ANTONIO ORTEGA, LA ZÚA

ANTONIO ORTEGA, LA ZÚA

Jose Cenizo Jiménez

ANTONIO ORTEGA, LA ZÚA

            UNA NOVELA DE DENUNCIA, VERDAD Y TERNURA

                        JOSÉ CENIZO JIMÉNEZ

            La zúa es el título de la primera novela publicada por Antonio Ortega, escritor y periodista, experto en flamenco y en cultura gitana por experiencia propia. La edita Altramuz en una cuidada edición con atractiva portada de Sandra Carmona. El propio autor, sevillano de 1971, ha vivido en sus inicios en el Polígono Sur de Sevilla, esa zona de marginalidad que a menudo se ha idealizado en reportajes y en películas -por lo de la abundancia de artistas flamencos-, a la vez que otras se ha estigmatizado brutalmente -por la marginalidad y la delincuencia-.

Nada es blanco o negro, es complicado hablar y más aún juzgar desde fuera realidades complejas, y esto lo sabe el autor. Por ello, ha decidido contar desde la perspectiva de la primera, primerísima persona, cálida y cercana, aunque en el marco de una ficción y no de un reportaje o documental histórico, lo que le supuso y supone vivir en un ambiente de pobreza, violencia, marginación, droga y no poca hambre, soledad y desolación, compatible con esa alegría y esa aceptación que a los seres humanos nos permite sobrevivir en los momentos y medios más hostiles.

LA ZÚAPero esta ficción, en forma de novela, de devastadora y a la vez tierna autobiografía (reúne su historia personal junto a la de otras personas del entorno), como tal ficción, como obra que pretende ser literaria, artística al fin y al cabo, debe sustentarse en el estilo y una estructura adecuada y atractiva. Así lo hace, asumiendo riesgos incluso. Se divide en capítulos breves, el libro en sí ya es breve, 117 páginas, ya saben, lo bueno, si breve, dos veces bueno. Cada uno con un asunto concreto, una mirada caleidoscópica, y unos títulos  sugerentes: El Guano, Ruina, La cebolla, Ratas, Veneno, Entre muros… Y el riesgo, en este caso representado por el intento de transcripción del habla popular andaluza de nula instrucción, plagado de vulgarismos y expresiones -algunas del caló de los gitanos- que si bien al principio de la lectura pueden obstaculizar la misma, pronto nos acostumbramos y nos acercamos así, como pretende el autor, a lo más verosímil de la situación también desde este plano lingüístico. La transcripción no incluye ninguna solución para expresar la aspiración de la s final de sílaba o palabra y el sonido velar fricativo sordo (letras j,ge,gi), ya se sabe que el andaluz se habla pero no se escribe y hay muy pocos intentos en obras literarias al margen de las coplas flamencas que bien conoce el autor.

El niño protagonista habla a diferentes personajes de la novela: al padre, casi siempre en silencio; a la madre, amorosa y cálida; a la tata, que le corrige la forma de hablar; al maestro; al tendero; al mismo Cristo también. Así no es monocorde sino variado este peculiar diálogo en el que expresa el niño, desde su experiencia e inocencia, toda la ternura de la que es capaz hacia sus familiares y amigos, pero también sus desgarradoras estampas de muerte, locura, droga y violencia o un contundente mensaje de crítica de la dejadez a la que se ha condenado a ese barrio sevillano marginal -como tantos otros de tantas partes del mundo- por parte de las autoridades y las consecuencias terribles para sus habitantes y para la imagen de la ciudad. Ese tono de denuncia es una de las virtudes fascinantes de la obra, hecha además, como decimos, desde el punto de vista de un niño que sufre, pero lleno de ternura y bondad. Capítulos como “La cebolla”, inspirado por el conocido poema de Miguel Hernández, son pura inocencia. Otros como “La cangrena” lo contrario, un muestrario de violencia brutal.

La zúa, un arroyuelo al lado de las viviendas, se convierte, como dice en la contraportada, en “un pantano metafórico que recubre de lodo la vida de quienes habitan a su alrededor”. Es también, en efecto, “un relato crítico y real” de la propia niñez del autor, que supo y pudo salir de ese mundo, de ese submundo, y alcanzar incluso un lugar destacado en el mundo de la comunicación y de la difusión y estudio del flamenco, toda una hazaña. Otros no pudieron o no quisieron, a ellos les dedica el libro: “A la memoria de los que no se salvaron”. Todo un detalle.

Sin duda el libro le habrá servido de catarsis, de liberación, a la vez que de crítica  de algo que viene denunciando en entrevistas y que refleja en la obra, la desidia de los gobernantes de uno y otro signo hacia esa zona marginal creada en los años 70 y 80 como un monstruo ingobernable y difícil de darle solución definitiva. Esta obra merece ser leída porque denuncia con contundencia pero, aunque refleja malestar y pobreza extrema, no deja atrás la parte cálida del ser humano: la bondad y la ternura. Por esto no es una obra panfletaria ni un cúmulo de tópicos demasiado manoseados  ni un sesgado panegírico de lo maravillosa que es la vida de comunidad y fiesta de los barrios marginales. Crea además un lugar con tintes míticos, terroríficos, dantescos: la zúa, descrita en el libro como un lugar “donde hay demasiada miseria en sus sucias aguas y demasiados muertos pidiendo venganza” (p. 65). Y al espléndido final de la novela aparece el padre diciendo que la zúa es un lugar donde “no caben más secretos”. La zúa, de Antonio Ortega, se publicó inicialmente en 2015 y su reedición es prueba de su éxito. Ahora entendemos por qué. Como dijo el periodista Paco Correal, “el libro entrará sin duda en los corazones de quienes lo lean”. Así es.

 

ANTONIO ORTEGA, LA ZÚA, SEVILLA, ALTRAMUZ, 2022

 

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