EL DINAMISMO ÉTICO QUE OPERA EN EL INDIVIDUO

EL DINAMISMO ÉTICO QUE OPERA EN EL INDIVIDUO

EL DINAMISMO ÉTICO QUE OPERA EN EL INDIVIDUO

 (Lutero es la clave)

            De las cosas primeras que se nos vienen a la cabeza cuando hablamos de ética es la palabra “bien” y “fundamento de unos valores”[1], con lo cual estas ya nos llevan, aquí, de hecho, hacia dos cuestiones importantes de la propia ética ¿qué es el bien?, ¿qué fundamento tiene este?

            Se dice, que a no ser que uno crea en una entidad sobrenatural, como puede ser Dios,  que a través de su voluntad salvífica nos revela una moral, es imposible hablar de un principio absoluto que fundamente nuestros valores sociales, entonces lo más fructífero, piensan,  es una ética que sea útil para organizar nuestra convivencia, a fin de cuentas el fin último de la teoría utilitarista es promover el máximo de felicidad y no interferir en la libertad de los demás para la consecución de tal cosa. Algo es bueno, según Mill, en su gran defensa de la libertad,  si proporciona placer y no lo es, en cambio, si lo que hace es provocar dolor. La sociedad, prosigue este, maximiza, en su labor por construir un mundo más libre, lo que es más útil para ella[2].

                Emilio Lledó tiene un artículo muy interesante desde donde empezar a enfocar el dinamismo histórico del pensamiento ético.  Este nos refiere la ética desde la presencia homérica, y resaltando su importante carácter pedagógico dentro de la civilización de la antigua Grecia, textualmente nos dice, en alusión a los textos de Homero:

<<No hay, como es natural, una teoría ética, una doctrina que, conscientemente, pretenda reflexionar sobre la conducta de los héroes; pero, precisamente por ello, este universo puro, donde los personajes que lo habitan manifiestan, nítidamente, lo que Aristóteles habría de llamar enérgeia, es una organización “práctica”, una sociedad dinámica en la que se anticipa también aquello que formulará la primera teoría ética: “somos lo que hacemos”>>.

