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Por: Angelo Petrella
Leyendo los cuentos de Gianfranco Pecchinenda uno tiene la impresión de que, de pronto, ha arribado a otro universo. A un lugar, o una
realidad en que la literatura toma vida y los héroes son escritores que buscan una colocación en el mundo. Seres humanos involucrados en una lucha por la sobrevivencia. Tomamos por ejemplo el protagonista de la breve historia titulada “El escritor”: Omar Amalfitano tiene una vocación artística desde la joven edad, pero su vida está llena de fracasos y de obstáculos. Esas fallas no le impiden a nuestro héroe de dedicar su existencia a la búsqueda de su verdad artística. Humillado por su padre, ya muy pobre y sin recursos económicos, llevará adelante sus proyectos literarios y publicará sus novelas y sus cuentos.
“Cuando tu vida empezará a avanzar paralelamente a la del libro que estás escribiendo, entonces eso significa que te estarás transformando en un escritor”: esta frase, que concluye el cuento, sintetiza perfectamente la que es la poética de Pecchinenda.
El cuento en el cuento, la biografía de artistas inexistentes, el viaje de la literatura hacia la vida son temas propios de grandes
artistas como Jorge Luis Borges, claro está, pero tomados por si solos no son suficientes para explicar la muy particular y
genial literatura de Pecchinenda. Una obra tan llena de sabores suramericanos que parece un homenaje a las atmosferas
encantadas de García Márquez, a los edificios filosóficos de Cortázar, o a las conexiones existenciales de Soriano y de Amado.
Hay un cuento, “Kafta-Kafka”, en el que los personajes parecen siempre a la espera de algo que pueda cambiar para siempre sus vidas: pero ellos no son pasivos como los típicos antihéroes de la literatura del siglo pasado, en el sentido de un Bartelby, sino más bien ellos actúan con la metódica certeza que antes o después algo va a cambiar, aunque no como directa consecuencia de sus mismas acciones: como unos brujos que bailan para que llueva, ellos se mueven con la esperanza que su vida adquiera un sentido, o incluso para obligar a los dioses a ponerle atención, a obligarlos a contestar de una forma u otra.
Y a veces eso es lo que ocurre, descubriendo que la vida verdadera, la vida que se encuentra siempre “en otro lado”, aparece de forma
imprevista e inimaginable. Y es en ese mismo momento que la literatura muestra lo que en realidad ella es; hay como una particular
sensibilidad artística que acerca de cierta manera el abandono existencial de marca latinoamericana a aquella conciencia de lo
absurdo que es típica de mucha literatura italiana: Pecchinenda representa perfectamente este acercamiento convirtiendo las tardes
montalianas en una condición universal.
