Crónica de una destrucción

Crónica de una destrucción

Crónica de una destrucción

Escribe José Ovejero sobre ‘Por qué el agua del mar es salada’ (Ed. Contraseña), de Brigitte Schwaiger, con traducción y epílogo de Virginia Maza.

Por José Ovejero

Una persona que se suicida será ya siempre en el recuerdo una persona que se iba a suicidar. En lo que hizo, dijo o escribió antes, buscaremos las claves de su suicidio, la pista de que un día tomaría una decisión tan drástica. Schwaiger se suicidó en 2010 ahogándose en el Danubio, y por eso todas las referencias que la protagonista hace en esta novela de 1977 a su deseo de quitarse la vida obtienen un peso que no tendrían de no haberlo hecho la autora. Y son numerosas, lo mismo que abundan las que se refieren a la locura, otro de los males que acecharían a Schwaiger, internada en varias ocasiones en instituciones psiquiátricas.

La narradora no quiere hijos y se alegra cada vez que tiene la regla porque siente que está salvando de una vida aborrecible a esos niños no nacidos. Ni siquiera querría estar casada. Lo quiso, pero fue un error. Ella nunca se ha sentido a gusto en el mundo, tampoco cuando era más joven

La novela comienza el día de su boda, el día de su gran error. Relata las continuas indicaciones y reconvenciones que recibe de su familia -ponte recta, no te arrugues el vestido-, y sabemos que las ha recibido siempre, desde niña; pero ya no se dirigen a una niña, sino a una joven que se va a casar. Y le dicen que tiene que estar orgullosa de Rolf, el futuro marido, porque lo importante es lo que hace Rolf, no lo que hace ella; su familia está orgullosa, siempre quiere estarlo, por ejemplo de los clientes de toda la vida que tiene el padre, aunque alguno sea un indeseable; pero eso no se debe mencionar. Lo mismo que, aunque no pueda decirlo, el padre sin duda se siente orgulloso de haber sido médico de las SS y sigue advirtiendo a la niña que no se junte con judíos.

La historia está narrada en primera persona, pero a menudo da la impresión de que la narradora se observa desde fuera, hay una distancia insalvable consigo misma, con esa mujer que es para los demás pero no para sí: «Y el que tienes tan pálido a tu lado es el Rolf de siempre», se dice, «tu marido a partir de ahora, no en lo que a ti respecta, sino para los demás. Le has dicho que sí al cura mientras por dentro pensabas que no». Así es la vida para ella: ser continuamente otra distinta de quien es.

Esa mirada extrañada la mantiene también hacia el mundo, sus rituales y sus convenciones, y sobre todo hacia su familia.

«Una casa bonita es una prisión de alta seguridad», dice. O: «Ahora no nos queda otra que ser felices». Y también: «Habría sido imposible echar la boda atrás porque las invitaciones ya estaban impresas. Con lo bonitas que son».

Ella vive en ese mundo en el que los hombres tienen todas las respuestas, saben lo que es mejor para ella, y si fuese una mujer normal todos podrían ser felices.  Ser una mujer normal es fácil: portarse bien, obedecer al marido, no pretender ser demasiado lista. Cuando cumple, Rolf se excita mucho y la lleva a la cama. Si se porta mal, Rolf está muy, muy decepcionado. Y de vez en cuando cae un tortazo.

Una buena novela es siempre más grande que su mensaje. Por eso no solo nos interesan el retrato de una burguesía hipócrita, que aún conserva buena parte del poso del nazismo, o todas las formas de opresión de la mujer que van de la violencia a la adulación, a la manipulación y a la explotación sexual, y que pasan siempre por el desprecio misógino. Aparte de todo ello nos encontramos con una gran construcción de los personajes, y en particular de la protagonista, con sus contradicciones, sus miedos y su rabia, y también su sensación de culpa. Y además nos encontramos con un lenguaje que va de la ironía a la crítica más acerba. Un lenguaje tremendamente expresivo que a veces recuerda a Elfriede Jelinek -su coetánea y también con preocupaciones similares-, por ejemplo cuando Rolf compra un perro a su mujer sin preguntarle «porque quiere algo vivo y su mujer aún no se ha quedado en estado». O cuando Rolf empieza a acariciarla entre los muslos, porque ella ha recitado bien la lección y él entonces siente ganas de poseerla: «lo que está haciendo es profanación de cadáver«.

Qué buena elección de Contraseña reeditar esta novela de la escritora austriaca Brigitte Schwaiger, una novela rabiosa, desesperada y de una capacidad expresiva poco frecuente.

*Actualización el 01/07/2022 a las 17:57h. En una versión anterior figuraba que la autoría de ‘Por qué el agua del mar es salada’ (Ed. Contraseña) correspondía a Elfriede Jelinek. La autora correcta es Brigitte Schwaiger.

lamarea.com

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