Escala Mayor del Tiempo en el Poema

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Escala Mayor del Tiempo en el Poema

José Cenizo Jiménez

  A Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1956) lo conocemos por sus ensayos y por su poesía desde hace tiempo. Adalid  y antólogo de la llamada “poesía de la diferencia”, para distinguirla de la denominada “de la experiencia”, corrientes que en los ochenta y noventa, y hasta hoy, parecen antagónicas, aunque no creemos que lo sean necesariamente y, desde luego, doy fe, en las dos tendencias hay autores, obras y poemas señeros, aceptables y prescindibles.

Pocos autores tan prolíficos como nuestro profesor, poeta e investigador, con un currículum y una trayectoria realmente admirables en cantidad y calidad. Las escalas del tiempo, como se titula su libro, para él, desde luego, han dado y dan para mucho. Todo es querer. Antonio, cordobés afincado ahora en México, nos entrega en su último libro de poesía, ya en segunda edición (anteriormente ha publicado más de treinta, aparte de otros géneros) un pasaje al tiempo que es la sustancia de nuestra vida, un viaje a la realidad del hombre y su encarnadura vital en los recovecos temporales.

 En la contracubierta se alude a las palabras clave de este libro: reflexión, lirismo, estética pura, soledad, desasosiego, memoria, tiempo… Y palabras. Palabras  con las que el autor hilvana una obra madura, firme, lograda en ritmo, en acento, en intensidad. El tiempo es, para el poeta, como dice, algo que repercute en su estado de ánimo, que ajusta la historia de la vida. En la escala primera, la de la reflexión, escribe:

El único erotismo que me atrae

se llama inteligencia.

Es la escala primera,

la que nos reflexiona sobre el sentido de la muerte.

La vida ya no es un misterio.

Y en el mismo poema, más adelante:

El tiempo se deshace

en ilusiones mientras

es imposible ascender este primer peldaño.

            Lo racional tiene límites. Y produce, ante el tiempo, desazón, impotencia, se pregunta por el sentido de la propia creación poética:

Si el futuro no existe

por qué cincelo versos

en un papel en blanco efímero al fuego amarillo,

a los años de una tinta deleble.

            En la escala segunda hay un final pesimista, un epifonema de lamento:

¡Cuánta tristeza!

¡Cuánto final anticipado!

¡Cuánto infortunio austero y fútil como una llave

antigua que no horada puerta alguna.

Seguramente ya estaremos muertos.

            En la tercera, de abundante adjetivación y resonancias culturales, y  sin ambages, presenta un panorama desolador del poeta y su consideración social:

y los poetas deambularán con los locos en las calles

por todas las esquinas,

borrachos, gritando sus maldades, frustrados

los crímenes que nunca cometieron,

ignorados en un paraíso donde su importancia será

tan irrelevante como ahora.

Les gritan, los adoran sólo cuando mueren.

            Y sentencia derrotado que la memoria del poeta es “efímera como  la palabra, sagrada, secreta y vulgar”. En la cuarta escala expresa la monotonía, la resignación “sagrada y cómoda” del vivir y considera el arte como reflejo de los instantes hermosos y dichosos de la existencia, una especie de evasión o bálsamo contra la tragedia.

            La quinta es su tempus fugit particular, el lamento por el paso del tiempo. Siente con melancolía: “Muy pronto, entre las ramas de los árboles gigantes, /  el viento llegará con su frío”. Y con una visión desengañada, que nos recuerda hasta en los símbolos al barroco, a Quevedo o Góngora, escribe que pronto será:

un poco de frío y de olvido

de rosas marchitadas y placeres perdidos

que ni siquiera mantendrán su frescura en el recuerdo.

            En la sexta escala relucen la ya pasada juventud, el recuerdo del amor, sobre lo que insiste en la séptima, rememorando amor y naturaleza: “¿Tuve alguna vez amor o siempre lo fingí?”. En la octava crece el desengaño, la inutilidad de las palabras y de la belleza, tan fugitivas, para acabar con un carpe diem especial:

Aquí lo importante es vivir, vivir, estrujarle

a la vida todo el jugo del mundo

para reírnos de ella el día en que todo termine

y se cierre la puerta.

            Y así escala tras escala va insistiendo en los mismos temas y visiones, usando imágenes recurrentes, de la tradición pero renovadas, como la citada rosa, o la llama que se apaga y es símbolo del fin, la luz -“vida la luz encendida / en medio de un abismo de penumbra”-, el fuego “perpetuo / de frío abrasador”, el viento “que te trae pesares”… Símbolos hábilmente traídos al poema, metáforas e imágenes eficaces en su función estética. Memoria y olvido (“bálsamo que todo lo cura”), tiempo y su devenir, ejes de estas escalas, especialmente en algunas como la duodécima. Y en algunos poemas observamos un influjo o recuerdo del gran Federico por su lenguaje transido de angustia y las mismas formas expresivas de obras como Poeta en Nueva York (“Árboles caídos y violines inciertos”, pp. 45-46)

                                   Agazapados en sus preocupaciones

                                   pasean individuos

repletos de tristeza.

(…)

Escarabajos muertos, hormigas voladoras

llevan un pelo largo

preñadas de tormento.

Son humanos que parecen insectos.

            Intentará el poeta conjugar “la pasión de la vida” con una inclinación romántica por el pesimismo, el malestar existencial de su “triste y desolada alma”. En varios poemas, como en “Exilio para los rebeldes” (pp. 58-59) se inspira en su actual experiencia de estancia en América, en México, aludiendo a esa mezcla de peligro y a la vez de sabiduría ancestral y saber estar en el tiempo:

América, a pesar de sus peligros,

es el exilio perfecto para los rebeldes,

pues es posible dedicar una jornada completa al estudio

de las antenas de las mariposas.

También puedes morir si bebes agua de un grifo

o enamorarte de unos ojos, de un cuerpo o de una idea.

            Una obra intensa, pues, existencial, meditabunda. Con referentes explícitos como Walt Whitman o Lorca, los escritores del Barroco o los románticos, cuajada de sugerentes metáforas y símbolos, y expresada con un lenguaje nada pretencioso -menos mal- logra sentirnos cerca de la radical paradoja del poeta: la vida por delante, el humo de la angustia y, en medio, la palabra, la creación poética como apoyo y vía de expresión y redención. Una vez más, con profundidad, la palabra al servicio de ese juego de atractivo engaño y cruel desengaño que es la vida con sus escalas del tiempo.

Antonio Rodríguez Jiménez, Las escalas del tiempo, Granada, Dauro, 2ª ed., 2021.

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