Centauro de pena

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Eduardo J. Pastor Rodríguez, Fernando Villalón. Centauro de pena, Almuzara, Córdoba, 2019

VILLALÓN REJUVENECIDO Y HOMENAJEADO

José Cenizo Jiménez

            Eduardo J. Pastor (Paradas, Sevilla, 1978) es un joven escritor de temas flamencos y literarios. Un licenciado en Derecho experto en Prevención de Riesgos Laborales que cada día nos sorprende más por su energía investigadora, por su afán de volcarse no sólo con el flamenco (libros, conferencias, exdirector de Sevilla Flamenca, etc.) y su incansable búsqueda de emociones literarias como lector y también como creador.

            En esta ocasión, llama la atención la fórmula que ha usado para acercarse y acercarnos a todos al inolvidable por tantas cosas Fernando Villalón, unos de esos importantes (si no grandes) de la generación del 27, en torno a la revista y grupo Mediodía de Sevilla. De justicia era que una vez más se le recordara y revitalizara, como se ha hecho con otros como Rafael Porlán.

            Las cosas de Fernando, como decía García Lorca de Villalón, esas cosas que desgrana en el libro con pasión Eduardo J. Pastor, son esa mezcla de criador de toros de ojos verdes (una de las leyendas más atractivas), teósofo, ganadero, poeta, compañero de estudios Juan Ramón Jiménez… Un mundo que debemos con base llamar sencillamente el mundo de Fernando Villalón. A ese mundo lleno de luces y sombras, como todo lo humano, nos viene a introducir el autor con una hábil y eficaz combinación, a lo largo de cada capítulo, de  una recopilación de lo que se ha dicho sobre Villalón, parte digamos bibliográfica o de cita, y la parte más original y creativa sin duda, aquella en la que hace que el mismo Villalón, redivivo, nos cuente en primera persona los pasos de su vida: su nacimiento en una familia acomodada, la visión del Colegio de El Puerto como una cárcel, su vida como ganadero, su relación con la poesía y los poetas, su sentido teosófico basado en la fraternidad, etc.

            La huella de Pastor en algunos pasajes es de signo poético, logrando momentos de lirismo, prosa poética digamos, como las reflexiones sobre la infancia o la descripción de la agonía del protagonista. Sobre la infancia dice (p. 47): “La infancia no conoce de jurdeles sino de descubrimientos, de nuevas sensaciones y de estar estrenando la vida continuamente. Recordar la infancia es como volver a estrenar la inocencia. La inocencia donde todo asombra, donde todo sorprende. O como dijo aquel, la infancia es ponerse en orden a uno mismo”. Y la muerte acechando al poeta se nos acerca con palabras estremecedoras, con el olor a muerto desde antes de morir, con la pena por perder tanta belleza y tanta poesía, con el reloj -tic tac- sonando por última vez en unas horas de luto.

            Obra original con apoyo objetivo de citas literarias y de comentaristas de la obra de Villalón, pero con el vigor y la frescura de la aportación de Eduardo J. Pastor para desde su creativa subjetividad hacernos más cercano el perfil completo de un escritor especial y no suficientemente valorado por sus aportaciones. El flamenco, no obstante, ese mundo que tan bien conoce el autor de este libro, sí que lo admira a través de recreaciones por diferentes estilos de poemas suyos. Sirva de ejemplo de su tirón popular.

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