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El último aliento del pantano
No recuerdo cuándo fue la última vez que respiré sin esfuerzo. El aire se ha vuelto espeso.
Puede sonar absurdo que una rana lo diga, pero los pulmones también lloran cuando los obligan a tragar veneno. Mi nombre no importa. Tampoco importa que naciera en un charco junto a otros ciento cuarenta renacuajos. Solo sobrevivimos tres. Lo que sí importa es que crecí en lo que un día fue un paraíso y hoy es un vertedero.
Viví en la laguna del Edén, un pequeño refugio escondido entre encinas y alamedas, en la cuenca alta de un río que ya no se atreve a fluir. El agua era clara y fresca, con un olor a musgo que llenaba el aire. Había libélulas zumbando como si fueran poetas borrachos, y las noches eran un canto coral de sapos, grillos, búhos y viento. Yo tenía un rincón bajo una piedra plana que me calentaba el vientre en primavera. Nadie nos molestaba. Nadie nos buscaba.
Hasta que llegaron los humanos.
¿Cómo se rompe un ecosistema? ¿Se hace con maquinaria, con negligencia o con leyes a medias? No. Se rompe con una indiferencia sólida como el hormigón. Lo supe el día que vi una botella de plástico flotando donde antes bailaban los juncos. Después vino la espuma. Luego los peces muertos. Después, el silencio.
¿Usted ha visto alguna vez una garza desorientada? Es como ver a una reina sin trono. Las cigüeñas dejaron de venir. Las libélulas desaparecieron. Las salamandras —esas primas nuestras de colores imposibles— comenzaron a aparecer panza arriba. Y nosotros, los últimos batracios del Edén, nos quedamos sin conciertos, sin coros, sin refugio.
¿Por qué lo hicieron? ¿Acaso alguien pensó que verter residuos de una fábrica sin tratamiento era inofensivo? ¿Qué fumigar con pesticidas al borde de un humedal no iba a tener consecuencias? ¿Pensaron, en algún despacho con aire acondicionado, que los seres pequeños como yo éramos prescindibles?
Yo no soy símbolo de nada. No tengo pancartas. No lidero protestas. Pero mi piel —fina como la promesa de un político en campaña— absorbe cada gota de agua como si fuera vida o muerte. Porque lo es. Cada químico vertido, cada metal pesado, cada resto de detergente, se convirtió en una sentencia. Lentamente. Sin disparos. Sin ruido. Pero con la misma eficacia de un veneno bien dosificado.
Una mañana, el agua amaneció caliente. No por el sol, sino por el desecho térmico de una canalización industrial. Respiré y sentí el aire más denso, como si tuviera que masticarlo antes de tragarlo. Escuché a los insectos callar. Y supe que estábamos en cuenta atrás.
No me quejo. Los humanos tienen la extraña costumbre de catalogar a las víctimas según su utilidad o su capacidad de parecer simpáticas. Una rana enferma no da pena. Un oso polar flaco, sí. Así son ustedes: selectivos con la compasión.
¿Y si le digo, lector, que yo fui testigo de su decadencia?
Vi a niños lanzando piedras a los sapos, sus risas resonando como campanas de muerte. Vi a padres enseñando a sus hijos que el bosque es un lugar del que se extrae, no al que se protege. Vi a excursionistas dejando latas, pañuelos y colillas como si fueran ofrendas para un dios del plástico. Escuché motores rugir donde antes cantaban cigarras. Respiré humo donde antes olía a musgo.
¿Se siente cómodo sabiendo que cada decisión cotidiana tiene consecuencias que nunca verá?
Hoy, solo quedamos dos en el pantano. Mi compañera y yo. Ella ya no canta. Yo, casi no salto. El agua es espesa, turbia, moribunda. No sabemos si volverá la primavera. Y si vuelve, ya no tendrá sentido.
No le pido compasión. No le ruego que me salve. Ya es tarde para mí. Lo que le pido es que mire a su alrededor con otros ojos. Que entienda que cada envase que tira, cada electrodoméstico que no recicla, cada grifo que deja abierto, cada compra absurda… es un voto. Y que cada voto tiene su víctima.
¿Ha oído alguna vez el silencio de un ecosistema que muere?
No es un silencio real. Es un rumor que duele. Un eco que se queda en el cuerpo como un zumbido agudo en el oído, como un recordatorio constante de lo que fue y ya no será.
Es el sonido de las libélulas que no llegaron, del trino que no volvió, del agua que dejó de correr.
El ser humano es el único animal que sabe que va a morir. A mí me parece que también es el único que sabe que está matando y, aun así, sigue adelante.
No escribo estas líneas para usted. No tengo dedos. No tengo tinta. Pero si algún día alguien recoge esta historia y la convierte en palabra, si algún día un niño la escucha y pregunta “¿por qué dejaron que muriera el pantano?”, entonces, quizás, habrá esperanza.
O quizás no.
Lo único cierto es que hoy, bajo una piedra que ya no calienta, una rana observa la nada. Espera. Y respira con dificultad. Su último aliento se mezcla con el viento, llevándose consigo el eco de un mundo que ya no existe.
Xavier Pardell Peña
El último aliento del pantano

Inreresamte muy bien presentado.