            En ese sentido, el pensador, aclara que esta “primera ética” no parte de ningún código de normas institucionales que señalen lo que hay que hacer sino que es el propio entorno, en el que los héroes realizan sus hazañas que se establece un dialogo <<cada individuo tiene que acabar aceptando el juego que le señala la pervivencia de los otros>> y, aquí lo central para desarrollar mi tesis, <<en el mundo homérico es, originariamente, la guerra la que orienta y determina los hechos de los hombres. En ella, esos hechos se convierten en hazañas y esta transformación permite adivinar la coherencia que los justifica más allá del paisaje bélico. El desnudo horizonte en el que unos hombres aparecen como enemigos de otros pone al descubierto una situación real, enmascarada tantas veces por la cultura. Precisamente el reconocimiento y la aceptación de esta situación esencial en la vida humana, el no enmascaramiento de su existencia, permite otro tipo de lucha que conduce a superarla>>.[3] Es en la tensión del conflicto donde el héroe se revela a sí mismo y da a conocer, mediante su tarea, la dimensión externa del mundo en el que vivimos y que configura nuestro ser. A partir del héroe, y más concreto la elección de este, podríamos dirigir nuestra mirada a la construcción del mito, dado su carácter no meramente utilitario, desde la propia afectividad que puede proporcionar este a la masa.  Para ello distingamos, y siguiendo los apuntes del ensayista Sebastián Porrini, el cual tiene unos estudios muy interesantes sobre el mito y la religión en la antigua Grecia, la transformación, hacía el siglo V,  del héroe aristocrático homérico hacia una condición más humana, y por tanto llena de errores. A nosotros, por ahora, nos interesa la concepción homérica del héroe atado a los dioses, pues es a través de la tarea de los primeros y el patronazgo de los segundos, dirigidos a una clase aristocrática, como <<los griegos encontraron formas de ser que se adecuaron, temporalmente, a los distintos momentos por los que fueron pasando la evolución del pensamiento griego>>. Pues es, como indica el investigador,  a raíz de su destino trascendente como surge, posteriormente, el otro héroe trágico y humanado. Es, pues, en el sacrificio que realizan estos como decide ser héroe, como surge, a través de sus actos, <<la disyuntiva que se plantea entre la eternidad y la temporalidad>>. Porrini  nos recuerda a Aquiles y nos dice: <<y si nos centramos en su madre Tetis, ésta viaja hasta Troya para conversar con su hijo y tratar de convencerlo de que abandone la lid bélica. Pero eso significaría para Aquiles ser un común mortal. Y la tentación heroica es grande. Ahora bien, una vez elegido el camino, los límites son los que impone la decisión. Aquiles eligió ser un héroe, entonces caerá “como un héroe”. Y resulto “el cómo” a propósito, ya que se encontrará que tal comparación presupone un destino, pues si se hace algo en comparación con otra cosa que repita un hecho de la vida se habla de destino>>. Aquí, el autor, nos aclara que esta repetición es un signo que <<engloba las acciones, que exalta las actitudes del guerrero, para caer, gloriosamente, en definitiva, más allá de sutiles diferencias de contraste>>[4]. El héroe a través de ese camino que ha decidido emprender también nos está revelando la voluntad de las divinidades, que son, como hemos visto, quienes lo patrocinan, en este sentido marca el camino hacia un comportamiento que apela a esas mismas divinidades para orientar el hacer personal y comunitario, de tal modo, pues, estamos hablando de un sentido religioso que se impregna en el ser humano. El colectivo queda, así, resguardado bajo el patrocinio de una moral revelada que le permite convivir, tranquilamente, dentro de la polis conmemorando las hazañas del héroe, rindiendo culto a su memoria, creando una escala de valores. En base a esa convivencia, y frente a cualquier alteración externa que la soslaye, y en referencia a esa moral, interiorizamos lo que está bien y lo que está mal, levantando, así, un sentimiento de culpa adaptativo. Cristo  con su conducta hizo unión de una moral divina con lo humano (fue Santo Tomás de Aquino quien teologizó la moral), con San Pablo encontramos la justificación del hombre mediante la gracia y no solo en las obras, este nos despierta del legalismo judío, pues Cristo en su pasión, muerte y resurrección nos libró del pecado, solo Este es el verdadero justo ante el Padre y, por tanto, solo hallamos la justificación en Él. Encontramos en el santo una regeneración interior frente a la superficialidad con la que se cumplían las leyes. Los judíos que se habían alejado de la culpa, a la hora de interpretar las leyes, debían someterse, de nuevo, a esta (debían someterse al amor de Dios, el cual opera en el corazón de los hombres). Con San Agustín vemos un pensamiento, que se fue creando en su combate contra las “herejías”, e igual una ley moral justificada por la Gracia (justificados por Cristo y su sacrificio), aunque no descarta la santificación por las obras (la reforma que realiza el hombre) mediante la acción  de Dios que produce en el ser humano ese camino santificador. Con todo esto esa relación de convivencia quedaba sellado mediante el sello divino de la culpa interior,  amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas y amarás a tu prójimo como a ti mismo (Marcos 12,30-31). Es a través de Dios como el hombre llega a amar a su prójimo, pues Él es la ley. Recuérdese que el pueblo de Israel, que se denominaba como el elegido, era un pueblo compacto y exclusivista, el pensamiento cristiano, que se originó a partir de ahí, da a esos tintes exclusivistas un carácter de unidad universal, el cercano aquí no es quien se encuentre cerca de ti sino quien hace un camino en una fe común, los otros, los que no caminan por el mismo sendero, son esos obstáculos que se deben erradicar. Es aquí donde se radicaliza aquella frase del evangelio: Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que nos de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (Jn 1,4-6)

