El mercenario que coleccionaba obras de arte: Wendy Guerra

El mercenario que coleccionaba obras de arte: Wendy Guerra

Wendy Guerra: El mercenario que coleccionaba obras de arte

Mi experiencia con esta ¿novela? ¿biografía novelada? ¿memorias? –dependerá de su genealogía– comienza con una desilusión a la que se añadirán otras, pero vayamos por partes. No sé por qué, había pensado que narraría la vida de un conspirador o guerrillero anticastrista que, ya mayor y apartado de la lucha, se dedica a coleccionar las obras más cotizadas, sus estrategias, especulaciones y maniobras, los autores y obras que escogió, su descripción, quizá, la forma de llegar a ellas, cuales vendió y conservó etc. O sí lo sé, no hay más que ver el título y lo que cuenta la contraportada para imaginar que la pintura –incluso puede que otras ramas del arte– ocuparían un lugar primordial en la historia. Cuando llevaba ya un buen taco de páginas imaginé que tras la enumeración –que no descripción– de las hazañas ejecutadas por el susodicho desembocaríamos por fin en el meollo del asunto. Pero ese meollo nunca llega, tal como comprobamos resignados según vamos llegando al final. El contenido es, por tanto, de otro tipo. Veamos.

En primer lugar, el relato no es lineal. Esto, que en principio es un recurso más, me ha resultado particularmente cargante ya que retrasa la dinámica de una acción que, ya de por sí, no fluye con naturalidad ni resulta nada explícita. Este defecto, que por desgracia se repite en bastantes argumentos basados en hechos reales, implica: falta de documentación, escasez de inventiva y dificultades para integrar ambos aspectos. Pero volvamos a la alternancia mencionada. Turnándose con un supuesto Diario de Campaña, que de diario no tiene ni el aspecto, situado en los sesenta, setenta y ochenta (el supuesto guerrillero abandonaría la lucha en la época de la caída del muro) encontramos escenas de pareja, al principio y antes de presentar a los personajes bastante subidas de tono, totalmente irrelevantes durante la mayor parte de las páginas. Tampoco la otra sección destaca por su efectividad; se emplean demasiadas páginas en presentar a un buen número de colaboradores cuyas identidades no tardamos en olvidar porque apenas les vemos en acción; más allá de generalidades, no se explicitan las circunstancias políticas ni las acciones guerrilleras propiamente dichas ni la vida personal del protagonista. La narración se va por las ramas durante demasiado tiempo hasta que, por fin y a partir del pacto entre el tal Falcón con ese organismo que lo sabe y lo puede todo (exacto, ese) se concretan algunos datos –tampoco demasiados– y empezamos a enlazar los antecedentes con el presente erótico-amoroso a la vez que se perfila la personalidad de la compañera –una buena idea, algo delirante, a la que se podía haber sacado más partido–  y se empuja de una vez el argumento hacia adelante. Pero no, tampoco aquí vamos a ver al coleccionista ni sus obras fuera de unos fuegos de artificio, que no aclaran nada de esa ocupación, y se producen en el ultimísimo momento. Aunque justo es destacar que, también en el desenlace, se incluye otra pirotecnia bastante ingeniosa que logra cerrar dignamente un producto ciertamente irregular.

No he podido averiguar si Guerra entrevistó realmente al personaje para recabar información, tal como explica, y lo que cuenta se basa en sus respuestas o ha recopilado datos de unos y otros. Su mentalidad y comportamiento hacia las mujeres, con las que se empareja y deja luego al cuidado de unos hijos a los que apenas conoce –tal como era de esperar y a pesar de que solo esboza los hechos– son absolutamente misóginos y, en consecuencia, el retrato resulta de lo más convincente. Otro acierto es la evolución que experimenta a lo largo de los años, cómo pasa de los ideales puros a las componendas con unos y otros, se vuelve despiadado, cruel y lo resuelve a base de cinismo para llegar a la fase escéptica y descreída de quien solo piensa en enriquecerse y disfrutar, el mismo proceso que han sufrido todos los caudillos cualquiera que haya sido su causa. Por su parte, Valentina, ese ligue ocasional de procedencia ideológica opuesta y carente de aficiones artísticas, es el ejemplo perfecto del uso que dan a las mujeres los movimientos revolucionarios y cómo les lavan el cerebro para que piensen  cual es el rol que les corresponde. Me gustaría saber si procede del afán testimonial de la autora o se trata de una simple transcripción de lo que le han contado, me inclino por lo primero ya que esta mujer parece más una creación literaria que una persona real. Desde luego, la relación que se establece entre el hombre maduro y rico y la mujer aún joven que ha perdido sus referencias y no tiene dónde ir consiste en un conjunto de tópicos inspirados, entre otros, en el mito de Pigmalión.

Por cierto ¿De quién habla la novela? ¿Qué personaje hay detrás de ese Adrián Falcón que nunca existió? ¿Cómo se llama realmente el mercenario cubano que actúa al principio movido por unos ideales –más prestados, a consecuencia de un drama familiar, que sentidos realmente– luego por inercia, codicia, afán de liderazgo, puede que deseos de pasar a la historia, hasta la fase final de desengaño, escepticismo, conciencia de haber sido utilizado y un pragmatismo que niega cualquier atisbo de sinceridad que hubiéramos podido suponer? Nunca lo sabremos.

“En cada área geográfica mueren los inocentes, los ingenuos, los ciudadanos de a pie y, al caer el telón, ¿quiénes son los ganadores?, los mercados que florecen magnánimamente al compás de dichas hostilidades.”

El mercenario que coleccionaba obras de arte

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