Bertrand Russell, el poder y las matemáticas

Bertrand Russell, el poder y las matemáticas

Bertrand Russell, el poder y las matemáticas

Por Javier López

Se cumplen 150 años del nacimiento de Bertrand Russell. Los recuerdos sobre su vida no han abundado en estos días, pese a haber sido una de las personas más relevantes del siglo XX. Los pocos que le recuerdan por estos días destacan que fue filósofo, activista, ensayista, escritor, pacifista, pero pocos se detienen en su faceta de matemático.

Russell, era un retoño de la nobleza británica. Su abuelo había sido hasta en dos ocasiones primer ministro de la reina Victoria y su padrino fue el conocido John Stuart Mill, uno de los más famosos economistas y pensadores del liberalismo clásico, al cual recurren aún los defensores de esa corriente de pensamiento.

A sus seis años, el pequeño Bertrand Arthur William ya era huérfano. A esa edad ya habían muerto su madre, su hermana y su padre, que acabó dejándose morir de pena. Educado junto a sus abuelos, sin asistir al colegio, siguiendo costumbres de la nobleza, fue educado por preceptores, jugando con los libros de la biblioteca familiar, no es extraño que en su soledad, aquel niño desarrollase aficiones por la lectura, la historia, la escritura, o las matemáticas.

Para que su conservadora abuela no pudiera conocer sus ideas en torno a temas que en la Inglaterra victoriana podrían ser considerados escandalosos, como el sexo, o el ateísmo, escribía sus reflexiones en cuadernos escolares, para que pudieran pasar por trabajos educativos. Dominaba desde pequeño, con soltura, el alemán, o el francés y para sus cuadernos utilizaba el alfabeto griego.

Pero siempre hay algo en la vida que nos impacta y nos conduce a un punto de inflexión tras el cual ya no es posible el retorno. Ese momento le llegó a Bertrand cuando su hermano Frank le introdujo en las Matemáticas y en la Geometría Euclediana.

Se entusiasmó cuando su hermano le explicó que tendría que demostrar ciertas proposiciones y le introdujo en las fórmulas para recorrer esos caminos, pero ese entusiasmo se derrumbó cuando tuvo que asumir la existencia de los axiomas que se demostraban por sí mismos, que eran incuestionables y comúnmente aceptados.

Por ahí no podía pasar el niño que dedicó desde entonces muchas horas a especular con las matemáticas y sus axiomas. Cuando tuvo que asistir a la universidad se matriculó en Cambridge para estudiar Matemáticas. Allí, en el Trinity College se ganó la simpatía y la admiración de algunos profesores como Whitehead, con el que colaboró más tarde en tres monumentales obras bajo el título de Principia Mathematica.

Con 30 años Bertrand Russell escribió una carta dirigida al matemático Friedrich Frege, una de las mayores autoridades en lógica matemática y teoría de conjuntos. En aquella carta le advertía de la paradoja de que un conjunto que no forma parte de sí mismo forme, a su vez, parte del conjunto de aquellos conjuntos que no forman parte de sí mismos y, precisamente por ello, forma parte de sí mismo. Sí y no, ahora sí, ahora no. Una paradoja, una contradicción.

Aquel joven había formulado la paradoja de Russell, precisamente por el hecho de darse a la tarea de cuestionar lo que parece que hay que aceptar de forma incuestionable. Aquel joven había encontrado una contradicción en la definición de los conjuntos. A partir de aquí yo, que no soy matemático me pierdo en las formulaciones de Russell.

Muchas horas consumió el joven Russell reflexionando ante el papel para buscar soluciones. Al final dio con algunas explicaciones como la teoría de tipos lógicos, las escaleras y la determinación de las clases, la teoría de las descripciones, las funciones proposicionales.

El joven matemático, que había terminado su carrera en Cambridge estudiando Filosofía, no se arredraba a la hora de introducirse en las complejidades del lenguaje, aplicando a los problemas matemáticos soluciones extraídas de las paradojas semánticas.

No es frecuente, en nuestros tiempos, que los investigadores científicos, desemboquen en la Filosofía, en el ensayo, en el lenguaje, o en el compromiso político. Hemos asumido que el conocimiento es tan vasto que la especialización es inevitable.

El físico es físico, el filólogo es filólogo, el matemático es matemático. No podemos, no queremos, renunciar a la especialización. Ese es el mejor camino para que los científicos investiguen en tecnologías, para que luego los políticos las utilicen según les conviene, y que los empresarios conviertan la innovación en negocio sin consideración ética alguna, con consecuencias desastrosas sobre nuestras vidas, o sobre la salud que los médicos no pueden tratar, o que los filósofos contemplan sin poder desentrañar qué está pasando, qué debería pasar.

Tengo amigos científicos que salvan su conciencia sobre la aplicación de las investigaciones afirmando que ellos trabajan sobre asuntos teóricos, cuyas consecuencias prácticas se escapan de su control y son responsabilidad de otros. Algo inconcebible en un Bertrand Russell, en una Dian Fossey, en un Einstein, una Marie Curie, o un Heisenberg.

Sin aquellas matemáticas, sin aquella forma de cuestionarse los axiomas, por muy aceptados y ciertos que los consideremos, las dudas constantes sobre sus propias conclusiones, que llevaron a Russell a dudar hasta de sus propias soluciones, cuestionando su propia teoría de tipos para dar respuesta a su paradoja, no hubiéramos podido contar con un hombre capaz de oponerse a la I Guerra Mundial y pagar por ello con la cárcel.

No hubiéramos podido contar con el hombre comprometido con la causa antifascista que apoyó la II Guerra Mundial contra los nazis. Con el autor de Por qué no soy cristiano, con el activista contra la proliferación nuclear y contra la Guerra de Vietnam. Con el fundador del Tribunal Russell contra los crímenes cometidos por los Estados Unidos en aquella guerra.

El que fue detenido con más de 80 años por manifestarse por sus convicciones pacifistas, o el que se adentró en algunas de las reflexiones más interesantes que haya leído sobre los usos y los abusos del Poder en los hombres y en los pueblos, escrito en ese momento previo al desencadenamiento de la Guerra Mundial, en pleno avance del nazismo, del estalinismo, del fascismo italiano, pero sin renunciar a juzgar y opinar sobre las técnicas modernas de poder que utilizan la propaganda, la persuasión, el adoctrinamiento.

Mucho tenemos que agradecer a ese hombre llamado Bertrand Russell, como para olvidar que cumpliría 150 años por estos días. Como para no aprovechar su recuerdo, su memoria y el ejemplo que nos dejó en forma de paradojas, reflexiones y compromiso con la vida y con la humanidad.

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