             Con Lutero, se llega a un antes y un después, en ese camino ético – religioso. Con este, el pecado empieza a desprenderse de la culpabilidad. Es conocido del reformador alemán, mientras era monje agustino, unos excesivos sentimientos de duda y culpabilidad. Todos los medios que realizó para mitigar esa culpa que le corroía en la carne le fueron vanos, ni siquiera los sacramentos de la Iglesia, ni las continuas mortificaciones, ni el recurso a la bondad colectiva, mediante la oración a esos hombres rectos que habían seguido en vida un camino de santidad, le servían para menguar su escrupulosidad. Fue la interpretación a la frase de Romanos 1,17 la que le hizo ver un Dios misericordioso que libra de toda culpa al dejar la sanación del pecado en sus manos. Con este paso, y como señala John MacArthur cuando dice: <<la raíz de las enfermedades psicológicas y espirituales es la preocupación por sí mismo. Irónicamente, el creyente que es consumido por sus propios problemas –aún sus propios problemas espirituales – deja de preocuparse por otros creyentes, sufre un egoísmo destructivo que no sólo es la causa de sus problemas, sino la barrera suprema para la solución de ellos>>., Lutero dejo de centrarse en esos problemas que le atormentaban y puso todo en manos de Dios, con esto logró estabilizarse y dirigir más su atención hacia las <<necesidades de los otros>>.[5] Esto tuvo unas repercusiones éticas considerables. Es a partir del viraje que da Lutero, el cual optaba por hacer el bien si se quería amar a Dios, en contra de lo que piensan muchos opositores católicos a la falta de responsabilidad en el hombre que da su pensamiento, cuando este elimina el trastorno de la culpa condenatoria, y que vuelve al hombre esclavo de esa condenación eterna, y nos transparenta una libertad que no está atada a nada y por ello, desde esa libertad, el cristiano puede ofrecer un servicio lleno de gratuidad respecto a los otros.

            Analizando más detenidamente lo que llevamos dado hasta ahora, vemos, pues, como en a partir de la hazaña del héroe se crea una conducta que a través de la religación con lo divino queda interiorizado en el corazón del hombre. Con el paso del tiempo el rastro de memoria que ha dejado el héroe pasa a desligarse de lo divino y se queda en un cumplimiento superficial que termina por desarraigar a este de sus seguridades. Sí <<los seres humanos intentamos responder a la pregunta ¿Quién soy yo? mediante el conocimiento de nuestras relaciones>>[6], vemos, pues, que  esa pregunta existencial busca desesperadamente una identidad. Es a partir del cristianismo, más concretamente con San Pablo, que ese marco “identitario” empieza a expandirse buscando una especie de unidad trascendental que forma grietas casi desde el principio. En la actualidad, y con la perdida de los grandes relatos, esa misma cuestión existencialista se ha quedado ya no en una “unidad universal” sino en infinitud de identidades a las que agarrarse. Luego san Agustín nos habla, en un momento dado, de la libertad no en términos absolutos sino como un medio para llegar al Bien. Algo que toma Lutero, como hemos visto en su teología, para decir que siempre, en el empeño de ese medio, debemos contar con el amor de Dios. ¿En qué deriva todo esto? y ¿qué repercusiones éticas va a tener?

            Contamos con una evolución del pensamiento ético desde Lutero hasta nuestros tiempos. La Reforma que emprendió este, entre otros,  va a tener unas consecuencias notables en el pensamiento posmodernista a través del idealismo alemán. El luteranismo no solo hace una crítica exhaustiva a la situación de la Iglesia sino también al lenguaje de la razón que se contraponía a ese dinamismo interno de lo divino que opera en el individuo. La Reforma protestante al hablar de una libre interpretación del texto Bíblico, influye de manera notable en el relativismo moral. La aportación que introdujo kant en esto fue de vital importancia al distinguir razón pura (lo que es) de la razón práctica (lo que debe ser), relegando la primera a la naturaleza y la segunda al estado de conciencia que se mueve dentro del fuero interno de la persona[7] ¿qué significa esto? y ¿qué repercusiones tiene para la ética esa separación?

                                                                                  Francisco José García Carbonell

[1] Una de las de las acepciones de la RAE para  la ética  es “Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores.”

[2] Este tema es desarrollados por John Stuart Mill en dos obras: El Utilitarismo y Sobre la libertad.

[3] Emilio Lledó, El mundo homérico, Historia de la ética, Editorial Critica, 2002, pp. 15-20.

[4] Sebastián Porrini,  El fulgor mítico (mito y religión en la antigua Grecia), Ediciones Cantamañanas, 2012, pp. 33-39.

[5] He basado mi reflexión en el artículo de Daniel K. Judd, El pecado, la culpa y la gracia: Martín Lutero y la doctrina de la restauración, rsc.byu.edu.

[6] Mary Eberstadt, Gritos primigenios (cómo la revolución sexual creó las políticas de identidad), RIALP, 2020 p. 63

[7] Para esta reflexión he tomado los textos de José Antonio Santiago, Pensamiento sin Iglesia. El triunfo del protestantismo en la cultura europea, Cuaderno de materiales, nº 23, 2011, 697,703, nodulo.org.

 

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