ESCUCHE EL PIANO, NO SE LO COMA

ESCUCHE EL PIANO, NO SE LO COMA

Antonio Costa Gómez
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ESCUCHE EL PIANO, NO SE LO COMA

    Robert Frost escribió un bello poema en sus bosques de Vermont sobre como en una explotación agrícola donde trabajan las excavadoras se convierten todos los productos en dinero. Pero de pronto convierte ese dinero en un piano para que lo toque su esposa en la casa solitaria y suene a todo volumen. El piano le da un poco de color y música a la vida, dice Frost. Convierte la vida en vida.  Unos convierten la vida en dinero. Frost prefería convertir el dinero en vida.  El poema se titula “Inversión”.

     Si usted viene a mi casa, escuche la música, no se coma el piano.

      En mi casa las sábanas son para cubrir mi cuerpo, los armarios para guardar ropa, la cocina para cocinar, el reproductor para escuchar música. Eso se llama vivir. No es todo para venderlo o sacarle materias primas, para comerlo o devorarlo. ¿Usted se come las sábanas de su casa?  Yo no me las como y tampoco confundo mi casa con una mina o con un aserradero. En mi casa hay más funciones que explotar y hacer dinero. Y no la mancho sin fin o la desprecio. Y procuro que no haya mucho humo en ella ni olor a podrido. Eso se llama vivir. Calidad de vida, dicen algunos.  El suelo es para pisar, no para hacer tablones, las  ventanas son para tener luz, no para venderlas o fabricar cosas con ellas. ¿Lo entiende usted?

    Y sin embargo, creen que el planeta, que es nuestra casa, es solo para usarlo. No es para vivir en él, con todos los aspectos que tiene eso, es para sacarle dinero, comida, energía, rentabilidad.  Hay que rentabilizarlo y explotarlo, calcular sus beneficios en términos matemáticos. Reducirlo todo a cantidades. Ya no importa vivir, solo convertirlo todo en cantidad.

    Cuando tenía quince años me cabreé con un tío mío porque al mirar un bosque maravilloso solo calculaba cuánto dinero daría convertido en madera. Todas las infinitas cosas que nos daba ese bosque no eran nada para él. Solo le faltaba calcular lo que valdría en carne mi abuela o mi prima. Nada valía la pena considerar sino la rentabilidad y el dinero que daría cualquier cosa.

    Explotamos salvajemente el planeta, no queremos vivir en él. Solo convertirlo en petróleo, en gas, en energía, en dinero. Toda su vida y su riqueza profunda no nos interesa. Lo tratamos como una cosa muerta, algo inerte, algo solo útil en el sentido más miserable de la palabra. Y la infinidad de cosas que nos ofrece para dar más vida a nuestra vida no nos importan. Todos son como aquel tío mío: ¿cuánto dará cualquier cosa en dinero? Los mares, las nubes, las acacias, los ojos de la gente, las novelas, los lagos, los acantilados. Los ríos, las amapolas.  El planeta no es nuestra casa para vivir, es solo un montón inerte de materia prima para sacar provecho. Pero un día descubriremos que la alegría que nos da nuestra abuela al sonreír en su mecedora no se calcula en dinero. Y sin embargo es tan importante, contribuye a que nuestra vida sea vida, a nuestro bienestar interior, a que nos sintamos mejor, a que progresemos.

    Igual que quiero estar a gusto en mi casa, y sentirme bien en ella, y estar muy vivo en ella, y no quiero comérmela toda. No voy a comer los espejos, me van a decir precariamente quien soy. No voy a comerme el reloj de pared, me va a indicar misteriosamente cada segundo que pasa. Me va a acompañar por las noches. Si todo es gasolina y dinero ¿por qué los ricos no se comen la gasolina y el dinero?

   Aquel tío mío también decía que era una gilipollez la defensa de la naturaleza, preservar la casa en que vivimos. Supongo que no le importaba beber agua sucia del río estancado en lugar de agua limpia fluyendo. Que no le importaba comerse un pez de verdad en lugar de comerse un pez industrial de laboratorio. Y que no le importaban las sonrisas industriales de las personas mecánicas. Porque hay muchas personas que parecen reales pero tienen un funcionamiento mecánico.

  Hay que explotarlo todo, rentabilizarlo todo, venderlo todo. Usarlo todo y tirarlo. Los armarios, las ventanas, los fogones, los lavabos. Los hijos  y las suegras. Los libros de Rilke hay que usarlos para hacer fuego. Las cucharas, los cajones, los espejos. Todo es para rentabilizarlo y convertirlo en provecho. No para vivir. Para qué vivir, vivir está de más. Hay que convertirlo todo en números y balances.

    Pero si usted viene a mi casa, por favor, no se coma mis sábanas. No vaya a usar mis alfombras como combustible. Ni crea que mi cocina es para sacar metales de ella. Se lo recuerdo, mi cocina es para cocinar. Para que los alimentos tengan sabor en su boca, y no solo los mastiques por las proteínas o la energía.

    Ya me han dicho que si no estoy de acuerdo con la deshumanización del planeta (y con su desplanetización, añadiría yo) me vaya a otro planeta. Lo dice una carta que publicaron una vez en “El País”.  Muy bien, me buscaré un planeta humilde por ahí, donde no tenga que comerlo todo. Donde escuche el rumor de los árboles que me da vida, o el rumor del piano que me revela la vida.

    Pero si usted viene a mi casa, se lo pido por favor, no se coma las sábanas. Ni los espejos. Ni los libros. Si presta un poco de atención, aprenderá que los espejos son para que usted sepa un poco como es. Y los libros no son como otra clase de espejos más profundos. Y no se comen. Ni se convierten en petróleo.

    Mi hermana la vida, decía Boris Pasternak. Pero para los productistas la vida es un pozo de petróleo. Todo es un pozo de petróleo. Incluso mi piano es un pozo de petróleo. Incluyo yo mismo me convertiría en petróleo. Ellos no escucharán a la naturaleza ni le harán caso, aunque sea su hermana. Ni escucharán mi piano. El piano es solo combustible. Y su hermana es combustible. Su propia madre es combustible. La vida no es su hermana, es solo una fuente de energía para sus máquinas de producción masiva. Todo se convierte en producción y en masa.  En esta especie de uniformización y monomanía feroz.

     Si usted viene a mi casa, escuche la música, no se coma el piano. Le pondré un poco de chicle para que lo mastique o una manguera de gasolina para que se meta en el cuerpo gasolina. Pero, por favor se lo pido, no se coma el piano. Y dele, como sugería Robert Frost en los bosques de Vermont, un poco de color y de música a la vida. En un silencio atento que le permita escuchar y no hablar tanto.

    No se coma usted mi piano.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

FOTO: CONSUELO DE ARCO

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