Premio Hermanos Argensola. Una amplia selección de su obra poética se recoge en la antología Ahora que es tarde (2020). Entre las obras en prosa están el diario Reencuentros, el libro de entrevistas Palabras adentro y Protagonistas y secundarios, selección de artículos y reseñas. Ha preparado las ediciones Arquitecturas de la memoria, de Joan Margarit, Ropa de calle, sobre Luis García Montero, e Hilo de oro, sobre Eloy Sánchez Rosillo; también prologó libros de Luis Felipe Comendador, Herme G. Donis, Javier Sánchez Menéndez y Karmelo C. Iribarren. Ha publicado los libros de aforismos Mejores días (2009) y Motivos personales (2015), y la edición de Aforismos e ideas líricas de Juan Ramón Jiménez (Sevilla, 2018). En 2016 puso voz a la primera generación poética española del siglo XXI en la antología Re-generación. Colabora como crítico en la revista Turia y en el suplemento digital de Infolibre. Es responsable del blog literario “Puentes de Papel” (http://puentesdepapel56.blogspot.com)

HETERÓNOMOS

Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:

José  Luis Morante
José  Luis Morante

el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que enterrara el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que fuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
“Hallé la puerta abierta
y me aburría…”,
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

 

EL PICAPORTE

Casi nonagenario
-después de quince años de ceguera-
la evocación a tientas del pasado
equivale en mi padre
a resistencia.
El ahora es relente,
una cronología que tortura
con terapias y síntomas,
e ignora el leve aroma
de las flores de invierno.

Mi sedentaria angustia,
a cuerpo limpio,
no deja de pensar en cómo observa
aquello que no ve;
con serena sonrisa
enumera detalles
que debieron ser ciertos
y yo escucho sonámbulo,
mientras cierro los ojos.
Todo pasó, no importa
si el pasado no asiente
o la estricta verdad le contradice.

A veces su mirada resucita.
Posiciona en un mapa
imágenes dispersas.
Su voluntad es luz;
es el tacto que gira el picaporte
para abrir desde dentro
la puerta infranqueable.

 

AQUÍ

Es aquí donde estoy.
Tras las grietas de un yo parapetado
en las profundidades
de sí mismo.

Habito un cuarto exiguo
donde nada hay detrás
salvo el vacío
de las sombras sin lustre;
soy un plano que muestra,
maltrecho y solitario,
el retraso gastado de las rutas
que ya se desvanecen.

Mi reclusión carece de secretos.
En las puertas del frío,
necesito encontrar
en cualquier parte
un domicilio propio,
un cuerpo que sostenga
el temblor de la luz.

 

ALCANTARILLAS

Hábitat de la noche.
El rojo escalofrío
de una rata furtiva
distancia mi linterna.

Cerca suena un goteo
con trasiego de sístole.
La percusión empoza
el manchón aterido de los muros.

Aquí yace dormida la belleza;
su destello cansado dictamina
que aquí el cielo no existe.

En el hedor, la náusea;
continuas advertencias
de mi desasosiego.
Pero nada socava
el afán de seguir.

Camino a tientas.
Sé que soy mientras busco.

(Poemas de la antología Ahora que es tarde, La garúa Editorial, 2020)

Image by analogicus from Pixabay

 

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