El olor de los caballos en Faulkner

El olor de los caballos en Faulkner

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El olor de los caballos en Faulkner

     En “Los invictos” William Faulkner puso un capítulo titulado “Un olor a verbena”. En él una mujer cabalga con los no-vencidos y deja un ramo de verbenas sobre la almohada de su amante imposible. Porque “era el único olor que durante la guerra era capaz de sobresalir sobre el olor de los caballos”.  Ese olor era la pasión y la intrepidez.

      “El olor de la lluvia en los Balcanes” de Gordana Kuic tiene un título nos arrebata y nos obliga a leerlo. El olor de la lluvia significa la sensualidad vital que sobrevive por debajo de todos los fanatismos. El  poso que ayuda a vivir en libertad a  las hermanas Salom que intentan proseguir sus vidas a toda costa en Sarajevo y Belgrado. El  encanto sutil en que se refugia la vida cuando las palabras de los hombres  encierran. El olor sirve de escondrijo contra la brutalidad y la furia.  “El sudor se mezclaba con las gotas de lluvia, el frío con el fuego interior. Abrió la ventana e inspiró profundamente. El olor de la lluvia la calmaba”.

    No quiero hablar de Patrick Suskind  “El perfume”. Es demasiado obvio. Pero si un día desapareciese el mundo,  tal vez se podría reconstruir lo más esencial a través de los olores. Los olores son lo más etéreo y a la vez lo más sensual, lo más inatrapable y a la vez lo más invasivo.  Son como el espíritu sensible de las cosas, su secreto manifiesto. Los olores persisten cuando se marcha todo, como persiste la atmósfera  de un sueño cuando se despierta. Como queda la memoria cuando se van las experiencias. Los olores nos dan lo más íntimo y a la vez se no se atrapan.

    En “El olor de la noche” de Andrea Camilleri un comisario se mete entre corrupciones y desengaños morales. Y  encuentra en la noche un olor fresco con el que se anima: “Entonces percibió que el olor de la noche había cambiado, era un perfume fresco y ligero, un perfume de hierba tierna de verbena y albahaca, se puso en marcha de nuevo aliviado pero agotado, entró en su casa”.

     Virginia Woolf escribe la biografía de “Flush”, el perro de Elizabeth Barret Browning, para contar de ese modo la vida de la poetisa.  Y el perro percibe el mundo sobre todo  a través de los olores. Desde que siente el perfume del agua de Colonia cuando entra en el cuarto de Elizabeth. Hasta que llega a Londres y siente “olores más complejos y corrompidos, y que ofrecían un contraste más violento y una composición más heterogénea que cuantos oliera en los campos de Reading, olores fuera del alcance de la nariz humana”.   Percibe el mundo de manera fantasmal, y a la vez muy intensa y variada.

      En “El cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell, la fascinante Justine seduce  a todo el mundo con su perfume “Jamais de la vie” que ya en su nombre tiene un sentido trágico y fatal.  Ese nombre habla de vivir la vida tan intensamente que no se puede escapar de ella. De naufragar en su misterio sin escapatoria.

    Patrick Modiano habla del olor de los garajes. En “Los bulevares periféricos” el olor le trae todo el pasado: “Cierro los ojos. El bar de Clos Foucré y el salón colonial de la Villa Mektoub . Después de tantos años los muebles están cubiertos de polvo. Un olor de moho me invade la garganta”. En “Villa Triste” todo son personajes fantasmales en una ciudad de provincias. Y el protagonista no se atreve a dejarse arrastrar por el olor de Yvonne. Y todo queda en nostalgia. La adaptación  al cine de Patrice Leconte se titula “El perfume de Ivonne”.

    En  “En busca del tiempo perdido” de Proust  las sensaciones tienen un  poder misterioso para resucitar mundos sumergidos. Lo espiritual y lo material están falsamente separados. Y lo más leve puede traer la vida entera. A veces ese poder misterioso lo tiene un olor. En una ocasión Marcel acompaña a Francisca a un baño público y el olor de la madera le produce una felicidad misteriosa e invencible. Y quiere apoyarse en ella y profundizarla.

        Hemingway comprende la vida a través de la acción y el cuerpo. Pero  se fija mucho en los olores. En “París era una fiesta” habla del olor de la tierra mojada, de la leña que trasladaban por la calle.  Y África le llega a través del olor en “Las verdes colinas de África” . Huele los animales cercanos a los que quiere cazar, los matorrales, el sudor de sus compañeros. El olor a África es ese golpe de vitalidad contundente que él siempre busca. Como los caballos para Faulkner.

    “Olor a crisantemos” reúne relatos juveniles de David Herbert Lawrence. En uno de ellos el protagonista se cura de la fealdad de las máquinas, el hollín, el mundo industrial que tanto odiaba, con el olor de los crisantemos que le traen la tierra, el vitalismo exasperado, el sexo de la naturaleza.

     Los olores pueden traer el mundo, son como espíritus escondidos que regalan la vida. Lo usamos como metáfora cuando decimos que algo nos huele mal,  que olemos ciertos problemas. La religión habla del olor a santidad de los santos, del olor a azufre de los demonios. La literatura podría rescatarlo todo indagando en los olores. Intentando poner en palabras el infinito que nos traen. William Blake habló de abrir las puertas de la percepción, de abrir mucho más de cinco sentidos. Pero incluso esos pocos sentidos pueden mostrarse inagotables. Puede hacerlo el olfato.  Para Faulkner un olor a verbena traía la pasión y la intensidad de la vida.  Pero aún más el olor de los caballos. Pero Faulkner, que es tan trágico y torrencial como Shakespeare, llena de olor todas las palabras. Y olor de los caballos nos daba todo su vitalismo trágico.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR   Foto: Consuelo de Arco

 

El olor de los caballos en Faulkner

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Victoria
Victoria
7 months ago

Sensacional!! Gracias

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