AL POETA FRANCISCO MENA CANTERO, IN MEMORIAM

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Jose Cenizo Jiménez
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                        AL POETA FRANCISCO MENA CANTERO, IN MEMORIAM

LA ESPIRITUALIDAD RENOVADA

                                   José Cenizo Jiménez

            Tras Volver a Ciudad Real, Francisco Mena Cantero, nacido en esa ciudad en 1934 pero residente en Sevilla desde 1971, publica Página perdida.  Es autor de más de veinte libros de poesía, muchos de ellos de la mano de premios como el Fernando Rielo, Juan Alcaide o el Ciudad de Alcalá de Henares. Éste último ve la luz dentro de la colección de poesía Ángaro, duradera y prestigiosa, que él mismo fundó junto a Manuel Fernández Calvo en 1969 y que luego llevó adelante junto a los también poetas de calidad Víctor Jiménez y Enrique Barrero. Nada más y nada menos que 163 libros, con éste, se han editado en tantos años, todo una heroicidad cultural y poética que no se ha homenajeado aún lo suficiente.

            Del libro anterior decíamos en su momento que se expresaba con técnica depurada y alcance existencial y lírico, que era poesía de honda palpitación del espíritu. Y lo mismo podríamos extender a este Página perdida e incluso a toda su trayectoria, centrada en un sentido espiritual de la vida y del hombre y en la calidad expresiva y rítmica.

            Se divide en dos partes y está introducido por una cita de Raimundo Sabunde, teólogo muerto en 1436, verdadero mentor espiritual de esta obra: “Cada criatura es como una de las letras escritas por Dios, la principal de las cuales es el hombre”. También sigue otras referencias como San Buenaventura, para quien “el mundo no tiene otra razón de ser que expresar a Dios”. Y así se observa en estos poemas, escritos desde una fe profunda en Dios y en las criaturas y la naturaleza creada por él. De inmediato nos van saliendo palabras clave en la poética de esta obra, tales como luz, mar, silencio, campana, camino, tiempo, y las referentes a la naturaleza: campo, árbol, río, raíz, viento, paisaje, las estaciones… Una naturaleza espiritualizada, personalizada como en los versos de San Juan de la Cruz. Todo parece como un murmullo, un rumor, un eco de lo divino que se recrea constantemente. Uno de los mejores poemas del libro, “Bajo un árbol” (p. 35), lo refleja:

                                   No es tomar posesión del tiempo

                                   tumbarse bajo un árbol

                                   y auscultar el rumor de la flor, o

                                   el latido del día desandando sentidos.

                                   Es comprobar que continúas

                                    manteniendo la vida a nuestro lado,

                                   esculpiendo

                                   El paso de las horas

                                   y esta vida del pájaro y la flor,

                                   como si no acabara nunca

                                   la creación del mundo.

            Las palabras citadas antes adquieren casi siempre valor simbólico, de la temporalidad, de la eternidad, de reflejo de lo divino. Así, por ejemplo, el río, que para Mena Cantero adquiere aquí otro sentido en “Desnudo de milagros” (p. 46): “Nunca la vida fue un gran río, / ni siquiera rivera. / Más bien pequeño manantial, / borboteo de un tiempo / que quiere hacerse certidumbre de agua”.

            Para nuestro poeta “el amor nunca muere” (p. 17) y la creación no se acaba nunca (p. 35), busca a Dios en todas las cosas de este mundo y siente que no nos olvida, que su voz está presente.  En versos pulidos desde el oficio aquilatado de tantos años, en el molde del soneto o de formas más abiertas, y con hábil manejo de los recursos literarios (personificaciones, símiles, encabalgamientos, metáforas…) consigue una expresión lírica que lo sitúa, aún, afortunadamente, y esperando que haya más publicaciones en el futuro, entre los poetas a tener en cuenta en todo recuento de la poesía de las últimas décadas.

            Así comentábamos este libro de 2017 de Francisco Mena Cantero, el hombre tranquilo que se nos ha ido el 11 de diciembre de 2023, el poeta luminoso porque su luz venía de dentro y su verso era clásico, oficio y sentimiento acrisolados y en perfecta armonía. Tuvimos la suerte de conocerlo personalmente, sobre todo a partir de nuestra investigación sobre colecciones, grupos y revistas de poesía de Sevilla surgidas en los años setenta del siglo pasado, objeto de nuestra tesis doctoral defendida en 1998. Mucho ha llovido desde entonces y no perdimos el afecto y la amistad, siempre con mi admiración por su verso pulido desde la letra del alfabeto, pero también desde los compases del corazón.

            Descanse en paz, su obra será eterna, como la de la gran poesía que nos ofreció hasta sus últimos años. Gracias, maestro. Gracias, amigo.

Foto: La Tribuna de Ciudad Real

 

 

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