Alberto Maqueda

Alberto Maqueda

Carlos J. Rascón

Alberto Maqueda

(Motril, 1979). Ha estudiado Magisterio (Educación Musical) y Filología Hispánica en la Universidad de Granada. En 1999 se edita su primer poemario Claro de luz (“Premio Genil de literatura” de la Diputación de Granada). En 2003 publica Sonata y selva en la editorial Silene/Minor (Accésit del “Premio Federico García Lorca” de la Universidad de Granada). Después de un largo silencio, publica La ortiga lenta de la noche (2019) en la editorial Devenir. En la actualidad ejerce la docencia del área de “Lengua castellana y literatura” en el I.E.S. “Américo Castro” (Huétor-Tájar) y trabaja en un nuevo poemario.

 

PRIMERO FUE EL RUMOR, LUEGO LA ESPIGA. En el pulso de la noche nacieron hienas trágicas y equilibristas mutilados con alas de sal sobre el tendido eléctrico. Suceso de un suceso, fue música la música y un vástago del calambre tu llamada. La travesía de cimientos que cruzó tu llanto aún esconde la misma huella de mercurio que estalló en los tímpanos.

Entonces, tu idioma se hizo frágil –ya nada se llamaba como se llamaba– débil sonido distante y disidente. Resquicios de un ejército migratorio quedaron en la escena: laberintos del rencor pulido en las cavernas. Ausente ya tu voz entre peces de humo, ya nada sostenía el atrio de la llama.

 

Primero fue el rumor, luego la espiga.

Foto Alberto Maqueda
Alberto Maqueda

Se apaga lentamente tu eternidad en fuga.

(De La ortiga lenta de la noche)

 

EN LAS HORAS SIN LUZ

que nadie cambie el orden de las cosas

y en ebrias avenidas del insomnio

el eco blando de tus pies difunda.

Que nadie pulse el alfabeto y rapte

tu nombre mientras arde la tristeza

como un caballo herido

y, púrpura,

la noche por tus labios se resbala.

Que nadie mueva el clavo que sostiene

la débil trayectoria del silencio

que muerde la madera

y quiebra

desiertos de cristal donde naufrago.

En las horas sin luz,

cuando el reloj no suena y muda el cielo

sus límites de plomo y todos duermen

la esquirla pura de una falsa túnica,

que no se instale nadie en este acoso

de claridad salvaje, ni en tu pelo.

 

(De La ortiga lenta de la noche)

 

EL ODIO ESTACIONAL ES UN PERRO PELIGROSO

 

El odio estacional es voraz por la antorcha de lo efímero y cunde el pánico desde que el aire asimila su propia fuerza desmesurada y tosca contra lo otro; pero al menos es estacional y en su galvánica duración apenas rompe los vínculos del silencio mientras ladra.

Parece inofensivo y triste por la precariedad del aire que respira cuando yace como un insecto dormido en la amapola; pero es mortal en el ebrio filo de su venganza porque se entretiene mordiendo el óxido y no se sacia y se rebela y explota.

El odio estacional puede ser muy peligroso al liberar los vínculos que lo atan al crujido del silencio y al expandir sus límites por el infinito surco de la imaginación.

(Inédito)

 

PROEMIO

Cuando la claridad se hace materia,

puño de la razón, quiste del fuego,

del alto muro del idioma siego

–ebrio de luz– su misteriosa arteria.

 

Fluye la noche así en la periferia

indómita del mundo y no hay sosiego

si este sonido vulnerado pliego

para que brotes tú –desnuda histeria–.

 

Entonces, frente a frente, te respiro

y es humo azul el aire cotidiano

que lentamente cambia su dureza.

 

Entonces ya la noche es un zafiro

tan inefable que se vuelve vano

tratar de acordonarla en su belleza.

 

(De La ortiga lenta de la noche)

 

De comernos el cuerpo con duelo de perdices

quedan plumas y heridas y un sol en la ventana

que raya con sus crines de vidrio y porcelana

la piel en un trastorno de hierba y cicatrices.

 

De borrar este imperio de luz en los matices

soy vuelo inerte y tú luciérnaga lejana

mientras la vida huye, serpea y se devana

hacia mi lecho oscuro de sangre sin raíces.

 

De calmar esta sed termita en la madera

palpita en nuestros labios un manantial de nieve.

La voz ha muerto con el día en tu cadera

 

y de esta mano ronca y de esta mano breve,

soltando una paloma con soledad de acera,

vuelvo al son de mi pie, calzo tu sombra: llueve.

 

(De Sonata y selva)

Image by CANDICE CANDICE from Pixabay

 

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