El Muro Se Hace Carne En Berlín

El Muro Se Hace Carne En Berlín

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El Muro Se Hace Carne En Berlín

          Tiene gracia. Lo que en otro tiempo provocaba sufrimiento y angustia ahora es un motivo de atracción y una seña de identidad. La gente también visita los palacios de la Inquisición, cuando deberíamos escupir en ellos. No nos preocupa la gente lejana en el tiempo o en el espacio, solo nos sentimos nosotros.

      Pero hacemos de todo con los  muros. A veces incomunican, a veces sirven para comunicarse,  unas veces  matan la vida, otras veces son retazos de vida que palpitan. En ocasiones  crean ámbitos de intimidad,  en ocasiones los hacemos  refugios, o arañamos en ellos historias palpitantes,  los tocamos como  pieles desnudas.

     A Sade lo metieron entre muros  pero escribia en ellos con mierda. Los muros escamotean la vida, también a Don Quijote le tapiaron el cuarto de los libros para que no pudiera leerlos. Pero en Hay on Wye, en Gales, colocaron miles de libros en los muros.  La vida, como la hiedra o los lagartos, supera los muros o se aprovecha de ellos. Todo  está vivo  y todo se asesina,  pero  todo vive otra vez. También todo se compra y se vende, todo  se manipula.

      Un trozo de muro de Berlin  de más de un kilómetro en Friedrichshain constituye  la East Side Gallery al aire libre,  artistas del mundo entero han puesto allí sus llamadas a la libertad y la tolerancia con desgarro, con ironía o con entusiasmo.  La calle del Pollo Muerto está atiborrada de expresiones de todas clases, allí se esconden centros culturales, salas de teatro, un centro Ana Frank. Me llamó la atención una chica melancólica que decía en la pared: “Él se marchó y yo todavía estoy aquí”. Daban ganas de invitarla a algo en el bar de cine que se acurrucaba allí mismo.

       El ruso emigrado Wladimir Kaminer mostró una Berlín paradójica y chocante en el libro “Yo no soy un berlinés”.  Por muchos muros que hubiera Berlín volvía a bullir de actividad y de noches vivas. El muro del  Kafé Burger de Kaminer me hablaba de las noches canallas y rusas que organiza en  el barrio Prenzlauer Berg.  Ese muro era expresivo y en él se adivinaba la noche canalla.

     En el antiguo control fronterizo de Checkpoint Charlie continuaba un cartel que decía “Usted abandona la zona americana”, unos tipos se vestían de soldados junto a unos sacos de tierra. Los trajes se vendían en una tienda en la esquina y cobraban por hacer fotos. Al lado, el Museo del Muro mostraba trozos del muro tal como estaban entonces. Y sí tenía mérito pintar una especie de Modigliani exquisito en un muro prohibido con los minutos contados,  mostrando la voluptuosidad que se niega, antes de que dispararan los guardias. Entonces el Muro se hacía Carne.

      El Museo de Kate Kollwitz en Fasanenstrasse mostraba  un Muro de Madres que protegían con sus pechos a los niños asustados. Ese muro si estaba  contra lo despiadado del mundo.  Kate Kollwitz esculpió obras expresionistas tiernas y apasionantes y ella sí creía en muros de carne.

           El muro del Ayuntamiento Occidental en el barrio Schoneberg  recordaba en una placa que recuerda que allí John Kennedy dijo “Yo también soy un berlinés”.  No cuesta tanto mostrarse solidario con alguien, pero hay que saber decirlo. Palpábamos la Historia viva  a cada paso.  También cuando Marx y Engels,  al lado de la Torre de la Televisión,  se acompañaban  detrás de muros de cristal, con muros de figuras que expresaban  como películas nostálgicas lo que alguna vez quisieron.

       En la Vieja Galería Nacional buscamos a Arnold Bocklin  y su “Isla de los muertos”. Los muros ciclópeos e irregulares que  salen del mar con marcas de hiedra y nichos tallados me sugerían  una intimidad metafísica y apasionada, un secreto entre los secretos. Yo  amaría siempre esos muros que encierran cipreses y silencios.

       En los restos del Palacio Real , junto a la catedral, que derruyeron  los comunistas,   quedaba  un trozo solitario con una barandilla lleno de soledades extrañas. Ahora están construyendo otro absurdo Palacio Real y será un puro pastiche, sin aura ninguna, como diría Walter Benjamín.

      Cerca de la Postdamer Platz una silueta terrorífica mostraba el lugar donde se levantaba la Cancillería de Hitler, unas fotos con explicaciones señalaban  los muros de la construcción  que ya había pertenecido a Bismarck y donde se fraguaron tantas  infamias del siglo XX. Un furgón de policía vigilaba que no se reunieran allí seres de pesadilla pero parece que de nuevo quieren asomar la nariz.

       El postmoderno Sony Center en la Postdamer Platz tenía  dentro un restaurante que conservaba fragmentos sutiles de lo que fue el Hotel Esplanade. Mirándolos con desgarradora nostalgia me acordé de Charles Chaplin que entraba en sus salas  o de Billy Wilder que trabajaba allí de gigolo. Berlín integra todos sus desgarramientos,  sus memorias desgarradas ,  y sigue hacia delante con audacia. Pero aquellos trozos del Hotel Esplanade desaparecido me arrebataban con su  memoria y su  espectro.

       En Alexanderplatz, pedí una salchicha en un puesto y una  mujer contestó  furiosa porque yo  no le hablaba en alemán. Algo así ocurre incluso en mi pueblo de Galicia, no hay que darle mucha importancia, y muchas otras personas fueron amables en Berlín. Pero esa mujer sí que  estaba detrás de un muro sordo que la incomunicaba.  Podría decir como aquel personaje de Ernesto Sábato:  “Y los muros de mi prisión serán cada día más herméticos”.

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ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

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